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Santo súbito, papa Francisco
El Papa presidió una triste y breve audiencia general, sin público, desde el Palacio Apostólico
Diez personas acompañaron al Papa Francisco en la Biblioteca del Palacio Apostólico, en la primera audiencia general transmitida por streaming de la historia. La crisis del coronavirus hizo que se extremaran las medidas de higiene y seguridad, y los presentes -los traductores a distintas lenguas- se encontraban colocados estratégicamente, a más de un metro de distancia unos de otros, en un semicírculo.
El pueblo -simbolizado en la cámara de televisión-, enfrente de Bergoglio. Una imagen triste, que se traducía perfectamente en el rostro del Papa: no es un párroco de misas en solitario, sino un pastor que necesita tocar a cada una de sus ovejas.
El salmo 119 fue el texto sobre el que giró la reflexión papal, muy breve, a diferencia de otras audiencias y, en ella, Francisco volvió a reflexionar sobre las Bienaventuranzas, “el luminoso camino de la felicidad que Dios nos ha dado”. En esta ocasión, la cuarta: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados".
“ Ya nos hemos encontrado con la pobreza de espíritu y el llanto; ahora nos enfrentamos a otro tipo de debilidad, la relacionada con el hambre y la sed”, apuntó el Papa, señalando cómo “el hambre y la sed son necesidades primarias, se trata de la supervivencia”.
Pero, ¿qué significa tener hambre y sed de justicia? “No estamos hablando de venganza, sino de mansedumbre”, dejó claro Francisco. “La injusticia perjudica a la humanidad; la sociedad humana tiene una necesidad urgente de equidad, verdad y justicia social”.
Las Escrituras, apuntó Bergoglio, “hablan del dolor de los pobres y oprimidos que Dios conoce y comparte”, porque “Dios ha bajado a liberar a su pueblo”.
“Pero el hambre y la sed de justicia de la que nos habla el Señor es aún más profunda que la legítima necesidad de justicia humana que todo hombre lleva en su corazón”, subrayó, recordando el Sermón de la Montaña, en el que el propio Jesús “habla de una justicia mayor que el derecho humano o la perfección personal, diciendo: "Si vuestra justicia no excede la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos"”. “Es la justicia que viene de Dios”.
Una sed que, expresó el Papa, ya apuntaron los padres de la Iglesia. “En cada corazón, incluso en la persona más corrupta y lejos del bien, se esconde un anhelo de luz, aunque esté bajo los escombros del engaño y el error, pero siempre hay una sed de verdad y bondad, que es la sed de Dios”.
Por eso, añadió, la Iglesia tiene que proclamar a todos la Palabra de Dios, “porque el Evangelio de Jesucristo es la mayor justicia que se puede ofrecer al corazón de la humanidad”, aunque no siempre seamos conscientes.
Hambre y sed tienen el hombre y la mujer que se casan. “También los jóvenes tienen esta hambre, y no deben perderla”, sostuvo Bergoglio. “Es necesario proteger y alimentar en el corazón de los niños ese deseo de amor, de ternura, de aceptación que expresan en sus impulsos sinceros y luminosos”.
En definitiva, “cada persona está llamada a redescubrir lo que realmente importa, lo que realmente necesita, lo que hace la vida buena y, al mismo tiempo, lo que es secundario y de lo que puede prescindir”.
Al término de los saludos, el Papa quiso recordar a los enfermos del coronavirus, pero también a los refugiados. "No nos olvidemos de los pobres sirios, que están sufriendo, en la frontera de Grecia y Turquía. Un pueblo que sufre desde hace años, que ha huido, de la guerra, del hambre y la enfermedad. No olvidemos a estos hermanos y hermanas, muchos niños, que están sufriendo ahí"
Y, también, a los presos de la cárcel de Padua, que "han elaborado, entre todos, las meditaciones del Via Crucis. Gracias por la profundidad"
Queridos hermanos y hermanas:
Nuestra reflexión de hoy nos lleva a considerar la bienaventuranza: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados», que no se refiere a un deseo genérico sino a una exigencia vital y cotidiana de todo ser humano: la necesidad de nutrirse para sobrevivir.
Pero aquí se habla de hambre y sed de justicia. ¿Qué quiere decir hambre y sed de justicia? No es la sed de venganza, tampoco es sólo el dolor de los pobres y de los oprimidos, que Dios conoce bien y que no le es indiferente. Es una justicia más grande que el derecho humano a la equidad, la verdad y la justicia social, más grande también que la perfección personal. Se trata de la justicia que viene de Dios: de esa inquietud, de ese anhelo que está presente en lo más profundo del corazón de toda persona humana, aún en el corazón del más corrupto y alejado del Señor.
Es la sed de bien y de verdad, que el mal no puede borrar. Es la sed de Dios, suscitada por el Espíritu Santo, que todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser, que san Agustín nos recuerda cuando escribe: «para ti nos has hecho, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti».
Saludo cordialmente a los fieles de lengua española. Pidamos al Señor Jesús que nunca nos haga faltar el agua viva de su Evangelio, única capaz de saciar nuestra sed de Dios, y nos conceda también su Espíritu Santo para poder cumplir la voluntad del Padre, con un corazón lleno del amor de Dios y bien dispuesto al servicio de los hermanos. Que el Señor los bendiga.
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