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Dios siempre es "re-"
Emociones, paz y agradecimiento en la concatedral de Mérida
Cuántas veces habré pasado por la capilla del sagrario de la concatedral de Santa María de Mérida, mi parroquia de siempre, y ahora estoy frente a mi primer obispo. Y siento paz y agradecimiento. “Señor, en ti puse mi esperanza. No moriré para siempre”, reza su epitafio. Hermoso.
La última vez que lo vi fue en 2015, cuando volví a España después del primer año en el Perú. La narración (acá) de aquella visita en su casa de Sevilla expresa lo que pienso de don Antonio, y ahora, cuando miro la piedra debajo de la cual reposan sus restos, me emociono. Ha sido alguien con quien he tenido muy pocos encuentros personales pero que a la vez ha sido decisivo en mi vida.
Lo recuerdo en la Confirmación de mi hermana Berta, en la parroquia de San José. Nos acercamos al final de la Eucaristía, yo con 17 o 18 años. Mi mamá lo saludó besándole el anillo; se conocían de tiempo atrás, porque ella formaba parte del grupo de padres pionero en la reivindicación de hacer mixto el colegio salesiano (se logró al poco tiempo) y habían ido a ver al obispo varias veces.
Don Antonio recibía en Mérida, donde procuraba estar un par de días a la semana. La casa de mi amigo Antonio Amores, convertida en oficina del obispado desde los noventa, fue el escenario de mis escasas pero claves conversaciones con él. Tenía muy claro que debía estar presente en la sede histórica, y empujó mucho para la creación en 1994 de la nueva archidiócesis, que se llamaría Mérida-Badajoz. Creo que amaba Mérida y lo ha demostrado eligiéndola como última morada.
Ayudar a la parroquia de Calamonte supuso mi primer acercamiento a la archidiócesis, en 2003. Conversé con José Antonio Salguero, el vicario episcopal de Mérida entonces, y me contó que al párroco, don Oswaldo, ya mayorcito, le iban a operar, e iba a necesitar alguien para sustituirle durante su convalecencia. Así que fui a Calamonte, don Oswaldo me mostró las luces de la iglesia, me explicó las llaves, y se fue al hospital. Y durante la cirugía, murió. Don Antonio Montero fue a celebrar su entierro a Calamonte y, cuando acabó la misa, me llamó aparte, me puso la mano en el hombro y me dijo con suavidad: “Hijo, ya te encargas tú hasta final de curso”. Así de claro. Era febrero.
Al año siguiente me decidí a pedir mi incorporación ad experimentum como cura diocesano. El inspector salesiano, Juan Carlos, conocía a don Antonio de su etapa de obispo auxiliar de Sevilla, y el entendimiento entre ellos fue muy fácil. Don Antonio me escuchó con atención, no me hizo muchas preguntas, me animó y se mostró abierto a recibirme. “Vamos a esperar un par de meses, que en mayo hacemos los cambios. Te llamaré para decirte dónde irás a trabajar”.
Aproveché ese tiempito para hacer el camino de Santiago; solo un rato después de abrazar al santo, timbro a mi casa y mi mamá me dice que “José Antonio Salguero te ha llamado, dice que el obispo te quiere ver”. Regresé a Mérida de madrugada en autobús, me afeité con cuidado y recorrí las cinco cuadras de mi casa al despacho de Don Antonio con el corazón expectante: ¡mi primer destino! Jamás olvidaré aquel diálogo:
- Te voy a mandar de párroco a unos pueblos un poco tradicionales, pero de gente muy buena. Se trata de que los dinamices. ¿Qué te parece?
- Pero… es que no tengo mucha idea de ser párroco, don Antonio. ¿No sería mejor que usted me pusiera con otro compañero al principio, para que aprenda, y luego ya…?
(Pausa)
- ¿Cuántos años tienes?
- 34.
- Ya eres mayorcito. ¿Tienes coche?
- No.
- Pues cómprate uno.
Me lo dijo mirándome a los ojos y con una media sonrisa. No se le podía decir que no, como en Calamonte. Era grande y a su lado uno crecía. Lo que vino después es parte de mi historia y me parece una maravilla visto desde este instante. Gracias por confiar en mí, por valorarme sin conocerme y por facilitarme el regalo de ser cura de pueblo. Gracias para siempre, don Antonio.
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