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Parroquia de Fuentes de León (Badajoz): gente linda, solidaria y comprometida
He ido descubriendo estos años una verdad: los contrastes, a veces brutales, de este mismo mundo en que vivimos, están engastados entre sí. Y una parte esencial del trabajo de los misioneros es hacer de puente para que esa conexión sea luminosa y haga felices, al menos, a algunas personas de ambas caras de la moneda.
Esta tarde en Yanashi, este lugar donde parece que el tiempo se detiene porque no hay electricidad, ni señal telefónica ni internet, me viene a la memoria muy vívidamente el breve rato (disculpen por el apuro) que pasé en septiembre en Fuentes de León, justo ahora hace tres meses. Su párroco José Rubio, compañero de mil batallas en los pueblos que compartimos (Atalaya, La Lapa, Zafra y su zona), me había invitado a celebrar la Eucaristía y allí me planté.
Llegué sobre todo para dar las gracias. El año pasado, después de leer una entrada de este blog (“Internados de hambre”), la gente de la parroquia de Fuentes se sensibilizó, se sintió vinculada con esta realidad concreta de nuestra selva, donde la supervivencia diaria es una batalla cotidiana, silenciosa y feroz. Si te asomas con el corazón abierto al lienzo que es esta tierra, te expones a que esos tonos agridulces te canten la verdad: que tú eres parte de la composición y no puedes dormirte (“¡despierta!” es el grito del primer domingo de Adviento, el día en el que escribo).
Las voluntades se movilizaron, los esfuerzos se aunaron y los sueños se compartieron. Planearon armar una barra en la fiesta de la Virgen de los Ángeles, y el beneficio que sacaran lo enviarían a un par de residencias de estudiantes muy necesitados, en concreto para mejorar su alimentación. Quienes hayan montado un bar en una verbena o una velá de verano en España sabe la chamba (el trabajazo) que supone eso: comprar, acarrear esas planchas metálicas, congeladores, turnos de atención, parrillas, hielo, tickets… Y por no hablar de los días que se realiza el evento: bregas hasta la madrugada y de yapa, cuando estás reventao, a guardar; y el último día el peor, recoger todo y llevar.
Es decir, que el pueblo lindo que conocí aquel domingo se sacó el ancho para ayudar a jóvenes del río Yavarí y del río Putumayo a los que jamás habían visto, y de cuya existencia recién habían tenido noticia lejana por un cacho escrito en la red. Wow. Esa generosidad solo puede ofrecer suculentas ganancias en forma de sonrisas, ilusión, ánimos, tesón y satisfacción para aquellos que se atreven a materializarla en gestos reales, de los que hacen sudar.
Les conté de primera mano lo que sufren los muchachos, la miseria que les persigue implacable, cercenándoles oportunidades; y también les hablé de su alegría cuando supieron que alguien había pensado en ellos, y que gracias a esa solidaridad podrían comer carne, verdura, pescado y fruta. Por supuesto que no se resuelve el problema, que es mucho más estructural y complejo, pero se alivia alguito la escasez, y los chicos se sienten queridos y cuidados, aun en la distancia y por personas que nunca han visto y probablemente nunca verán. Quizás sea esto todavía más hermoso.
Los chavales de Islandia me agradecieron con pancarta y chocolatada (foto abajo), y me entregaron unos preciosos dibujos que habían hecho sobre chambira tejida, para la comunidad de Fuentes, y que fueron ofrecidos en aquella misa. Es para ellos el reconocimiento, y no tanto para mí… ¿o sí? Porque los misioneros tenemos el ministerio de bombear la corriente que une por dentro los vasos comunicantes que son el norte y el sur, para que la vida fluya; somos catalizadores de un encuentro que es siempre fecundo.
Cuando voy a España, rara vez pido dinero; solo en algunas ocasiones, y para proyectos medio grandes, en lugares de mucha confianza. Pero la gente da espontáneamente, comparte modestas sumas que servirán para paliar pequeñas o grandes pobrezas. Nos nombran así a los misioneros encargados de unir vidas anónimas y sumar destinos; solo recibo (y escribo) para facilitar ese nexo, para que cada cual -allá y acá- pueda mirarse al espejo y contemplar, en su propia imagen, el rostro del otro diferente y hermano, que en realidad eres tú mismo, al otro lado del espejo.
¡Feliz Navidad! Y gracias a todos.
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