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Pederastia e inmatriculaciones, dos realidades distintas, diferenciadamente graves, interpelantes ambas
Hay dos realidades que, hace ya mucho tiempo, han saltado a la opinión pública y que, actualmente, se han reactivado: la pederastia ocurrida durante muchos años en varias instituciones religiosas de nuestra Comunidad y las inmatriculaciones de bienes por parte de la Iglesia en los últimos años.
Ambos son temas que, con razón, han sido causa de alarma social y aun de escándalo; que nos golpean y conmueven por su fuerte impacto y, en el caso de la pederastia, por sus graves y traumáticos efectos; y que desearíamos que fuesen abordados con libertad, apertura y enorme verdad por parte de nuestra Iglesia diocesana.
Dada la implicación de hecho con ambas cuestiones de algunas instituciones civiles, nos atrevemos también a solicitar, tanto de dichas instancias civiles como de las eclesiásticas, un espíritu y una actitud de respeto y colaboración mutuos, sin otra meta que el mejor y mayor bien posible para todos y, en especial, para las víctimas. Además, como creyentes católicos que somos, nos sentimos parte responsable del Pueblo de Dios y, desde esta perspectiva, pedimos encarecidamente a nuestra Iglesia local que haga un esfuerzo especial en la resolución de los dos puntos que nos ocupan.
Deseamos una Iglesia humilde, sensata, con los pies en la tierra, en permanente búsqueda para discurrir por los caminos trazados por Jesús de Nazaret, fiel a su evangelio, acogedora de todos los seres humanos, identificada con ellos, en especial con los más desfavorecidos e ignorados. Nos gustaría ser parte de una Iglesia veraz, sincera, volcada en el servicio de los navarros y navarras sin excepción, clara en el diálogo, desinteresada y directa, inspirada en la cercanía personal y en el amor, como nos enseña nuestra fe.
Por todo ello, nos dirigimos muy especialmente a nuestra Iglesia diocesana, como miembros suyos que somos, demandándole y esperando de ella que se muestre totalmente abierta a afrontar las mejores respuestas y soluciones posibles a esas dos grandes y graves realidades que nos ocupan, utilizando la acogida afable a los demandantes, la sinceridad absoluta y la bondad propia de nuestras creencias.
Paralelamente, como parte de esta misma Iglesia diocesana, pedimos sinceramente perdón a las personas – individual o colectivamente consideradas - dañadas o perjudicadas por nuestros actos y comportamientos, nuestros fallos y nuestros errores. Y nos ofrecemos y comprometemos a participar en cualquier tarea que pueda ser necesaria para reparar del mejor modo posible el daño causado.
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