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(JCR)
En el barrio de Boulata, situado en el tercer distrito de Bangui, el regalo más preciado estas Navidades es un lote de planchas metálicas para hacer el tejado de una casa. Los Reyes Magos son, en este caso la ONG “Acted”, que ofrece el valioso presente a las familias que levanten los muros de sus casas en ruinas. A las personas ancianas les dan, además, varios cientos de ladrillos y dos sacos de cemento.
Fabrice es uno de los afortunados. Mientras posa orgulloso junto a varias filas de ladrillo que él y sus hermanos han hecho durante los últimos diez días, explica que su mujer y sus hijos siguen en el campo de desplazados situado al lado del aeropuerto de la capital centroafricana esperando a que la casa esté terminada para volver a su antiguo barrio. Boulata -una barriada de mayoría cristiana- ofrece un paisaje de completa desolación desde que en septiembre y octubre del 2015 las milicias musulmanas del tercer distrito arrasaran el vecindario disparando a placer e incendiando todas las casas que encontraron a su paso. Un año después, la hierba alta y los arbustos han invadido las ruinas que dan testimonio de lo que en otros tiempos fue un sector de la capital situado a caballo entre zonas urbanizadas y campos donde sus habitantes cultivaban mandioca, patatas dulces y cacahuetes.
En Bangui hay barrios enteros donde no queda una casa en pie. Primero fueron las milicias anti-balaka las que, a partir de diciembre de 2013, destruyeron viviendas de musulmanes y sus mezquitas en zonas mixtas donde durante décadas convivieron familias de ambas confesiones religiosas, practicando una verdadera limpieza étnica. Muchos de los jóvenes musulmanes que lo perdieron todo se retiraron al enclave musulmán del Kilómetro Cinco y bastantes de ellos engrosaron las filas de las milicias de auto-defensa, que a su vez atacaron barrios cristianos vecinos con sed de vengarse. En la oficina de la ONU donde trabajo, a mediados de este año calculamos en unas 8.000 las casas destruidas en estos ataques incendiarios.
Tanto da si los ataques los realizaron los de un bando u otro, en ambos casos la mentalidad que movió a reducirlo todo a cenizas era hacer todo el daño posible a las personas identificadas como pertenecientes al bando contrario: destruir su casa, el lugar que el otro ha edificado durante muchos años de esfuerzo y sacrificio, para que las llamas se lleven por delante no sólo muros, vigas y muebles, sino también toda una vida de recuerdos, relaciones y afectos, para dejarte en la miseria más absoluta y que tengas que sufrir en un campos de desplazados donde si a tí y a tus hijos no te mata una bala, sucumbiréis por una malaria, una diarrea o una desnutrición.
Pero durante los últimos meses, Bangui conoce un periodo de calma y muchos de los 30.000 desplazados que malviven en el campo de desplazados al lado del aeropuerto comienzan a regresar a sus antiguos barrios, donde antes de instalarse tendrán que reconstruir sus viviendas. Una de las sorpresas más agradables que Fabrice y muchos de sus vecinos encuentran al hacer ladrillos y levantar muros es que sus antiguos vecinos musulmanes que viven unas calles más allá se acercan a saludarles, y en muchos casos durante varias horas al día les ayudan con sus tareas para que la reconstrucción vaya algo más rápido. Hacer ladrillos se ha convertido, durante estas Navidades en Bangui, en una actividad que favorece la reconciliación y allana el camino hacia la paz. Algunos de los musulmanes que echan una mano a los cristianos que regresan son, incluso, miembros de las milicias que hace un año prendieron fuego a las mismas casas que ahora ayudan a reconstruir.
Me atrevo a decir que estos gestos tan profundamente humanos se deben, en buena parte, al mensaje que el Papa Francisco dejó en Bangui en noviembre del año pasado, cuando-haciendo caso omiso de todos los informes de seguridad que le aconsejaban posponer su viaje a Centroáfrica- llegó aquí con la humareda aún saliendo de las casas recién incendiadas y se acercó a lugares como un campo de desplazados y la mezquita central, en el epicentro del violento Kilómetro Cinco, y proclamó: “cristianos y musulmanes somos hermanos, y tenemos que tratarnos como tales”. Cada vez que he preguntado a un centroafricano, cristiano o musulmán, que si recordaba algo en particular de la visita de Francisco, no ha dudado en citarme esa frase, que ha calado hondo en el corazón de muchas sufridas personas de este país.
Cuando escucho esto, por cierto, me pregunto en qué planeta viven los sabiondos -algunos de ellos incluso vestidos de cardenal o directores de páginas web que dicen defender la ortodoxia católica- que acusan al Papa de sembrar la confusión o incluso de ser germen de división en la Iglesia. Si en lugar de decir tantas tonterías pasaran una mañana haciendo ladrillos con cristianos y musulmanes juntos en este barrio, y les oyeran hablar de lo que significó la visita del Papa para ellos, tal vez cambiaran de idea.
Ojalá que estos gestos que tienden puentes y reconstruyen vínculos rotos por la violencia se multipliquen y auguren un año 2017 de paz para este sufrido país. Desde aquí, donde las fiestas de fin de año saben a barro secado por un fuerte sol, os deseo un feliz año nuevo, tan feliz como el nuestro.
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