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“El sacerdocio es un don y no una función, no es un contrato de trabajo”, indicó hoy el arzobispo de Santiago de Compostela, monseñor Julián Barrio, a los tres candidatos que ayer recibieron las órdenes sagradas en la Catedral.
En la homilía de la Eucaristía en la que Carlos Camiño Lema, Javier Carballo Mouzo y Juan Sanjurjo Arias fueron ordenados sacerdotes, el arzobispo señaló que “la finura espiritual evitará que os convirtáis en burócratas de la pastoral. Hablad con todos acompañándoles con misericordia en el camino de la reconciliación”. Monseñor Barrio presidió esta ceremonia, en la que también estuvo presente el obispo auxiliar, monseñor Francisco José Prieto, así como el rector del Seminario, Carlos Álvarez.
“Entráis en el sacerdocio”, dijo monseñor Barrio en su homilía, “a través del Sacramento del Orden, es decir, a través de vuestra entrega a Cristo para que Él disponga de vosotros. El sacerdote no puede dar la “imagen del hombre que, a través del sacerdocio, quiere hacerse importante, convertirse en un personaje”.
“Ser sacerdote, es vivir para Cristo, y a través de Él “vivir para los hombres a quienes Él busca, a quienes Él quiere conducir por el camino de la vida”. La certeza de que Cristo no os abandona ha de ser para vosotros motivo de constante consuelo y de inquebrantable esperanza, en particular en el día de dificultad”, comentó el arzobispo.
Monseñor Barrio, además, pidió a los “laicos e membros de Vida consagrada” estar “próximos aos vosos sacerdotes coa oración e co apoio, especialmente nas dificultades, para que sexan cada vez máis Pastores segundo o corazón de Deus”.
Una vez acabada la homilía tuvo lugar la promesa de los elegidos. Los candidatos al presbiterado, delante del arzobispo, expresaron su voluntad de recibir el ministerio sacerdotal, desempeñándolo a través de la predicación del Evangelio y la celebración de los sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación. A continuación, y tras permanecer postrados en el suelo para el canto de las Letanías de los Santos, a los tres candidatos, por la imposición de las manos del arzobispo y la plegaria de ordenación, se les confirió el don del Espíritu Santo para su función presbiteral.
Finalmente, se les ungieron las manos con el sagrado crisma, concluyendo el rito de ordenación con la entrega del cáliz y la patena.
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