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El arzobispo de Santiago promueve una jornada sobre ‘Ciudades que cuidan, ciudades compasivas’
“Ojalá que nuestras calles no lleven nunca el nombre de la indiferencia, o del mirar para otro lado, ni nos lleve a cruzar la acera para no encontrarme con aquel con el que no querría sostenerle la mirada; ojalá en nuestras ciudades nadie tenga que vivir en ese drama que la pandemia hizo asomar, el drama de la soledad, aun rodeados por edificios, ¡qué solos podemos estar, aunque el autobús de la vida vaya lleno!”.
Palabras introductorias del arzobispo de Santiago de Compostela, Francisco Prieto, pronunciadas en otra urbe de su jurisdicción eclesiástica, A Coruña, donde en la tarde del 15 de abril, inauguró una novedosa jornada -en línea con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud- ‘Ciudades que cuidan, ciudades compasivas’.
Organizada por el Arzobispado de Compostela y el Colegio Oficial de Médicos de A Coruña, se trataba, de la mano de especialistas, de “crear conciencia y servir de inspiración para desarrollar Ciudades que Cuidan en las que todos los actores que configuran la red comunitaria, desde los profesionales de los servicios sanitarios y sociales, pasando por las asociaciones y entidades del tercer sector y llegando al ciudadano y las familias, participen en ese proceso de cambio estructural que es tan urgente y necesario”.
En este sentido, tal y como afirmó el arzobispo, “no cabe duda de que en el contexto en el que estamos, la palabra salud, salus, tiene densidad por lo que significa, salvación, sanación, indudablemente ahí -y de qué manera, porque hablamos de todo hombre y de todos los hombres y de toda vida y de todas las vidas- tenemos un campo indudable en el que nos encontramos con una responsabilidad compartida, desde esa realidad que es cada persona, cada ser humano inigualable, irrepetible y siempre en la búsqueda de esa humanización que es un campo en el que ambas entidades podemos trabajar juntas”.
“Y a la hora de pensar en esta dimensión desde la ciudad, en pensar este mundo urbano, que enseguida nos suena a densidad de población, a calles, rúas, plazas, movimiento, tráfico… uno se pregunta cómo cabe hablar de salud desde la condición que todos compartimos de ciudadanos en estos espacios que habitamos, sean más grandes o más pequeños, pero donde la calle se convierte en el espacio compartido en el que muchas veces nuestros edificios, más que albergar, parece que enjaulan a las personas”, abundó Prieto.
Y aludiendo a esa red de ciudades saludables en la que viene incidiendo ya desde la década de los años 80 la Organización Mundial de la Salud, el pastor compostelano centró, en forma de interrogantes, el objetivo del encuentro: “¿Cómo es posible y cómo podemos lograr mejorar esa salud, también desde la Iglesia, haciéndonos presentes en una misión compartida, que es el saber cuidarnos, el saber acompañarnos, donde expresarnos la grandeza y a veces la miseria, porque frente al cuidado también cabe lo peor, el olvido y la distancia”.
Encontró Prieto inspiración al respecto en el magisterio del Francisco al apuntar dónde puede hoy día mirar la Iglesia para abordar este cuestión, porque, “para los creyentes, la palabra o huella de Dios no es algo que tengamos que buscar en lugares recónditos o escondidos o en concepciones donde se confunde la razón con el mito, sino en la vida cotidiana”.
Y así, citó el punto número 210 de Evangelii gaudium: “¡Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!”.
Igualmente, rescató un párrafo de una homilía de 2019 del Papa Bergoglio “que nos puede servir de interrogante sobre lo que llamamos salud, saludable”: “Nos hemos acostumbrado a comer el pan duro de la desinformación y hemos terminado presos del descrédito, las etiquetas y la descalificación. Hemos creído que el conformismo saciaría nuestra sed y hemos acabado bebiendo de la indiferencia y la insensibilidad. Nos hemos alimentado con sueños de esplendor y grandeza y hemos terminado comiendo distracción, encierro y soledad; nos hemos empachado de conexiones y hemos perdido el sabor de la fraternidad; hemos buscado un resultado rápido y seguro y nos vemos abrumados por la impaciencia y la ansiedad; presos de la virtualidad, hemos perdido el gusto y el sabor de la realidad”.
“Es un diagnóstico certero y duro -prosiguió su intervención Francisco Prieto-, y tras lo vivido con la pandemia, mi pregunta es: con todo lo que hemos vivido, y en relación con esas palabras del Papa, ¿hemos aprendido algo la humanidad a cerca de lo que significa ser saludables, compasivos y cercanos o tenemos demasiado afán por pasar rápidamente página, supuestamente cuidar la memoria y pensar que nada ha sucedido en nuestras vidas? ¿Tenemos que llegar al límite para que asome lo mejor de lo que somos capaces?”.
“Ojalá no nos acostumbre a estos panes duros y busquemos este pan compartido, y ojalá proclamemos qué hermosas son nuestras ciudades por quienes las habitamos”, concluyó el arzobispo.
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