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El jesuita gaditano presenta en los ‘Jueves de RD’ su última novela, ‘Las trincheras de Dios’
Un intento por romper la dialéctica de las dos Españas, de mirar al pasado sin revanchismo, sino desde el corazón, de reivindicar la necesidad de la indispensable objetividad histórica de los especialistas, hoy manifiestamente mejorable, y salir definitivamente de las trincheras de la Guerra Civil, que hoy parece que vuelven a cavarse.
Ese es el espíritu que recorre ‘Las trincheras de Dios’ (Mensajero), la última novela de carácter histórico de Pedro Miguel Lamet que ayer, 17 de febrero, fue presentada en el XXXII Jueves de RD, “un webinar no al uso”, como reconoció Jesús Bastante, redactor jefe del portal digital, pues se pretendía, junto al Grupo de Comunicación Loyola, y patrocinado por Instituciones Religiosas del Banco Sabadell, con el apoyo técnico de Católicos en Red, ofrecer “un encuentro-debate entre el religioso y sus lectores, acompañado del sacerdote e historiador de la Iglesia, Juan María Laboa”.
“Este libro tendrían que comprarlo cada uno de los diputados de nuestro Parlamento, porque enseña que no hay que manipular el pasado para los interese obscenos del presente, y la Memoria Histórica es una manipulación del presente para ir contra los demás. Y también deberían leerlo nuestros jóvenes, que ya no conocen ni nuestra historia, porque no se enseña y viven de frases solemnes que dicen los políticos o los periodistas”, señaló el profesor emérito de la Pontificia Comillas.
'Las trincheras de Dios' es una novela sobre la Guerra Civil, y sobre quienes vivieron el conflicto y, desde esos momentos, quisieron luchar por la paz, la justicia y la reconciliación, pero hilado desde un presente en donde sus protagonistas, que también son pareja y con sus propias crisis, se ven obligados por distintos motivos a bucear en aquellos años que han dejado heridas que todavía supuran.
Según su autor, se trata de “un intento de ver ese pasado que nos divide desde el corazón, el corazón de una mujer enamorada que está sufriendo en su propia carne la división ideológica que todavía tenemos en la España de hoy, donde aún hay trincheras y ellas las supera porque conoció a alguien, al P. Huidobro, que participó en aquella contienda, ofreciéndose a los dos ejércitos enfrentados, con un lema: ‘Si muero, moriré por amor’”.
Reconocía Lamet que siempre había tenido el deseo de escribir una novela sobre aquella contienda, porque “la Guerra Civil nunca se ha olvidado, y más ahora con la Memoria Histórica, con una tensión notable en muchos ámbitos de nuestra sociedad”, pero teniendo muy claro que pretendía que fuese “una novela alternativa, que no fuera de buenos y malos, de revanchismo, y yo he intentado acercarme a la tercera vía, la de aquellos que intentaron incluso durante la guerra conseguir la paz y la reconciliación y evitar la sangre”.
Como fue el caso del P. Huidobro, un joven jesuita a quien el propio Heidegger consideraba su “discípulo pfredilecto”, pero que, estallado el conflicto, no dudó en pedir a sus superiores regresar a España para ponerse al servicio de los bandos contendientes, empeño que le acabaría costando la vida en una acción bélica sobre la aún hoy, como pusieron de manifiesto Lamet y Laboa, persisten serias dudas sobre la autoría, que en un primer momento se achacó “a los rojos”.
Como dejó de manifiesto Lamet, “la novela es una introducción a la Guerra Civil, pero desde la serenidad” y para “un lector medio, no light, que esté interesado en qué pasó en aquella guerra y desde un punto de vista religioso”, porque, como abundó Laboa, “todo aquello es algo que se desconoce mucho hoy”, lo cual le produce a este sacerdote vasco un gran “desconcierto” puesto que, en su opinión, “hoy estamos lejos de la comprensión de lo que sucedió ayer, donde había unas causas sociales pero acabaron presentándose como unas causas religiosas para el enfrentamiento”.
De ahí la reivindicación que hicieron ambos de los miembros de la Iglesia que se gastaron y murieron por sus semejantes, fuesen del bando que fuesen, “como tantos párrocos y sacerdotes que había por toda España”, apuntó Laboa, o como el P. Huidobro, que fue “tremendamente generoso, y ve las grandes injusticias que hay en la guerra y escribe cartas al alto mando, a Varela y a Franco, y les dice que no se puede estar fusilando a muchachos que son campesinos y que van a la guerra, y reclama que por lo menos tengan un juicio, pero le hacen el vacío”, apostilló Lamet.
