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Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión
(Iglesia de Navarra).- El próximo sábado 25 de enero será presentado, en el salón de actos del Seminario de Pamplona, a las 10:30 horas, el Documento final del Sínodo sobre la sinodalidad, aprobado en la XVI Asamblea general ordinaria del Sínodo de los obispos, celebrado en Roma en octubre de 2024, y sancionado por el Papa Francisco, quien nos señala en su Nota de acompañamiento que este Documento final “participa del Magisterio ordinario del Sucesor de Pedro y pido que sea acogido como tal”.
La presentación en Pamplona correrá a cargo de Mons. Luis Marín, Subsecretario del Sínodo y una de las personas que mejor conoce el proceso de elaboración y las líneas maestras de dicho Documento final. Adelantamos ahora una breve síntesis de este Documento que el Papa entrega a toda la Iglesia para su puesta en práctica.
El Documento está estructurado en una Introducción, cinco partes y una conclusión, todas ellas encabezadas por un pasaje evangélico.
La Introducción (Jn 20,19-20) define la sinodalidad como “un regreso a la fuente, una experiencia renovada del encuentro con el Resucitado que los discípulos experimentaron en el Cenáculo la tarde de Pascua”, pues “viviendo la conversación en el Espíritu, escuchándonos unos a otros, hemos percibido su presencia en medio de nosotros: la presencia de Aquel que, donando el Espíritu Santo, sigue suscitando en su Pueblo una unidad que es armonía de las diferencias”. El camino sinodal se funda en la identidad bautismal, pues “todo el Pueblo de Dios es sujeto del anuncio del Evangelio” y está “enraizado en la Tradición de la Iglesia”, poniendo en práctica las enseñanzas del Concilio Vaticano II.
La primera parte, titulada El corazón de la sinodalidad (Jn 20,1-2), esboza los fundamentos teológicos y espirituales de la misma. Nos dice que “la Iglesia existe para testimoniar al mundo el acontecimiento decisivo de la historia: la resurrección de Jesús. El Resucitado trae la paz al mundo y nos da el don de su Espíritu. Cristo vivo es la fuente de la verdadera libertad, el fundamento de la esperanza que no defrauda”. Presenta a la Iglesia como el Pueblo de Dios nacido del Bautismo y alimentado por la Eucaristía, llamado a ser sacramento de unidad de toda la familia humana. Presenta la unidad como una hermosa armonía en la que, a ejemplo de la familia, en la Iglesia “aprendemos que tenemos la misma dignidad, que hemos sido creados para la reciprocidad, que necesitamos ser escuchados y somos capaces de escuchar, de discernir y decidir juntos, de aceptar y ejercer una autoridad animada por la caridad, de ser corresponsables y rendir cuentas de nuestras acciones”.
La sinodalidad “es ante todo una disposición espiritual”, para dejar que la gracia actúe. Así, la práctica sinodal de la conversación en el Espíritu “ha provocado alegría, asombro y gratitud y se ha experimentado como un camino de renovación que transforma a las personas, a los grupos y a la Iglesia”.
La segunda parte, con el título, En la barca, juntos (Jn 21,2-3), está dedicada a la conversión de las relaciones que construyen la comunidad cristiana y configuran la misión en el entrelazamiento de vocaciones, carismas y ministerios.
La sinodalidad “es la llamada a una Iglesia más capaz de alimentar las relaciones: con el Señor, entre hombres y mujeres, en las familias, en las comunidades, entre todos los cristianos, entre los grupos sociales, entre las religiones, con la creación”, pues “en esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Jn 13,35). En la comunidad cristiana, “todos los bautizados están enriquecidos con dones para compartir”, y “en virtud del Bautismo, hombres y mujeres gozan de igual dignidad en el Pueblo de Dios”.
El Documento aboga por un reconocimiento más pleno a la mujer en la Iglesia, haciendo “un llamamiento a la plena aplicación de todas las oportunidades ya previstas en la legislación vigente en relación con la función de la mujer, en particular en los lugares donde aún no se han implementado” y dejando abierta la cuestión del discernimiento sobre el acceso de las mujeres al diaconado.
