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Conferencia en el Ciclo Año de la Familia Amoris Laetitia
(UCV).- El profesor de la Universidad Católica de Valencia (UCV) y del Pontificio Instituto Juan Pablo II, Eduardo Ortiz, ha impartido una conferencia enmarcada en el Ciclo Año de la Familia Amoris Laetitia que celebran ambas instituciones, siguiendo la invitación del santo padre.
“El papa Francisco reconoce la importancia de la afectividad, de la capacidad que tenemos de ser modificados por distintos tipos de estímulos (Amoris laetitia, 143-146). Nos paramos a contemplar un paisaje que nos agrada; hay situaciones que nos provocan miedo; las personas se acercan mutuamente porque se atraen… Tantos ejemplos muestran que la afectividad tiene una cierta autoridad en nosotros”, ha argüido Ortiz.
El filósofo se ha detenido, primero, en las emociones, que “hoy tienen ya un puesto privilegiado en el vocabulario de la afectividad” y “muestran una cierta independencia respecto a las demás capacidades de nuestra naturaleza, aunque están vinculadas a ellas.
Supongamos que una persona entra en un aula gritando sin ton ni son mientras un profesor está explicando una lección a sus alumnos. Esa persona se convierte en el objetivo de la ira que embarga al profesor; además, este valora a aquella persona como ofensiva o maleducada (objeto formal). Pero es el foco (deseos, creencias, intenciones, en definitiva, amores) lo que explica por qué aparece en el profesor una emoción como la ira en semejante situación”, ha expresado.
En este sentido, el profesor Ortiz ha subrayado que “el núcleo del foco de nuestras emociones lo constituyen nuestros amores interpersonales, que son quienes tienen la auténtica autoridad en nuestras vidas: en nuestro ejemplo, desempeñar bien su trabajo importa al profesor y por tanto está ligado al amor a sí mismo y a los demás. Nuestros amores personales son plurales y de tipos distintos. Antes o después, compiten en nuestros corazones. Y nosotros preferimos a unos frente a otros. Los ordenamos”.
No obstante, este experto ha reconocido también que “existe la acertada o adecuada ordenación de nuestros amores personales. Existe la verdad del amor. Vivir de acuerdo a esa acertada ordenación de nuestros amores es en realidad ser feliz, llevar una vida lograda.
El primero de nuestros amores merece ser el amor a Dios. Y ello en justa reciprocidad ya que, además de ser incondicional, es el primero de los amores que hemos recibido. Jesucristo, quien nos ha traído a Dios, permite a través de Su Espíritu que el amor a Dios sea el primero entre nuestros amores. Y luego, el amor al prójimo como a sí mismo, teniendo en cuenta los criterios de proximidad (los amores que se dan en la familia) y de necesidad (la práctica de la misericordia, a la que el Papa Francisco ha dedicado una Carta Apostólica en 2016)”.
Por todo ello, el ponente ha concluido que “la primacía del amor de Dios nos capacita para ordenar apropiadamente el resto de nuestros amores y consiguientemente nuestras emociones. Recorremos así ese “camino pedagógico” (Amoris laetitia, 147), esa ‘conversión afectiva’ gracias a la cual los esposos pueden confesarse mutuamente que quizá ‘no podemos prometernos tener los mismos sentimientos durante toda la vida. En cambio, sí podemos tener un proyecto común estable’ (Amoris laetitia, 163). Es algo que pueden decirse asimismo los involucrados en otros tipos de amor. Y es que gracias a una emoción adquirimos una instantánea de nuestras vidas, pero nuestros amores nos suministran una historia”.
“El lecho rocoso de aquella labor pedagógica es la educación del corazón, ‘donde está tu tesoro, allí está tu corazón’ (Mt 6, 21). Un auxilio inestimable para ello está en la enseñanza, legada por la tradición monástica de los primeros siglos, acerca de la liberación de esas ‘pasiones’ que oprimen el corazón del hombre. Disponemos también de la ayuda de esos testigos que son “traducciones” de Jesucristo, cercanas a nuestras vidas. El amén de la Virgen María al anuncio del ángel inspira la acogida que merece de nuestra parte la propuesta divina”, ha afirmado el ponente
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