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La fe de la mujer con más poder entre los socialistas
Ya no pisa las sacristías, pero allá por los años 80, en su parroquia trianera de Nuestra Señora de la O, María Jesús Montero, la mujer con más poder del PSOE (la presidenta Cristina Narbona tiene una función más simbólica, menos ejecutiva) las frecuentaba mucho.
De aquellos años juveniles en los que daba los primeros pasos en el compromiso político, le queda, sin embargo, un muy buen trato con varios curas, entre ellos Manolo Mallofret, cuando estaba también muy comprometida en la parroquia y en grupos juveniles cristianos, y que al final acabarían decantado su opción política.
Médica de 56 años, Montero acaba de convertirse en la mujer de más peso en el PSOE para Pedro Sánchez, quien la sigue reteniendo cerca sabedor de su valía y su compromiso, un compromiso en el que ya destacó en aquellos años de fe y pasión política, una combinación que de vez en cuando, quizás en una jugada del inconsciente, se abre paso hasta aflorar y ser capaz de dejar plancha a otra peso pesado del socialismo español como Carmen Calvo, esta menos contemporizadora con el catolicismo español, bueno, con ninguno.
Hay un momento que expresa bien la simbiosis que ha forjado el alma de esta divorciada y madre de dos hijas. Tuvo lugar cuando Calvo era todavía vicepresidenta del Gobierno y, como hacía de vez en cuando para agitar “la cosa clerical”, pidió que los obispos se sentasen de una vez para revisar la fiscalidad eclesial y pagasen los impuestos como hacían las Iglesias de Francia o Italia, por ejemplo. Vamos, que les vino a a decir que no pagaban ningún impuesto, lo cual era falso, pero no todos lo entendieron así de claro.
Fue entonces cuando su compañera en el Consejo de Ministros, y al frente de la cartera de Hacienda, nada menos, entró a poner los puntos sobre las íes en un programa de Antena 3. “De lo que se trata es que, por supuesto, los lugares de culto o en los que se desarrolla una acción social tengan las mismas exenciones, pero que en otras pertenencias de la Iglesia que no están desarrollando esta tarea, hay que replantearse esa contribución que va a los Ayuntamientos”, apuntó Montero.
Podía haberse quedado la trianera ahí, pero siguió, quizás porque sabía en primera persona, porque lo había mamado en su etapa de compromiso cristiano, que aquel simple matiz sería, para muchos, muy abstracto, algo etéreo que se olvida hasta la próxima polémica.
Y añadió, refiriéndose a esos impuestos que reclamaba Carmen Calvo: “No estamos hablando de cuestiones muy importantes, porque lo fundamental que la Iglesia tiene lo pone a disposición del conjunto de la sociedad para comedores sociales, culto, reuniones. Toda esa tarea hay que tratarla como al resto de ONG y, por tanto, solo son cuestiones muy singulares”.
Y lo sabía porque ella misma lo había practicado, encarnado, cuando era miembro del Movimiento Juvenil de la Acción Católica, cuando se reunía con otros jóvenes en la parroquia cercana a la casa donde vivía con sus padres, tampoco ajenos al mundo de la fe.
Ahora ya no entra en las sacristías ni en los salones parroquiales, pero sigue frecuentando la amistad y el consejo de aquellos amigos, de los sacerdotes que la acompañaron en el camino, a alguno de los cuales ha tenido como asesor en momentos difíciles, como es el caso de Manolo Mallofret, que fue abogado antes que cura y que ayudó a Montero a canalizar en la ayuda social y luego política el compromiso que nacía de su fe y, ya entonces, opción por los más necesitados. Conocido como "el cura rojo", en 2014, a petición del grupo socialista, respaldado por peticiones vecinales, el Ayuntamiento sevillano acordó dedicarle una plaza en el barrio de San Jerónimo.
Pero no fue Mallofret el único que dejó impronta en la nueva vicesecretaria del PSOE. Hay otros, todavía en activo y muy comprometidos en los barrios periféricos de la capital andaluza, que, de cuando en cuando, pega una parrafada con Montero. No tiene este sacerdote pelos en la lengua y le dice lo que ve y siente. Trapo que suele recoger la antigua feligresa para rezarlo a su manera. La de siempre. La que aprendió en una comunidad creyente.
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