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Bergoglio convoca a la unidad frente a "la pobreza de la fragmentación y del egoísmo"
Lino Banfi o el mismísimo Albano y su 'Felicitá' ejercieron de teloneros, en una abarrotada Aula Pablo VI, a la llegada del "Abuelo Papa Francisco", quien quiso acompañar a miles de abuelos, ancianos y nietos en el encuentro 'La caricia y la sonrisa', promovido por la Fondazione Età Grande y el arzobispo Vincenzo Paglia (que presentó su 'Carta de los derechos de las Personas Mayores y los deberes de la Comunidad') y, entre otros, el cardenal Aguiar.
Y es que Bergoglio recibió muchas caricias y sonrisas, abrazos, aplausos y ternura en un encuentro especialmente deseado por el Pontífice, quien en su discurso destacó el "amor que hay entre vosotros", nietos y abuelos, y que se refleja en la mirada. "El amor nos hace mejores, nos enriquece y nos hace más sabios, a cualquier edad", subrayó Francisco, verdaderamente rejuvenecido al contacton con las dos puntas de su pontificado: herencia y futuro.
"El amor nos hace mejores", resaltó. "También vosotros lo demostráis, que os hacéis mejores los unos a los otros amándoos", añadió el Papa, hablando "como 'abuelo', con el deseo de compartir la fe siempre joven que une a todas las generaciones". Y es que, confesó, "yo también la recibí de mi abuela, de quien aprendí por primera vez a conocer a Jesús, que nos ama, que nunca nos deja solos y que nos anima a estar cerca unos de otros y a no excluir nunca a nadie".
De boca de su 'nonna', el Papa escuchó la historia de la familia que puso a comer solo al abuelo porque se ensuciaba. "Así que el nieto estuvo unos días trasteando con un martillo y unos clavos, y cuando papá le preguntó qué estaba haciendo, él respondió: «¡Estoy construyendo una mesa para ti, para que puedas comer solo cuando seas viejo!»".
"Esto me hizo me enseñó mi abuela, y desde entonces nunca lo he olvidado. No lo olvides tú tampoco, porque sólo estando juntos con amor, sin excluir a nadie, te vuelves mejor, ¡más humano! Y no sólo eso, sino que también te enriqueces", explicó el Pontífice, quien advirtió de que "nuestra sociedad está llena de gente especializada en tantas cosas, rica en conocimientos y medios útiles para todos. Sin embargo, si no se comparte y cada uno piensa sólo en sí mismo, toda la riqueza se pierde, de hecho se convierte en un empobrecimiento de la humanidad".
"Y éste es un gran riesgo para nuestro tiempo: la pobreza de la fragmentación y del egoísmo", denunció, resaltando que "el mundo no es más que uno, y se compone de muchas realidades que son diferentes precisamente para ayudarse y complementarse: generaciones, pueblos, y todas las diferencias, si se armonizan, pueden revelar, como las caras de un gran diamante, el maravilloso esplendor del hombre y de la creación".
Eso es lo que significa estar juntos. "¡No dejar que la diversidad cree fisuras entre nosotros! No pulverizar el diamante del amor, el tesoro más hermoso que Dios nos ha dado", frente al "¡piensa en ti mismo!", o ¡no necesitas a nadie!", que el Pontífice calificó como "frases falsas, que hacen creer erróneamente que es bueno no depender de los demás, hacer por uno mismo, vivir como islas, mientras que son actitudes que sólo crean mucha soledad".
Es la cultura del descarte, que abandona a los ancianos. "¿Nos gusta esto? ¿No es mucho mejor un mundo en el que nadie tenga que temer acabar sus días solo?", se preguntó el Papa. "Está claro que sí. Construyámoslo, pues, entre todos, no sólo elaborando programas de cuidados, sino cultivando diferentes proyectos de existencia, en los que el paso de los años no se considere una pérdida que disminuye a alguien, sino un bien que crece y enriquece a todos: y como tal se aprecia y no se teme".
En segundo lugar, otra afirmación: "al amor que hace más sabio". Dirigiéndose a los "queridos nietos", el Papa les recordó que "vuestros abuelos son la memoria de un mundo sin memoria, y «cuando una sociedad pierde la memoria, está acabada»". Por eso, les pidió: "Escuchadles, sobre todo cuando os enseñan con su amor y su testimonio a cultivar los afectos más importantes, que no se obtienen a la fuerza, no aparecen con el éxito, sino que llenan la vida".
Así, Francisco recordó a Simeón y Ana, los ancianos que primero reconocieron a Jesús. "Lo acogieron, lo tomaron en sus brazos y comprendieron -sólo ellos comprendieron- lo que sucedía: que Dios estaba allí, presente, y los miraba con los ojos de un Niño. ¿Comprendieron? Sólo ellos comprendieron, al ver al pequeño Jesús, que había llegado el Mesías, el Salvador que todos esperaban".
Y es que, culminó el Papa, "los ancianos ven lejos, porque han vivido muchos años, y tienen mucho que enseñar: por ejemplo, lo mala que es la guerra". "Yo, hace mucho tiempo, lo aprendí de mi abuelo, que había vivido la Primera Guerra Mundial y que, con sus historias, me hizo comprender que la guerra es algo horrible, que no hay que hacer nunca", apuntó, pensando en las guerras de hoy, en Gaza, Ucrania, en tantos rincones del planeta. Y lo hizo recordando una vieja canción, sobre los soldados que debían guardar la guerra en cartulinas.
Y una última petición a los más pequeños: "Buscad a vuestros abuelos y no los marginéis, por vuestro propio bien". "Los abuelos son generosos", recordó. Y fue más allá: "cuando vosotros, abuelos y nietos, mayores y pequeños, estáis juntos, cuando os veis y os escucháis a menudo, cuando os cuidáis mutuamente, vuestro amor es una bocanada de aire limpio que refresca el mundo y la sociedad y nos hace a todos más fuertes, más allá de los lazos de parentesco".
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