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La madrileña, de 20 años, falleció antes de llegar a Roma, donde también murió una chica egipcia de 18 años
María Cobo Vergara, de 20 años, fue, muy a su pesar, una de las involuntarias protagonistas del pasado Jubileo de los Jóvenes. A ella, pero también a la joven egipcia Pascale Rafic, de 18 años, se refirió en dos ocasiones el papa León XIV desde el altar de Tor Vergata. La primera vez, el sábado, durante la vigilia. La segunda, el domingo, tras la misa de clausura.
Ambas tendrían que haber estado ante el millón de jóvenes de 146 países que, compungidos, rezaron y guardaron silencio en memoria de ambas. Pero murieron antes. Pascale, al poco de llegar a Roma, de un paro cardíaco. María tuvo que regresar a casa, para morir en Madrid.
La historia de María “es la de una joven madrileña que se tomó a Dios en serio. Una historia tejida a lo largo de cuatro años de enfermedad, oración y silencio compartido. Y también de alegría. Porque su tiempo entre nosotros no se entiende sin la serena luz con la que afrontó su camino”, como señaló en su página web la Archidiócesis de Madrid.
María, que vivió su fe en la parroquia de Nuestra Señora de la Paz, de Madrid, la muerte la atenazó mientras caminaba con otros jóvenes en el camino que la habría llevado a Roma para el Jubileo de la Juventud. Tras haber estado enferma durante cuatro años, decidió participar en el Jubileo. Falleció el miércoles 30 de julio. Había comenzado la peregrinación con su grupo parroquial y llegó a los Alpes, pero su salud se deterioró y tuvo que regresar a España, como ha recogido en una información la agencia SIR, que cita fuentes de la archidiócesis española.
Cuando regresen de Roma, los jóvenes que acompañaron a María entregarán a su familia el "Testimonium", el certificado oficial emitido por el Vaticano que acredita la peregrinación para este Jubileo de los Jóvenes, el acto central de este Año Jubilar convocado por el papa Francisco.
Pocos días antes de su fallecimiento, durante su peregrinación a Roma, María escribió: “Si me preguntaran si repetiría estos últimos cuatro años, no dudaría en decir que sí. He conocido verdaderamente el amor de Dios. Si Cristo lo permite, es porque lo que está en sus manos es inmenso. Su propósito es magnífico”, señala la misma fuente.
Sobre su testimonio se pronunció también Pablo Galiot, el párroco de la joven: “María llegó con un profundo deseo de conocer a Dios y vivir su fe en comunidad”. Su enfermedad, lejos de extinguir esta búsqueda, se convirtió en su camino. “De ese proceso nacieron dos frutos”, dice el párroco. “El primero, aprendió a ver el sufrimiento con los ojos de Cristo. El segundo, a abandonar el control y a entregarse radicalmente a la voluntad del Padre”.
Pascale Rafic, por su parte, murió de un paro cardíaco al poco de llegar a Roma con el grupo de peregrinos procedentes de Egipto. Descansen en paz. Como dijo el cardenal Cobo en la misa por María, celebrada en San Lorenzo el pasado 31 de julio, “ha llegado mucho más lejos que nosotros. Estamos en Roma; ella está en casa”. Las dos lo están ya.
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