También promueve “el reconocimiento de las capacidades apostólicas de las personas con discapacidades”, la conciencia de que “las familias son sujetos y no sólo destinatarios de la pastoral familiar”; pide la promoción “de más formas de ministerios laicales, no sólo en el ámbito litúrgico.” Respecto de los obispos, desea “que el Pueblo de Dios tenga más voz” en su elección. Llama a los presbíteros a “vivir su servicio en una actitud de cercanía a las personas, de acogida y escucha de todos, abriéndose a un estilo auténticamente sinodal” y a “vivir la fraternidad presbiteral y a caminar juntos en el servicio pastoral”.
La tercera, Echar la red (Jn 21,5-6), identifica tres prácticas íntimamente relacionadas: el discernimiento eclesial, los procesos decisionales, y una cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación. También con respecto a éstas se nos pide que iniciemos caminos de “transformación misionera”, para lo cual urge una renovación de los órganos de participación.
Nos presenta el discernimiento eclesial no como “una técnica organizativa, sino una práctica espiritual que hay que vivir en la fe. Requiere libertad interior, humildad, oración, confianza mutua, apertura a la novedad y abandono a la voluntad de Dios”. En la Iglesia sinodal “toda la comunidad, en la libre y rica diversidad de sus miembros, es convocada para orar, escuchar, analizar, dialogar, discernir y aconsejar para que se tomen las decisiones”. Aunque en una Iglesia sinodal la competencia del Obispo y del Papa en la toma de decisiones “es irrenunciable”, pues proviene de “la estructura jerárquica de la Iglesia establecida por Cristo”, sin embargo “no es incondicional”. Por eso pide reexaminar las normas canónicas en clave de sinodalidad, con “cambios concretos y a corto plazo”. En concreto, aboga por la obligatoriedad de los consejos económicos y pastorales diocesanos y parroquiales, haciéndolos más que consultivos y con una mayor participación de la mujer.
La cuarta parte, bajo el título Una pesca abundante (Jn 21, 8.11), delinea cómo cultivar de forma nueva el intercambio de dones y el tejido de los vínculos que nos unen en la Iglesia, en un momento en que la experiencia de estar arraigado en un lugar está cambiando profundamente. En concreto, pide a las iglesias locales “dedicar recursos para que el ambiente digital sea un lugar profético para la misión y el anuncio”. También pide una reconfiguración de las parroquias, para abrirse a una pastoral que tenga en cuenta la movilidad de las personas. Aboga por el intercambio de dones en la Iglesia, proponiendo “una red de relaciones a través de la cual circula y se promueve la profecía de la cultura del encuentro, de la justicia social, de la inclusión de los grupos marginados, de la fraternidad entre los pueblos, del cuidado de la casa común”, creando para ello “espacios de escucha y diálogo con los otros cristianos, representantes de otras religiones, instituciones públicas, organizaciones de la sociedad civil y la sociedad en general”.
La quinta parte, También yo os envío (Jn 20,21-22), se entra en la formación de un pueblo de discípulos misioneros, como un paso indispensable que hay que dar: cuidar la formación sinodal de todo el Pueblo de Dios. Esta ha sido una de las peticiones más demandadas en el proceso sinodal: que la formación sea “integral, continua y compartida” (hombres y mujeres laicos, consagrados, ministros ordenados y seminaristas). Para ello, invita a las diócesis a “invertir en la formación de formadores”.
De forma especial, se insiste en que “a lo largo del proceso sinodal se ha expresado ampliamente la petición de que los itinerarios de discernimiento y formación de los candidatos al ministerio ordenado se configuren al estilo sinodal. Esto significa que deben prever una presencia significativa de figuras femeninas, una inserción en la vida cotidiana de las comunidades y una educación para colaborar con todos en la Iglesia y practicar el discernimiento eclesial”. Finalmente, pide una revisión de la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis (sobre la formación den los seminaristas) que incorpore las peticiones del Sínodo.
La Conclusión se titula Un banquete para todos los pueblos (Jn 21,9.12.13). Parte del relato de la pesca milagrosa, que termina en un banquete preparado por el Señor para todos los pueblos. Así, “el sentido último de la sinodalidad es el testimonio que la Iglesia está llamada a dar de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, la armonía del amor que se derrama de sí misma para darse al mundo. Caminando en estilo sinodal, en el entrelazamiento de nuestras vocaciones, carismas y ministerios, y saliendo al encuentro de todos para llevar la alegría del Evangelio, podremos vivir la comunión que salva: con Dios, con toda la humanidad y con toda la creación. De este modo, gracias al compartir, comenzaremos ya a experimentar el banquete de vida que Dios ofrece a todos los pueblos”.
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