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La figura del Papa emérito, al que respetaba, le cohibía, lo que aprovechaban otros para poner frenos
El pasado 7 de junio, el papa Francisco ingresó en el Policlínico Gemelli con carácter de urgencia. Había peligro de oclusión intestinal y había que operar sí o sí. El posperatorio le tuvo ingresado durante nueve días y los médicos le dijeron que tenía que tomarse su recuperación muy en serio. Y lo hizo. Lo cual no significa que estuviese inactivo.
Poco más de un mes después de aquella intervención quirúrgica que necesitó de anestesia general -algo de lo que, mientras ha podido, el Papa siempre ha evitado, por los efectos que dejan en él-, parece incuestionable que Francisco ha apretado a fondo el acelerador de sus reformas. ¿Simple casualidad?
Nadie mejor que uno mismo para calibrar cómo están las fuerzas. Y que quizás ya había estado demasiado tiempo constreñido, intentando templar gaitas con unos y otros. Además, ya no tenía la sombra del Papa Ratzinger, al que mostró sincero respeto durante los años de 'los dos Papas’, pero que sin duda le cohibía, lo que otros utilizaban como freno a sus intentos de reforma, entre ellos, el exsecretario Gänswein, despachado desde el 1 de julio a su diócesis de origen en Alemania.
Seis meses después de enterrado el emérito, facturado el ‘garganta profunda’ de los críticos y avisado por su propio organismo, Francisco parece afrontar su última etapa de pontificado con decisión y, lo que es novedad, sin demasiados miramientos para los que no dejan de ponerle trabas.
Es una especie de Bergoglio ‘desencadenado’ al que, a sus 86 años, la salud le ha ido acompañando, pero que no pierde conciencia de ser un anciano con una tarea titánica (y una agenda) a sus espaldas. Por eso, liberado de la sombra que desde el convento Mater Ecclesiae proyectaba Benedicto XVI, desde la misma habitación del Gemelli hizo una llamada: hay que incorporar a la vida de la Iglesia el magisterio emanado en estos diez años de Pontificado. El encargado, ya se sabe, es su teólogo de confianza, Tucho Fernández, quien en sus prolíficas declaraciones tras su nombramiento, el 8 de julio, ha dejado entrever que los postulados teológicos de Jorge Mario Bergoglio -que tan bien conoce de primera mano- tienen que empezar a ser implementados ya. "Nueva etapa de Francisco". Así tituló el propio Fernández, una semana antes de su nombramiento, el tuit en el que compartió una foto con el Papa.
Francisco le hizo esa petición expresa sobre su magisterio en la carta con la que acompañaba el nombramiento de su compatriota argentino, lo cual no deja en demasiado buen lugar a los prefectos de Doctrina de la Fe habidos durante esta década, lo cual no sorprende en el caso del cardenal Müller, desde luego, pero salpica también jesuita español Luis F. Ladaria. Además, en la carta con la que acompañó ese nombramiento -recibido por los críticos como un auténtico despropósito, cardenal Müller incluido-, pide al nuevo prefecto que "custodie la enseñanza de la fe, pero no como enemigos que señalan y condenan". No lo dijo, evidentemente, pero le pedía todo lo contrario de lo que había hecho el cardenal Ratzinger -alentado por Juan Pablo II- durante casi un cuarto de siglo. ¿Se habría atrevido a tanto con su antecesor a tiro de piedra de la Residencia Santa Marta? A nombrar nuevo perfecto, sin duda. A nombrarlo de esta manera, parece dudoso…
Pero en este acelerón hay que incluir también su fime determinación de cara a la primera cita del Sínodo sobre la Sinodalidad, el próximo mes de octubre. Para la historia quedan ya los nombramientos de laicos, entre ellas, más de una cincuentena de mujeres… ¡que podrán votar junto a los obispos! Y, entre esos nombramientos, los hay que son a petición expresa del Papa.
Solo cuatro días antes de esta cita que puede marcar el futuro inmediato de la Iglesia católica, Francisco creará a 21 nuevos cardenales, con los que ya dos tercios del Colegio Cardenalicio habrán sido designados por el Papa argentino. Una nueva hornada de purpurados, que ha ido a buscar a los cinco continentes y en países de los llamados ‘de misión’, y donde destacan algunos por su ‘juventud’ -entre ellos, José Cobo, arzobispo de Madrid-, detalle que está aplicando también en los nombramientos de los nuevos pastores de Buenos Aires, Malinas-Bruselas o Toronto, con un horizonte pastoral por delante de al menos 20 años...
Quizás sea una falsa impresión, pero diría que a Francisco le ha entrado prisa por apuntalar las reformas, habida cuenta de que el griterío contra él de los neoconservadores no ha cejado y los ultras están empezando a bajar del monte sin ningún disimulo.
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