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Fallece, a los 95 años, el sacerdote y periodista, referente de varias generaciones
Escribo estas líneas, querido Antonio, ahora que nos cuentan que estás dejándonos. Calladamente, sin hacer ruido, como siempre quisiste, aunque tu vida no siempre fue tranquila. Vaya mes llevamos: primero Castillo, ahora tú...
Como sé que no llegarás a leerme (se te pondría la calva roja de la vergüenza), déjame darte las gracias. Por todo. Por tus 95 años (y 95 libros, menudo récord). Por tu vitalidad, inagotable hasta el último momento. Por tu agradecimiento compulsivo cada vez que nos veíamos, iba a verte o a llevarte libros. Por no decir nunca, a nada, que no.
Gracias por aquellos días en tu pueblo, menudo homenaje (y menudo jamón, ¿te acuerdas?) te hicieron. Gracias porque has sido memoria viva de la Iglesia a la que tanto amaste y que tan poco te comprendió. Gracias por tu libertad para decir lo que creías que había que hacer, por tu vehemencia a la hora de defender tus razones, aun cuando no te las 'comprara', por no perder nunca la ilusión. Por ser un referente de varias generaciones de comunicadores católicos. Y por saber gestionar el silencio de los que siempre debieron defenderte.
Como le ocurriera a Pepe Castillo (dale un abrazo en cuanto le veas, no tuve aún fuerzas para despedirme de él como merecía), estos diez años de pontificado supusieron un 'chute' de energía a tu ya de por sí espíritu luchador, combativo. No diste por perdida una batalla, no dejaste de escribir hasta el final. Dios sabe que tu letra es prácticamente ilegible pero que, si podemos, mantendremos viva tu literatura (nos has dejado textos para meses). Y Francisco, pese a que fuera demasiado despacio para 'jóvenes' como vosotros, os ha devuelto la esperanza de que, tal vez, las cosas pueden cambiar. Y nos lo habéis hecho creer, benditos vosotros, a los que ya peinamos canas. Mucho más viejos que tú, querido Antonio, que cuando esto salga ya estarás en los cielos.
Gracias por tus historias, por tu memoria, por las mañanas hablando de Tarancón, del Concilio, de las mujeres de la Acción Católica, de Emilio Romero, de Íñigo, de García, de don Antonio Montero... Gracias por tus rabietas al leer a los moscones ultra, herederos de aquellos guerrilleros de Cristo Rey que te querían llevar al paredón junto al cardenal, y sus insultos. Alguno seguirá cayendo, porque estos supuestos cristianos no respetan ni a los muertos, sin pararse a pensar que muchos de ellos están más cerca de lo que creen de seguir tus pasos. Y no estarán tan preparados, tan en paz, como tú te vas.
Gracias por esa última sonrisa cuando reconociste, desde tu última cama en el hospital de Cantoblanco, las voces de Vidal y de este jovenzuelo al que, al final, no regalarás la casa en la montaña. Cuando la tenga, no lo dudes, que tendrá un rincón para Antonio Aradillas.
Aún no te has ido, y ya te estamos echando de menos. Gracias por ofrecer tu vida por un mundo más justo para las mujeres, para los sacerdotes, para la Iglesia. Gracias por no dejar de ser un joven rebelde, y por irte de esta tierra sin un ápice de rencor. Algunos cargarán paladas. Ni caso.
Querido Aradillas, que estás, que ya estarás, en los cielos. Ruega por nosotros.
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