El autor lamentó, en este sentido, que los historiadores de hoy hablen de que en aquellos años “sólo había una Iglesia muy conservadora, muy al lado de la derecha y los terratenientes, pero no recuerdan a gente como el P. Rubio, el P. Vicens, Herrera Oria, que estaba en contra de la guerra… Había un trabajo con los pobres, con un sindicalismo católico, con un periódico como El Debate también contrario a la guerra… Pero esto se ha olvido y ahora no hay término medio, y tenemos que insistir en que existía en la Iglesia este término medio”.
“La Guerra Civil no se puede juzgar desde el hoy, hay que tener en cuenta la situación absolutamente imposible que había en aquel momento, como cuando Andrés Nin dice que ‘ya se ha solucionado el problema de la Iglesia: no ha quedado ninguna en pie’”, afirmó Laboa.
También Lamet recordó “la quema de conventos y toda aquella brutalidad contra la religión”, por lo que lamentó que “ahora la Memoria Histórica se empieza justamente después de la muerte de los curas y las monjas y no me parece justo. Hoy hay una necesidad de que la historia sea objetiva, hay que dar los datos e intentar serenar este ambiente del factor partidista que está creciendo”, porque, añadió, aunque “creo que no hay tanto odio extremo que pueda llevarnos a la sangre, hay un partidismo y polarización excesiva y se hace propaganda en vez de historia”.
A la hora de que el moderador, Jesús Bastante, introdujese las preguntas que hacían llegar los seguidores del encuentro, no podía faltar la de si la Iglesia española había pedido “suficientemente perdón” por su papel en aquel conflicto y el régimen posterior. “Hoy nadie pide perdón, la Iglesia ha pedido perdón suficientemente, ya lo hizo Juan Pablo II, y en España, durante la Asamblea Conjunta, pero nadie más ha pedido perdón”, señaló el historiador, quien apostilló con un “¿hay algún comunista que haya pedido perdón?
Menos categórico el jesuita gaditano, sí reconoció Lamet el revisionismo que se detecta hoy, el que se excaven fosas y se vuelvan a cerrar “si quien aparece es un ‘azul’”, lo mismo que se retiren los nombres de algunas calles. “Y tirar el Valle de los Caídos sería una barbaridad, no deja de ser una parte de la historia, de nuestra vida, por lo que habría que convertirlo en instrumento de reconciliación, y que sea un lugar ecuménico, un lugar donde se curen las heridas”.
Quedaron claros durante el encuentro los reparos de ambos a la nueva Ley de Memoria Histórica que, además, según Laboa, “se está utilizando en parte para rechazar la Transición, que no fue obra de unos insensatos desmemoriados, sino que eran muy conscientes de lo que abandonaban y olvidaban para tener una España distinta a las de los últimos 200 años, para crear un futuro mejor para España”.
Y ahí ambos reivindicaron también el papel de la Iglesia, de esa tercera vía que pide no olvidar Lamet, con el papel del Concilio Vaticano II, “que ha sido clave para la Iglesia española, porque no hubiera habido una Transición tranquila como hubo sin él, porque la Iglesia española ya no era la de la época franquista”, señaló Laboa, uno de los grandes estudiosos de la aportación eclesial a aquel período.
Pero esa constatación no le impide afirmar con la misma rotundidad que “una parte de nuestros cristianos y de nuestro clero está todavía anclado en un pasado que ya se fue, mirando modelos de Iglesia periclitados y que no son conciliares”, por lo que demandó a la Iglesia española “imitar a este Papa, porque también hay cosas que tenemos que cambiar”.
Concluyó Lamet reclamando de nuevo no olvidar esa tercer vía, donde están “los matices”, puesto que “nada es blanco o negro” y en donde se enclavan personajes como los que vehiculan ‘Las trincheras de Dios’, con tantas personalidades que apostaron por el servicio, como Diaz Alegría y Julio Lois, citó, antes de detenerse en una anécdota para él reveladora: un reciente acto de dedicatoria de una calle de Madrid con el nombre del P. Llanos “en el que no había ningún representante político ni tampoco de los obispos”…
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