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"A pesar del el olvido y silencio de muchos de tus compañeros, ni siquiera una simple llamada o un mensaje"
Hoy se cumple un año del Decreto Episcopal de la SUSPENSIÓN CAUTELAR del ejercicio del ministerio sagrado y demás oficios eclesiásticos con prohibición de residir en Conil de la Frontera hacia mi persona, presbítero de la Diócesis. El mismo fue entregado a uno de mis representantes legales por el D. Oscar González, Vicario General, en presencia de D. Fernando Campos, Vicario General de Pastoral, y D. Cristóbal Flor, Canciller Secretario.
Este Decreto es consecuencia de todo un proceso iniciado, el 19 de Septiembre de 2019, con el cese de profesor del Seminario y posterior amonestación, y agravado a partir del pasado 24 de Julio de 2020, cuando fui nombrado capellán para la prestación de la asistencia religiosa en el Hospital Universitario de Puerto Real a tiempo completo.
En él, faltando a la verdad de los hechos, se hacen afirmaciones, como ya se denunciaron, que no corresponden a la verdad de lo sucedido, además de verter descalificativos hacia mi persona. Esos descalificativos han sido constantes en todos los documentos emanados desde el Obispado.
A lo largo de este año, que no ha sido nada fácil, he tenido que defenderme con las únicas “armas” que tenía, la verdad de los hechos, y aún estoy a la espera de la respuesta judicial. Es un proceso lento, muy lento, donde las trabas son constantes. Y no sólo hablamos de la vía civil sino también de la eclesiástica.
En la actualidad estoy a la espera de la respuesta al recurso que se planteó por vía penal. Y también a la querella presentada ante el Tribunal de la Rota, después de meses de envío de documentación a las Congregaciones del clero, de obispos y a la Secretaría de Estado Vaticana, sin respuestas de algunas de ellas.
En este año he ido descubriendo la realidad de lo que supone la Suspensión cautelar:
-el olvido y silencio de muchos de tus compañeros, ni siquiera una simple llamada o un mensaje;
-la imposibilidad de celebrar misa públicamente, o cualquier sacramento, (incluso cuando asistía como un simple fiel sentado en los bancos de una iglesia se me pidió que no volviera más);
-la imposibilidad de ejercer tu oficio de canónigo y profesor del Seminario, aun cuando se revocó el cese;
-la reducción al mínimo de la asignación económica enviada por la conferencia episcopal;
-la exigencia por parte del Obispado de dejar la vivienda que habito;
-el freno y el silencio de resoluciones judiciales;
-la negativa del tribunal a aceptar todas las pruebas que se presentan para una justa defensa;
-la inquina y empecinamiento por hacer daño, a costa de lo que sea, de quienes se supone un plus de evangelio;
-la cantidad de mentiras que surgen como bulos por los corrillos eclesiales;
-y el bloqueo de documentos que deberían llegar a sus destinatarios, y han sido bloqueados o frenados en determinados despachos.
Pero también he descubierto otras muchas cosas que me han ayudado a seguir con esperanza en esta lucha por la verdad: los verdaderos amigos y familia, que están ahí y no te han dejado ni un momento; aquellos que te han ayudado, incluso económicamente; los que han tenido un ratito para saber de ti, preguntar cómo vas; los que te han sentado a su mesa, para hacerte sonreír y disfrutar; los que abrieron sus casas para que no estuvieras sólo; los que mandaron un mensaje de ánimo y esperanza; los que han rezado por ti para que no desfallezcas; los pocos que vinieron a verte, a escondidas y con cierto temor; la música, los libros y la compañía de la televisión.
Y, sobre todo, descubrir que Dios no te abandona, aunque muchos lo hayan hecho. Que Dios te sostiene en la palma de su mano. Que Dios te acompaña en tus silencios y en tu sencilla oración. Que Dios se sigue haciendo presente entre tus pobres manos al celebrar la eucaristía. Que sigues siendo sacerdote aunque les moleste y no te dejen ejercer públicamente. Que Dios hará que brille la verdad y salga a la luz la mentira, la inquina, y el desprecio a su Palabra.
No guardo rencor a nadie. Y aún a pesar de sentir pena por la Iglesia que ha perdido el rumbo, que se ha deshumanizado, que ha olvidado el mensaje que lleva en su seno, sigo albergando la esperanza de que pronto despertaremos de este letargo y veremos un cielo y una tierra nuevos. Pues Dios es el que tiene siempre la última palabra, y todo esto forma parte de su historia de salvación, aunque no logremos humanamente entenderlo o comprenderlo.
Rafael Vez Palomino, presbítero, Canónigo Maestro de Ceremonias de la S.A.I. Catedral de Cádiz y Profesor de Liturgia del Seminario
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