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El arzobispo emérito de Tarragona vuelve a España después de unos años en México
(Flama).- Los veranos han sido tan importantes para el arzobispo emérito de Tarragona, Jaume Pujol, que en la mayoría de sus recuerdos, con 81 años, tienen una presencia destacada. Uno de los primeros lo sitúan en el interior de un coche, yendo hacia Torredembarra, para ver el mar una vez al año. “Era lo que quería mi padre”, señala, “salir de la Segarra para tomar el aire”. En una ocasión, el mismo vehículo fue aparcado tan cerca del agua marina que requirió la ayuda de un campesino torrense y su mula para remolcarlo hacia terreno plano.
A pesar de que otras vivencias e hitos entrañables también llegaron a la vida del guisonense durante la época estival —como por ejemplo su ordenación sacerdotal, el 5 de agosto de 1973, en la basílica pontificia de San Miguel de Madrid—, Tarragona no volvió a tener protagonismo en su camino hasta el verano de 2004, cuando estaba en Pamplona y recibió una llamada de Roma para relevar al arzobispo Luis Martínez Sistach al frente de la Iglesia tarraconense. “No era un territorio que conociera mucho, pero durante los siguientes quince años me esforcé a fondo para llegar a todas las parroquias y para ser un buen pastor“, afirma desde Madrid, donde este año ha vuelto después de una estancia en México que le ha servido para ganar perspectiva y escribir.
Un retorno que tuvo la aprobación, todavía como prefecto del Dicasterio para los Obispos, de quien el pasado mes de mayo se convertía en el 267º papa de la Iglesia católica, Robert Francis Prevost, con quien se reunió en Roma para explicar su decisión. Así era como el arzobispo emérito cerraba un nuevo capítulo en una compilación de memorias que, de momento, forman parte de un archivo custodiado en su ordenador.
El ordenador fue, de hecho, el aparato usado justo después de colgar la llamada romana que lo enviaba a Tarragona: “Quería saber cuáles eran los principales elementos que tenía la archidiócesis y que enamoraban tanto como me habían dicho”, rememora Jaume Pujol, “y, por eso, recurrí a internet, donde uno de los primeros detalles que me cautivó fue saber que en su catedral se venera la imagen de la Virgen del Claustro, que es también patrona de Guissona, y, por lo tanto, un pilar en mi vida desde que nací”.
Después de aquello, fueron muchos más los elementos de la Iglesia tarraconense que hicieron de su estancia un periodo vivido “en un abrir y cerrar de ojos”, reconoce, y marcado por acontecimientos como la beatificación de 522 mártires del siglo XX, en 2013, u otros sobre los cuales Pujol escribió en 760 artículos dominicales y publicados durante todo su ministerio episcopal.
En Tarragona también continuó forjándose la actitud de un hombre vinculado a la prelatura personal del Opus Dei desde joven, y de la cual nunca se ha sentido alejado: “Si me obligaran a actuar desobedeciendo algunos principios, ya me habrían dejado de ver hace tiempo”, indica Pujol, que se formó durante poco más de 10 años en Roma junto a Josemaría Escrivá de Balaguer. “Ha habido cristianos que, como él, transpiran a Jesucristo, y entran en cualquier espacio generando un ambiente, una atmósfera, como hoy en día lo haría Leo Messi”, comenta.
Ahora, como arzobispo emérito, opina que “la mejor decisión que puede tomar un prelado relevado es salir del espacio diocesano”. El motivo, justifica Pujol, es el de “no ser como un ‘contraobispo’, en algunas ocasiones, poniéndose allá donde no toca”. En su caso, este 2025, el lugar es Madrid y, como mantiene, esperando que sea durante muchos más veranos.
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