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En el centenario de su nacimiento
Estamos celebrando el centenario del nacimiento de Ernesto Cardenal y el quinto aniversario de su fallecimiento (Granada-Nicaragua, 20 de enero-Managua-Nicaragua, 1 de marzo de 2020). Su recuerdo en efemérides tan señaladas me parece un acto de reconocimiento y de memoria histórica de una de las grandes figuras del mundo religioso, político y cultural no solo en América Latina, sino en otras latitudes geográficas, especialmente en España donde en 2012 recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, concedido porque, debido a su valor literario, constituye una aportación relevante al patrimonio cultural de Iberoamérica y España.
Teólogo y poeta, místico y político, sacerdote y profeta, nicaragüense y ciudadano del mundo, monje y revolucionario, militante y esteta, solidario y solitario, comunista y evangélico, cristiano y marxista, creyente y anti-idolátrico, de este mundo y de otro. ¿Tan contradictorio era Ernesto Cardenal? ¿Tantas caras y tan diferentes tenía? No. En su persona estas dimensiones estaban en sintonía, sin aristas, al menos visiblemente. La combinación de tantas notas y pentagramas, de tantos géneros literarios, de tantas vidas y tareas, era casi perfecta.
A veces desentonaban, ciertamente, pero, cuando lo hacían, era para crear una polifonía conscientemente disarmónica que daba lugar a una pieza nueva, a una obra de arte. La fidelidad a cada una de las causas que defendía era proverbial. Cada una de sus experiencias de vida se caracterizaba por la coherencia. En él había pluralidad de registros, pero no doblez, se oían diferentes voces, pero un solo pensamiento.
Lo más significativo de esta etapa fue su relación con Thomas Merton, cuya espiritualidad encarnada en la historia influyó decisivamente en la vida religiosa de Cardenal, de quien el maestro Merton admiraba su espíritu antiyanki y su sensibilidad hacia los indígenas.
No fue amigo de grandes discursos sobre la utopía: la pensaba, la soñaba, la vivía, colaboraba en su construcción, empujaba su llegada, pero no ingenuamente, sino poniendo manos a la obra. A sus 95 años y con una salud delicada Ernesto Cardenal siguió caminando en esa dirección, sin prisa, pero sin pausa, con su barba de profeta de la esperanza intentando que, si la historia tuviera un final, no fuera fatal, sino feliz, y si no lo tuviere, que la Humanidad caminara por la senda de la fraternidad-sororidad a ritmo de poesía y liberación.
Aquella “vida perdida”, como él mismo califica los años de su juventud, se convirtió en vida en plenitud.
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