Sentarse a la mesa. A la mesa del amor
Tal vez la última cena fuese, de alguna manera, la primera
"Hay un solo Amor que posee tres rostros"
Seguimos presentando dificultades para comprender a Jesús desde nuestra mentalidad dual donde la vida pareciera que se configura desde las contradicciones y no desde las complementariedades. Hemos levantado murallas de separación entre esto y aquello, este y aquel, lo profano y lo sagrado y, sin embargo, el misterio que Cristo desvela hace añicos todas las fronteras que hemos erigido para contener el miedo limitante que disipa cualquier esperanza.
El escriba que pregunta a Jesús hoy en el evangelio de Marcos al final sólo puede ratificar lo que éste le dice ante su pregunta respecto a cuál es el primero de los mandamientos. Magistralmente el Nazareno combina el libro del Deuteronomio con el Levítico, dándole por respuesta dos mandamientos que valen como uno. Amar a Dios y amar al prójimo están en el mismo nivel. No cave uno sin el otro, no hay orden porque están en perfecta conexión. El Amor es siempre uno porque es unitivo, vincula, conecta y pone en relación “las cosas de Dios” con “las cosas del ser humano” o, si se prefiere, no hay nada humano que le sea ajeno a Dios.
El texto desvela algo más que resulta interesante y necesario resaltar, máxime en nuestros días donde el “yo” está siendo la medida de todas las cosas. Jesús dice que el segundo de los mandamientos, tan importante como el primero, es “amor al prójimo como a uno mismo”. Pero ¿tenemos claro qué se quiere indicar cuando se dice “a uno mismo”? ¿Estará ocupando en nuestro tiempo el “uno mismo” incluso el espacio del prójimo? Creo que vivimos días donde hay una generalizada inflación de lo egoico.
Hemos confundido el autocuidado con el egocentrismo, por lo que mi ego es el centro y la medida de mi mundo y, si estoy sólo en mi mundo, me hago ajeno e indiferente a la realidad que me circunda y me requiere. La autorefencialidad no es lo mismo que el amor a uno mismo. Este último tiene que ver con ser capaz de tomar conciencia y atender las necesidades esenciales que son necesarias para poder vivir una vida plena, una vida que sólo cobra sentido si se comparte. Tal vez, sea necesaria una revisión en este sentido pues, sino no logro dilucidar lo que me es propio, desde dónde voy a ser capaz de atender lo del otro, lo del prójimo y, sino atiendo a éste, a qué Dios me estoy dirigiendo.
Hay un solo Amor que posee tres rostros y que deben estar atendidos para que podamos gustar de una experiencia integral que siendo experimentada en primera persona no termine por encerrar al individuo en su realidad, sino que le abra horizontes de compasión cada vez más hondos y amplios. La propuesta de Jesús está en esta línea y su vida es testimonio absoluto de esto mismo. Quien ora a Dios, quien lo ama, deja de ser quien era porque es capaz de reconocer en lo propia vulnerabilidad la fragilidad del otro que le interroga, que es espejo. Quien atiende al otro auténticamente ha debido antes experimentar dicha atención pues, no lo olvidemos, nadie da lo que no tiene. Y, por último, quien honesta y humildemente se busca y comprende compasivamente su vida, no puede más que ofrecer su hallazgo a otros y dar gracias a Dios por brindarle la oportunidad para ello.
Es curioso que el pasaje termine con la multitud en completo silencio. Tal vez sea en este mismo silencio donde pueda acontecer un verdadero encuentro lúcido que nos reporte la claridad suficiente como para experimentar esta máxima del amor que Jesús propone con su vida.
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