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El Papa reivindica a Ratzinger y anima a seguir "más allá de las incompresiones"
Ceremonia sencilla, sobria. Como había pedido el propio Benedicto XVI. Y homilía sincera, agradecida y sutilmente reivindicadora de la figura del papa difunto que reposaba en el triple ataúd, a los pies del altar, la que pronunció, en el histórico funeral de esta mañana, su sucesor, el papa Francisco.
Para los gourmets de los detalles en actos destinados a marcar hitos en la historia, en este caso la de la Iglesia católica, tampoco ha habido aspectos reseñables, como si la modestia del propio Joseph Ratzinger así lo hubiese pedido a los elementos.
Un cielo cubierto que dejaba girones de niebla en la cúpula de San Pedro y realzaba la solemnidad del momento, menos desapacible que cuando, quien ahora reposaba a los pies del principal templo de la cristiandad, ofició en el mismo lugar las exequias de su querido Juan Pablo II.
No hubo aquel viento que antecede a las primaveras jugando con las hojas del Evangeliario depositado sobre el féretro de Karol Wojtyla. Y aunque, como era de esperar, brotaron los cánticos más o menos espontáneos que, como entonces, reclamaban el santo subito para el Papa alemán, todo fue mucho más contenido, sin tanto agitar de pancartas y gritos que, en oleadas, rebotaban una y otra vez con la columnata de Bernini. El tímido Ratzinger parecía querer abandonar sin demasiadas alharacas por última vez (de momento) la Plaza de San Pedro, aunque, eso sí, entre cálidos y agradecidos aplausos.
La homilía de Francisco, esperada con gran expectación, casi tanta como la suscitada en los últimos días por saber si renunciará pronto, cosa que de momento no contempla, fue tan sobria como el resto de la ceremonia, sin máximas, sin grandilocuencias, sin panegíricos a su predecesor, pero llena de calado, algo que tal vez algunos confundan con superficialidad o, incluso, lugares comunes de esos que se dicen tirando de manual y frases que se suelen repetir de manera mecánica en estos actos.
No me lo pareció. No hay, o no debe de haber, más programa que la entrega según la voluntad del Padre, vino a decir Jorge Mario Bergoglio. Y hacer esa entrega vida a la que acompañe la oración para saber ajustar el corazón al designio de los tiempos.
Y lo decía quien, teniendo arreglada una habitacioncita en una residencia sacerdotal para pasar los últimos años de su vida en Buenos Aires, nunca regresó de un cónclave que puso sobre sus hombros, a los 76 años, el peso y destino de la Iglesia universal.
Una entrega orante y sostenida, leyó Bergoglio en su homilía, que vaya gestando y cultivando “esa mansedumbre capaz de comprender, recibir, esperar y apostar más allá de las incomprensiones que esto puede generar”. Hablaba del difunto Papa emérito, que tuvo que conjugar esos tres verbos durante sus ocho escasos años en la silla de Pedro, hasta acabar trayendo al primer plano uno en desuso: renunciar.
Pero hablaba también de él, de esta casi década en la que Francisco ha tenido que sufrir las mismas insidias -con un encono y descaro mayor- por introducir otro infinitivo que acabó con las fuerzas de quien estaba a los pies del altar: reformar.
Más que sus esporádicos encuentros en el convento Mater Eclesiae, rezando juntos e la pequeña capilla, esta ceremonia ha unido a dos papas que logaron cohabitar a pesar de las zancadillas. Ahora, Francisco es ya el único Papa. Una situación novedosa para él, con lo que comienza una nueva etapa, probablemente la última de su pontificado, en la que deberá acelerar las reformas, probablemente a través del Sínodo sobre la Sinodalidad, pero ya, también, sin que, de alguna manera, Benedicto XVI “le guarde las espaldas”, como dijo en una ocasión Bergoglio.
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