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El obispo de San Sebastián despide al prelado en la catedral del Buen Pastor
"Recordamos hoy la vida de un testigo, de un hombre cabal y coherente, que asumió en obediencia su vocación de ser Pastor de un pueblo en marcha, en medio de circunstancias complicadas, convulsas, siempre desafiantes para la fe". Como ya ocurriera ayer en la basílica vizcaína de Begoña, la catedral del Buen Pastor de San Sebastián volvió a quedarse pequeña en la celebración del funeral de Juan María Uriarte, cuyos restos descansarán en el panteón familiar de Frúniz.
Una ceremonia presidida por el obispo donostiarra, Fernando Prado. Una imagen del prelado, junto al ambón, rodeada de flores, recordaba su presencia espiritual
En su homilía, pronunciada en castellano y euskera, el obispo claretiano recordó los muchos mensajes de condolencia recibidos, entre otros, por el Papa Francisco, y destacó la "ternura, humanidad y esa cercanía espiritual que él siempre quiso honestamente tener con todos".
"Recordamos con obsequio religioso a este hombre de Dios, rico en humanidad, que fue nuestro obispo emérito, Don Juan María. Damos gracias a Dios por el testimonio de su vida y por la huella de paternidad y amistad que ha dejado en tantos de nosotros", incidió Fernando Prado, quien destacó cómo Cristo fue el centro de la vida de Uriarte, "su única bandera".
"Cristo delante, Cristo detrás, Cristo a mi derecha, Cristo a mi izquierda, Cristo encima, Cristo debajo, Cristo dentro de mí”, decía el prelado fallecido. "Como un fuego vivo, nunca apagado sino acrecentado, Cristo fue la pasión fundamental de toda su existencia como hombre, como cristiano y como Pastor", recordó el obispo de San Sebastián.
"Si algo quisiera Don Juan Maria que se recordase de él es que esta fue la pasión de su vida: anunciar a Cristo, a quien siempre tuvo como Señor de su vida y como salvador", incidió el prelado, quien recordó que "como todo ser humano, caminó en la vida con aciertos y desaciertos, en medio de alegrías y también de sinsabores".
"Aprendió a ser Pastor con su pueblo, agradecido siempre a sus más inmediatos colaboradores, a base de escuchar y dejarse modular por la realidad. Como las cebras, blancas y negras, como todos y cada uno de nosotros, Don Juan María tuvo en su vida, seguramente, sus luces y también sus sombras. Dios sabe", recalcó.
"Quisiera que nos quedemos hoy al despedirle con esta pasión por vivir y dar a conocer el Evangelio que movió vivamente su vida entera", abundó Prado. "Gracias a la fe y a su vida constante de oración, vivió hasta sus últimos momentos con una gran Paz interior y con gran consuelo y gozo espiritual, deseando estar para siempre gozando de la ternura y de la vida plena en Él".
"Don Juan Maria fue un hombre comprometido porque sintió la viva llamada a representar la cercanía y la proximidad de Dios caminando con el pueblo", subrayó Fernando Prado, quien recacló que el suyo fue "un ministerio en diálogo con su Iglesia y con su pueblo". "Diálogo nada fácil, que afrontó con coraje, arriesgando su propia carne. Anunciar el Evangelio siempre mueve las aguas y provoca actitudes encontradas. Cuando el anuncio es fiel, como no puede ser de otra forma, provoca cuestionamientos en el que anuncia y también en el que escucha".
"Don Juan Maria se comunicó con su pueblo con la coherencia de un hombre de Dios, pasando largas horas cada día en oración, dejándose armonizar por la fuerza de Dios y en discernimiento constante". "Seguramente, no siempre acertó. Nadie acierta siempre"
"Don Juan Maria -añadió- se comunicó con su pueblo con la coherencia de un hombre de Dios, pasando largas horas cada día en oración, dejándose armonizar por la fuerza de Dios y en discernimiento constante". "Seguramente, no siempre acertó. Nadie acierta siempre. Pero, en coherencia con la misión recibida, y ungido para caminar en medio de las limitaciones humanas, imprimió autoridad evangélica a su servicio", reivindicó el prelado donostiarra. "Esa autoridad que da la coherencia entre lo que uno piensa, lo que siente y lo que hace; que hace lo que siente y siente lo que piensa, que piensa lo que siente y siente lo que hace, en un triple juego armónico, cabal y equilibrado entre cabeza, corazón y manos".
"Esta coherencia y autoridad no se compra, no se estudia en la universidad. Se va labrando en el corazón con la oración, con la unción al servicio de los demás y con la rectitud de conducta. Sin doblez, sin engaños. Don Juan María se dejó cincelar por la voluntad de Dios", finalizó Prado, quien reivindicó que "el mundo de hoy no necesita maestros, sino testigos. Personas que ponen su carne en el asador y avalan con su vida entera, con su transparencia, aquello que predican".
"Hoy miramos agradecidos a Don Juan María Uriarte. Un hombre que se embarró las manos con su pueblo, aun sabiendo que nunca iban todos a quedar contentos, pero que en esa siembra, la verdad de la unidad, de la paz y el perdón sería una siembra de futuro cuyos frutos, quizá todavía hoy incipientes, ya se van haciendo sentir. Todo en claroscuro, siempre ambiguo ante los ojos dispares que lo miran, pero, sin duda, con una huella imborrable que nos cuestiona a todos y a cada uno sobre nuestra propia aportación a la paz y a la reconciliación. Él hizo lo que pudo. Nosotros, que quizá hicimos menos, todavía estamos a tiempo", concluyó.
Mirando hacia el futuro, Fernando Prado advirtió que "hay todavía mucha paz y reconciliación que construir, mucha polarización que vencer, muchos puentes que tender, mucha fraternidad que construir, mucha comunión hacia la que caminar, también en nuestra propia Iglesia diocesana".
"Que cada cual tome sinceramente el pulso de su propio corazón y, con la gracia de Dios se ponga con ilusión y decisión a caminar. El testimonio y la vida de Don Juan María Uriarte nos dice que siempre hay un “más” posible, que el Señor, que es siempre el más interesado en que su plan vaya adelante, no deja de acompañarnos con su amor y su gracia. Dejémonos transformar por su Espíritu y confiemos en la fuerza de la semilla", culminó.
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