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Yvan Boucher, 42 años de vida misionera y 40 años de presbítero en el Vicariato San José del Amazonas (Péru)
El mes que viene, el p. Yvan Boucher cumplirá 79 años. Vino de Canadá en 1981 y acá sigue; toda una vida en la selva, junto a este pueblo humilde pero sonriente. El otro día tuve la oportunidad de concelebrar con él en su misión de Tamshiyacu. Es uno de los grandes misioneros de nuestro Vicariato y no quise dejar pasar la oportunidad de que nos sacaran esta foto juntos.
Yvan llegó al Perú como misionero laico de la Comunidad del Desierto y acá Diosito afinó sus planes. Él mismo lo cuenta: "Después de dos años de labor pastoral en la parroquia de Tamshiyacu con animadores de unas 70 comunidades (…) pedí a nuestro hermano obispo Lorenzo Guibord ser ordenado sacerdote diocesano para servir en el Vicariato San José del Amazonas el resto de mi vida. Fui ordenado el 20 de marzo de 1983. ¿Qué me atraía a unir mi vida con este Vicariato? El lugar que se daba a la Palabra de Dios en la pastoral del Vicariato, la acogida de las comunidades que visitábamos, su fe, su sabiduría y su espiritualidad, enraizadas en la misma naturaleza (…)”. Va a cumplir pues 40 años de ordenación.
Trabajó en el Putumayo durante 17 años, recorriendo de arriba abajo ese inmenso río, acompañando a las comunidades indígenas, batallando para que se organizasen, luchando por la titulación de sus territorios, defendiendo a la gente de la impunidad de los madereros ilegales. Eso le acarreó feas enemistades y hasta amenazas de muerte.
Pero no era su hora; incluso sobrevivió a un accidente aéreo en uno de los múltiples vuelos de avioneta que conectan Estrecho con Iquitos, y que él frecuentaba. Siempre narra que, cuando el aparato caía, seguramente a causa del sobrepeso, no tenía miedo; sujetaba en su regazo un niño que una mamá le pasó (llevaba dos) y rezaba. Hubo varios muertos, y los supervivientes pasaron la noche entera en el bosque hasta que los encontraron. Cuando llegó al hospital no tenía ni un rasguño, sólo dijo a los doctores que había bebido agua estancada.
Esta peripecia forma parte de la historia del Vicariato, como otros muchos retazos de la vida de este hombre de leyenda. Su siguiente misión fue Yanashi, donde permaneció 9 años trabajando hombro con hombro con la ursulina María de las Nieves, extraordinaria misionera. Juntos apostaron por la formación y la corresponsabilidad de los laicos, adelantándose a su época. Dejaron una huella imborrable.
Estando allí, Yvan fue nombrado vicario general. Ese servicio suponía constantes desplazamientos a Iquitos y a otros lugares, que él aceptó con disponibilidad. Jugó un papel muy destacado en la crisis que golpeó el Vicariato en 2011, una situación de colapso económico e institucional tan grave que incluso arrastró al obispo de entonces a su renuncia. Yvan asumió con lucidez y firmeza su responsabilidad como cabeza del Comité de Emergencia que condujo al Vicariato por aquel túnel oscuro.
De carácter afable y sencillo, muy alejado de pamplinas de honores o cargos, ofrece su palabra lúcida y sincera en el momento adecuado, siempre dispuesto a escuchar y a aprender, vestido de short, sandalias y medias. Me ha preparado el cuarto de Gabriel, me ha dado una llave de la casa, ha comprado pan para mi desayuno y sé que tiene un par de tarros de manteca de maní, que le chifla como buen canadiense.
A pesar de la actividad intensa, Yvan es un hombre de oración. Su capacidad para profundizar la Palabra de Dios ha ayudado a muchas personas a vivir la fe, porque comunica con la autenticidad de su vida. De su solidaridad hecha gesto y acción hay muchos testimonios. Cuántas personas le buscan para un apoyo (a veces se aprovechan de su bondad), incluso en Iquitos; varias veces he escuchado a mamás decir que “el padre Yvan educó a mi hijo”: eso significa que Yvan les dio para los enormes gastos de la etapa escolar.
Es un místico de ojos penetrantes y pies ágiles. Siempre va al Centro Catequístico porque conecta con los jóvenes, ahora ya como un abuelo. Le gusta salir en las noches culturales a presentar sketchs, pero por encima de todo le encanta bailar. Multitud de veces lo hemos visto ataviarse para una danza o seguir con ritmo una coreografía al son de cantos como “Nuestra alegría, nuestra esperanza está puesta en Jesús…, ¡ey!”. Ese es su favorito, pero hay más.
Tres décadas después, Yvan regresó a Tamshiyacu, aquel primer destino. Allí entrega el atardecer de su existencia misionera. Más despacito ahora, sigue logrando acompasar su danza a la de este pueblo. Y aunque se le van olvidando algunas cosas (dice con humor que Dominik es su “memoria externa”), estoy seguro de que nuestra gente linda siempre le recordará a él. Es una cuestión de amor.
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