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El cardenal de Madrid, en la fiesta del Bautismo de Jesús
«Qué mejor día hoy que recordar, en la pequeña Isabella del Carmen, la vida de cada uno de nosotros y la de tantos niños que nos recuerdan la presencia de Dios y el valor de la vida y lo precioso que es, reconocer a Dios, en cada una de nuestras vidas». Así ha comenzado la homilía el cardenal José Cobo en la Eucaristía en la solemnidad del Bautismo del Señor que se ha celebrado este domingo, 12 de enero, en la catedral de la Almudena y que ha puesto el punto final a las celebraciones navideñas.
Los padres de la pequeña, Dayanna y Felipe, esperaban con emoción este domingo el bautizo de su hija, Isabella del Carmen, y el arzobispo de Madrid ha recordado que, antes de terminar la Navidad y «recoger el belén y meterlo en una caja», la Iglesia nos da una posibilidad de «bañarnos en la corriente de Jesús»: «Hoy es una nueva fiesta en la cual Dios nos dice que quiere renovar, una vez más, nuestra forma de ser hijos y nuestro bautismo».
Tras las celebraciones navideñas, hoy, en la solemnidad del Bautismo del Señor, «damos un paso más»: «Hoy celebramos que Dios no solo interviene, sino que nos propone a todos nosotros un nuevo camino […] hoy es un día en el que celebramos que cielo y tierra se unen y esa capacidad solamente la tiene Jesús».
Y es justo en los sacramentos donde también se unen el cielo y la tierra: «Hoy celebramos que los cielos están abiertos, no quedan como una barrera infranqueable, sino que quedan abiertos sobre la realidad de la Tierra y el Espíritu Santo se posa como una paloma. El poder de Dios ya ha encontrado su casa: ya lo estaba desde la creación del mundo, pero hoy Jesús nos dice que ha encontrado su morada plena y definitiva».
Desde el bautismo de Jesús «comienza una forma nueva de ver la historia. Dios acoge nuestras vidas y en cada una de ella une el cielo y la tierra. Dios acoge hoy la vida de Isabella y en su vida, al celebrar el bautismo, se unen el cielo y la tierra».
Asimismo, Jesús en su bautizo recibe una misión del Padre: ser su hijo. «Jesús, a partir de su bautismo, cuenta con el respaldo de Dios. Ya no piensa por sí mismo, sino siendo Hijo, todo lo hace por obediencia al Padre y desde entonces, cada vez que nosotros renovamos el bautismo, tenemos la posibilidad de bañarnos de nuevo en este río en el que se unen el cielo y la tierra». Bañarse en este río tiene unas consecuencias. La primera «es saber que Dios no está lejos de nosotros, sino que está en nosotros […] Es la mayor maravilla que tenemos los creyentes».
La segunda consecuencia es saber que no estamos solos, sino que Dios camina con nosotros: «Es una acción de Dios con nosotros, el agua nos purifica, no somos nosotros el agua. Dejemos que Dios actúe en nosotros, es Él que actúa en nosotros. No pensemos que nosotros dirigimos la nave». Y, por último, este río es comunitario y el camino se hace con los demás.
«Bañarse aquí hoy significa entrar en una vida donde nuestros nombres están inscritos en el corazón de Dios. Queridos amigos, hoy el cielo vuelve a abrirse, abrid los ojos bien, como se abrió el día de nuestro bautismo. Que el bautismo de hoy sea un recordatorio de que con Dios siempre es posible empezar de nuevo, cada vez que se unen el cielo y la tierra».
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