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Hoy entra en vigor, sin críticas ni reproches velados, 'Ad charisma tuendum'
Fue en 2003 cuando, muy en contra de su voluntad, el Opus Dei acaparó la atención mediática mundial a través de El Código Da Vinci, la novela de Dan Brown que aprovechó la imagen oscurantista que proyectaba la Obra de Josemaria Escrivá de Balaguer para pergeñar un argumento que, con los tópicos sobre esa institución -y otros sobre la Iglesia en general-, y de la mano de Tom Hanks, llenó en 2006 los cines, el bolsillo del autor y acrecentó también el desprestigio de esa realidad eclesial.
Muy pronto vieron en el Opus Dei que nada podían hacer para contrarrestar aquella mala imagen. Llovía sobre mojado. Por más que protestasen y tratasen de sacudirse las etiquetas de confabuladores, sectarios, manipuladores, reaccionarios… que ya arrastraban, el impacto de la novela y la película fue demoledor.
Surgió entonces la ‘doctrina de la limonada’, es decir, tratar de convertir el amargor del momento en una posibilidad agridulce de mostrarse transparentes, de abrir puertas para que entrasen a fiscalizarles. Por muy hasta el fondo que penetrasen los desconocidos, sería muy difícil encontrar en las estancias que habían abierto a aquellos seres lunáticos y fanáticos hasta el asesinato que inventara Dan Brown. Lo que verían siempre sería mucho mejor que lo que estaban mostrando las pantallas de cine.
A endulzar aquellos años contribuyeron también algunos intentos de periodistas independientes, como John L. Allen, que escribieron libros sobre “la verdad de los rituales, secretos y poder” del Opus Dei, o películas sobre Escrivá como Encontrarás dragones, de directores de cine tan prestigiosos como Roland Joffe. Y lo mejor que pudo pasar, y donde mejor se mueve la Obra, es que poco a poco volvió el silencio, y la calma, sobre ella.
Ahora, cuando este 4 de agosto entra en vigor la carta apostólica en forma de motu proprio Ad charisma tuendum, hay vestigios de limonada en la forma en que la Obra ha acogido las indicaciones que Francisco les hace en ella, en la que incluso modifica algunos aspectos de la constitución apostólica Ut sit, en la que Juan Pablo II les instituía en 1982 como prelatura personal.
Hay limonada empezando por la carta que el actual prelado, Fernando Ocáriz, envió a los miembros de la Obra nada más aprobarse la constitución apostólica Praedicate evangelium, el 19 de marzo, con la que Francisco pretende la reforma de la Curia vaticana y donde aparece el ‘embrión’ de este motu proprio, donde se dice que las prelaturas pasarán a depender de la congregación para el Clero, y no de los Obispos.
Y hay un regusto agridulce espolvoreado con mucha resignación cristiana en la carta que el prelado vuelve a dirigirles en el mismo instante en que se hace público Ad charisma tuendum, donde se concretan los puntos que la Obra ha de cambiar en sus Estatutos y que, según Ocáriz, “aceptamos filialmente”.
No hay ni un reproche, ni una leve queja, ni siquiera cuando se veta la posibilidad de que los prelados alcancen el rango episcopal, dignidad que en la Obra siempre se ha llevado a gala con tanto orgullo como discreción, y que sin duda, en ese ámbito de perfección y excelencia, inevitablemente ha de escocer.
Era, por demás, impensable, que estas medidas pudiesen ser recibidas por una institución que hace de la santificación en todos los ambientes su divisa de manera tan burda como han hecho algunos nuevos movimientos que medraron a la par en los años de Juan Pablo II, y no digamos con esa miríada de institutos que han crecido sobre el humus de una reevangelización y que calcaron de la institución creada por el santo de Barbastro únicamente el gusto por la jerarquización y un cierto elitismo.
Tampoco ha habido “exégesis” sobre el contenido del motu proprio de Francisco. El Opus Dei se ha limitado a publicarlo, colgar en su web y redes las cartas del prelado y elaborar un texto en el que, a través de preguntas y respuestas, ofrece ya glosado el escrito de Francisco.
Ni siquiera los inventores de la ‘doctrina de la limonada’ han hecho el menor comentario, que es la prueba del nueve de que está de nuevo en funcionamiento. Tampoco los elementos más reaccionarios y contrarios a este Papa han hecho de este asunto punta de lanza, lo cual también parece otro síntoma. Tan solo algunos epígonos han mostrado algún reparo, amagando con que Bergoglio corrige a Wojtyla, como si ignorasen que el Papa polaco apostó no menos fuerte cuando se avino a convertir aquella iniciativa surgida de unos ejercicios espirituales en 1928 en una especie de diócesis personal con un poder e influencia muy superior al de sus límites canónicos.
Saben muy bien en el Opus que, aunque tal vez hayan sido ellos los primeros en formular la doctrina de la limonada, la historia de la Iglesia está trufada de amarguras que suelen ir por barrios. Sin ir más lejos, las que jalonan la de los jesuitas, como el actual Papa, quien tiene nítido el recuerdo de cuando Juan Pablo II intervino la Compañía de Jesús. Fue en 1981. Un año antes de la explosión de júbilo del Opus Dei por el privilegio de convertirse en la primera (y única) prelatura personal de la Iglesia universal.
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