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La noche que ardió Notre Dame, un escalofrío recorrió toda Europa. La catedral de París es un símbolo que va mucho más allá de lo religioso. A lo largo de su casi milenio de vida, sus muros de piedra han visto erguirse y hundirse imperios y revoluciones, han escuchado rezar a papas y mendigos, han guardado mil y un silencios, millones de oraciones y lágrimas. Notre Dame es el tesoro de la vieja Europa.
La noche que ardió Notre Dame, se vinieron a nuestra mente docenas de películas y canciones, paseos inolvidables, carreras al alba, río Sena arriba, río Sena abajo, por la isla de la ciudad, el Museo D'Orsay, el Louvre, la torre Eiffel. La luz que se refleja en el río a medianoche, el sol que entra por los inmensos rosetones al mediodía, la espléndida girola donde, desde el siglo XII, el pueblo de París se encaminaba a aprender la historia de la Salvación entre sus bajorrelieves. Los incontables escalones que llevan al campanario donde una vez todos soñamos con ser jorobado, o gárgola, o guardián de la ciudad sin límites.
Porque Nuestra Señora de París siempre fue un templo de puertas abiertas, como siempre debió ser el proyecto de la Europa de la que es centro. Una Europa de fronteras abiertas, de manos unidas, de corazones entrelazados como los de los miles que, en París y en el resto del mundo, se unieron en oración, triste y compungida, rabiosa y esperanzada, por la salvación de este templo. Y no la Europa de quienes, mientras aún arde el templo, se inventan absurdas teorías sobre ataques terroristas y azuzan el fuego del odio y la xenofobia que estuvo a punto de hacer caer nuestra civilización entre las llamas.
La gran aguja construida en el siglo XIX y la techumbre han sido arrasadas, pero la estructura, finalmente, ha logrado aguantar. La noche que ardió Notre Dame vimos, de nuevo, reflejada la imagen de la Europa que quiso ser, y que no está dispuesta a dejarse morir entre las llamas. Una Europa que resiste, y que volverá a resurgir, de la mano de tantos que se encargarán de reconstruirla. La catedral, y el proyecto que soñaron nuestros antepasados.
La noche que ardió Notre Dame fue la noche en que todos descubrimos que seguíamos siendo hermanos de un proyecto común llamado Europa. También la Iglesia, sin la que no puede entenderse el sueño de una Europa abierta.
Notre Dame resurgirá de las cenizas, y volverá a alzarse, inmensa, en mitad del Sena y del corazón del Viejo Continente. Esta noche ya repicaban todas las campanas de París. Esta noche, al pie del fuego, eran muchos los que rezaban, sin importar demasiado el credo. Pues Europa, como el Evangelio, va mucho más allá de una simple profesión de fe. Porque Notre Dame, también, es un símbolo de la esperanza.
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