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Me refiero a la sugerencia del escolapio Daniel Hallado Arenales. Me parece muy interesante. Pienso además que merece un comentario. Voy a secundar su idea aportando algún apunte a favor de esa propuesta y completando su reflexión. Siempre y sólo en términos muy generales, como en síntesis, dejando para otra ocasión un tratamiento más a fondo de esta interesante iniciativa.
Ante todo hay que señalar la importancia de la sinodalidad en la Iglesia del papa Francisco. No podemos referirnos hoy a la Iglesia sin entenderla como una Iglesia en camino, una Iglesia peregrina. En ella y con ella camina la gran comunidad de los fieles laicos alentada por todos los que en ella ejercen el ministerio y le prestan su servicio. Representan la gran comunión eclesial, la gran Iglesia peregrina que camina y celebra los misterios hasta que Él venga.
Hasta que Él venga la Iglesia peregrina y celebra los misterios, hace memoria de los acontecimientos pascuales y anuncia la regeneración de todas las cosas. Porque la resurrección es presencia de vida rescatada y promesa de futuro. Al final de los tiempos, cuando Él venga, la pascua llegará a su plenitud y la vida inundará todo el universo. Mientras tanto los peregrinos vamos haciendo camino, denunciando la maldad de este mundo, construyendo el Reino y anticipando su venida. Ahí está la liturgia, como memorial y esperanza, estimulando nuestra incorporación al proceso renovador de la pascua y aguardando con impaciencia la parusía.
Pero, como dice Daniel Hallado, la renovación litúrgica conciliar ha quedado a medio camino y no está impregnando del todo la vida de la Iglesia. Existen aún muchas carencias. No acabamos de entender el impacto de la sacramentalidad en la vida de la Iglesia; tampoco acabamos de asumir que toda nuestra existencia se convierte en una liturgia viviente, la “alabanza de su gloria” como dice san Pablo. Lo de culmen et fons se está quedando en una hermosa frase conciliar.
Volvamos al principio. Un sínodo para reanimar la liturgia en la Iglesia sería una formidable iniciativa. Hay mucho por hacer. Quedan muchas e importantes propuestas conciliares a la espera de una respuesta concreta, especialmente en el campo de la eucaristía y del año litúrgico. La recepción del Concilio Vaticano II ha sido importante, pero insuficiente. Un Sínodo animaría a la Iglesia en camino, daría fuerza a la celebración de los misterios y refrescaría su peregrinar hasta que Él venga.
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