I Jornada de Espiritualidad y Discapacidad Intelectual
Espiritualidad sin barreras: un derecho de todos
Mensaje del provincial de la Compañía de Jesús para este ciclo
La idea de unas fiestas como la Navidad y su preparación -en nuestra sociedad y para una mayoría- consiste, demasiadas veces, en dejarse llevar por la cultura dominante, por los recuerdos que nos han constituido, por la tónica cíclica anual al llegar el invierno, por las modas que aparecen (y desaparecen)… Este tiempo, sin embargo, contiene alteraciones globales en las que se deshabitan espacios y se vacían las calles y las casas ante el virus. Es una exigencia social que nos cuesta y que nos recuerda que la solidaridad pasa por evitar más enfermedades y pérdidas humanas.
Para este Adviento alterado, nos ayudará “traer la historia” que queremos contemplar (así lo describe San Ignacio en el número 102 de los Ejercicios Espirituales). O mejor, traer la “historia” que creemos que mantiene su papel, su peso y su impacto. Por un lado, hay una realidad evidente: la disgregación del mundo, la violencia gratuita de guerras o abusos, la cercanía de la muerte, la llegada de los migrantes en Canarias, el aumento de la pobreza, la dificultad para el diálogo político sereno y sincero, la pandemia.
Por otro, el cristianismo ofrece una “historia” diferente, una narración completa sobre todo lo humano que aporta un sentido y una lectura vital y transcendente. Es una “historia”, la cristiana, que va mucho más lejos que esa historia problemática que vivimos, y que se advierte en la buena voluntad de tantas personas, en la belleza del mundo, en tantas nuevas construcciones y caminos hacia la justicia y la verdad. Es un relato que contiene un énfasis más hondo y esperanzador sobre el ser humano, que no desposee a la realidad de su dosis de dolor, de sus heridas o sus fracasos, pero tampoco le da, al mal, su triunfo pleno.
“Traer la historia” cristiana busca acercarse a un Dios que mira (desde fuera) pero se encarna (desde dentro). Dios se mete en el mundo y lo más adentro que puede, de Nazaret a Belén, a Jerusalén y la Cruz. El Dios cristiano se da a sí mismo, que para nosotros es dar a su propio Hijo. No hay manera mejor de darlo todo. Y lo hace hacia abajo, hacia lo que no cuenta, hacia lo no deseado o querido, hacia nuestras sombras. Traer esta “historia” nos cuesta, no es fácil, contradice mucho de lo que vivimos y nos llama a salir, a olvidarnos y a creernos que estamos hechos de otra madera, más humana y más apoyada en lo divino, que ya está dentro en Jesucristo.
“Traer la historia”, decía Ignacio, desde el saludo del ángel Gabriel (Lc 1, 28) a todo lo que vendrá después, produce una redimensión de la vida y de la fe porque en esa visita a María podemos sentir el abrazo a nuestra historia incierta, dolorosa y sorprendente de este 2020. Dios se halla “ansí nuevamente encarnado” (Ej. 109) y nos llama a revivirlo.
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