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Mayores, personas enfermas, cuidadores, personal sanitario y capellanes de hospital participaron en la eucaristía, celebrada por José Antonio Álvarez
(Archimadrid).- La catedral de Santa María la Real de la Almudena se convirtió en «corazón de esperanza» durante el Jubileo de los Enfermos. La celebración reunió ayer domingo, 6 de abril, a numerosos mayores, personas enfermas, cuidadores, personal sanitario y capellanes de hospital que participaron en la Eucaristía presidida por el obispo auxiliar de Madrid, José Antonio Álvarez. «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres», estas palabras son la expresión gozosa de un pueblo que camina hacia Jerusalén, tras el destierro vivido en Babilonia, con la certeza de que Dios no abandona, sino que siempre guía y acompaña.
El prelado, dirigiéndose con cariño a los fieles, centró su homilía en la fuerza de la fe y el consuelo de la misericordia divina: «¡Cuánto bien nos hace hoy escuchar y proclamar estas palabras, al celebrar este Jubileo tan especial: el jubileo de nuestros enfermos! Vosotros, queridos hermanos, sois una expresión viva y elocuente en nuestra diócesis y en la Iglesia, de esta certeza: Dios no abandona y siempre nos acompaña. Gracias por estar aquí y mostrarnos con vuestra vida, la esperanza que no defrauda: Cristo con nosotros, Él es nuestra fuerza y quien da sentido a todo lo humano, también a nuestras limitaciones y enfermedades».
Durante la homilía, recordó las palabras del Santo Padre en la bula Spes non confundit: «Las tempestades nunca podrán prevalecer, porque estamos anclados en la esperanza de la gracia». Así, invitó a los presentes a renovar su vocación de ser «peregrinos de esperanza», un término que ha resonado con fuerza entre quienes, a pesar de la enfermedad o la fragilidad, han llegado a la catedral como símbolo de un camino de fe compartido.
El obispo destacó el valor de la peregrinación, tanto física como espiritual, como metáfora de la vida humana. «Vosotros, que vivís profundamente unidos a la Pasión del Señor, nos mostráis en vuestro peregrinar diario cómo el sufrimiento puede convertirse en una cátedra del Amor fiel y entregado». Así, «hoy nos mira el Señor a nosotros. Celebrar este jubileo es una nueva oportunidad para reconocer nuestra verdadera dignidad: somos hijos amados de Dios y poder así celebrar y lucrarnos de la gracia jubilar: renacer a una nueva vida en Jesucristo, quien nos hace capaces de vivir una existencia renovada».
Una ocasión para reivindicar la dignidad inquebrantable de las personas enfermas. «No hay enfermos incuidables, aunque sean incurables», ha afirmado el obispo, que ha invitado a desarrollar los cuidados paliativos, aliviar el dolor y fomentar una cultura del cuidado que valore la vida en todas sus etapas. «Tenemos que aprender de vosotros. Tenemos que ser capaces de decir a cada enfermo que es una persona valiosa y que su vida importa, y que haremos todo lo que sea necesario para que viva los últimos momentos de su vida, cuando se encuentre ante esta situación, con los cuidados precisos, en compañía, con paz. Es preciso desarrollar los cuidados paliativos, el alivio del dolor cuando sea posible, así como fomentar la cultura del cuidado, del respeto, del consuelo a las personas que sufren, hasta el final».
Para concluir, y haciendo alusión a María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Almudena, modelo de espera y fe confiada, el obispo ha recordado cómo Ella permaneció junto a su Hijo hasta el final. «Aprendamos de Ella a creer, esperar y amar»
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