En los pueblos indígenes hay una correspondencia entre vivir plenamente la propia identidad cultural y la espiritualidad, con el buen vivir. ¿Qué hacemos los misioneros? Escuchamos, estamos con ellos, sumamos, nos apuntamos a lo suyo, lo valoramos… Sin querer introducir con fórceps algo extraño, como ortopédico; tan solo dejando mirar lo nuestro como propuesta positiva, sin renunciar al anuncio pero sin "hacer la competencia” a sus prácticas ancestrales de vínculo con la trascendencia.
Venimos no para cambiarles o para enseñarles; venimos para ser sus aliados en la navegación hacia ser plenamente ellos mismos, con su cosmovisión y con su espiritualidad. Como la sal, que hace que cada alimento sepa como tiene que saber.
Las Hermanas de la Caridad del Sagrado Corazón de Jesús viven con los niños, injertadas a su cotidianidad y a sus dramas, conectadas con sus emociones, juntos, como una familia. Todo el día los tienen encima, son como sus mamás, derrochan paciencia, ternura y suavidad.
“Por más que se pretendan negar, esconder, disimular o relativizar, los signos del cambio climático están ahí, cada vez más patentes”. ¡Y que lo digas, Francisco! Doy fe de la magnitud de la sequía, el nivel bajísimo del Amazonas, el calor insoportable y desconocido -incluso por las noches-, la ausencia casi total de lluvias durante semanas seguidas...
¿Pero qué verbo? Fluir, tal vez? No tanto recordar, creo. ¿Creer? Quizás sea más acertado luchar, acá en nuestra selva diríamos remar. Y qué tal caminar, bonito, evocador.
La vida es como una energía breve, “una vela nocturna” (Sal 89, 4), con esa debilidad, pero con un fulgor intenso, capaz de iluminar y dar calor. Quizá la palabra vaya por el campo semántico de compartir, participar, comunicarse, ayudar.
Me ha impactado a full el asunto de los seguros de mascotas, concretamente a las prestaciones de tipo médico: asistencia veterinaria, “estancia en residencia por hospitalización del asegurado”, consultorio telefónico… En la región Loreto apenas hay un médico por cada 10.000 habitantes, y la asistencia sanitaria, lejos de estar asegurada, es muy deficiente o directamente inexistente cuando nos adentramos en lo profundo de la selva.
El cuerpo de la hermana Josefina recorre por última vez las dependencias donde ha pasado años: las celdas, el comedor, la capilla interior… El pequeño cementerio es un lugar modesto y hermoso, las placas solo colgadas en las cabeceras de los pocos nichos sugieren provisionalidad, los restos de tantas carmelitas desde 1670 deben llegar finalmente a una cripta, abajo.
Y así, de pie, de manera tan discreta, este pequeño grupo de personas despide a Josefina. Con la salve se sella la sepultura, que jamás podrá contener la magnitud de una vida tan oculta y tan llena. Ahora su alma alimentará para siempre el dulzor de las parras y se mezclará con el aire fresco de las mañanas de otoño.
A pesar del fragor del trabajo, este lugar guarda y desprende un intenso silencio. En él, durante más de 400 años, muchas mujeres buscaron a Dios en soledad, oraron largas horas, laboraron en el obrador, cultivaron su huerto… Ese sosiego permanece impregnado en el rumor quedo y sereno del agua de la fuente de la plaza, y se percibe también en el piar asimétrico y plácido de los pájaros.
Es un proceso lento e intrincado, como la vida. En todo momento se va obteniendo sal, pero el producto acabado, limpio, completo y en cantidad se da en las etapas finales, cuando hemos incorporado, prudencia, equilibrio, aceptación y silencio en magnitudes adecuadas. Vamos hacia el agradecimiento y la simplicidad. Madurar, cristalizar. Llegar a la región donde emerge el gusto de la vida.
Un par de noticias que en su día me impactaron, se instalaron en mi cabeza y hasta hoy me hacen pensar, aprender y admirar a tantas personas cabales como hay por el mundo. Jacinda e Ignacio me inspiran, son una bocanada de aire fresco y sano, como la brisa del mar.
Había sido misionero en Ruanda, y pesar de que no fueron muchos años, la experiencia le marcó profundamente. Le gustaba hablar de la misión, sus aventuras en Ruanda, la pobreza, cómo es la vida allí. Ángel seguía cautivado por el carácter del pueblo ruandés: lo receptiva y amable que es la gente, las sonrisas abiertas, el agradecimiento y el candor para con el sacerdote…
Mis primeros pasos en la parroquia los di de la mano de Ángel. Desde el primer momento me adoptó y me dio consejos muy valiosos. Era muy querido, sus parroquianos reconocían su gran corazón.
No sé si habrá una congregación más diferente a mí en cuanto al modo de pensar la fe y de concebir la vida cristiana y la Iglesia en general, pero curiosamente se empeñan en llamarme a sabiendas de que van a escuchar cosas que les van a sonar raras, rompedoras y hasta extravagantes.
La clave es que coincidimos plenamente en lo fundamental. Cada mañana nos damos una hora de silencio ante el Pan, el rostro de todas las pobrezas. Y también que nos queremos mucho (al menos yo a ellas).
Los jóvenes son mi patria, con ellos me hallo en mi lugar, todo cobra sentido, se regocijan toditas mis células… ya voy siendo más viejito, pero no pierdo un miligramo de deseo por estar con los jóvenes, tengo una querencia, “una apetencia por su compañía”, en palabras de Miguel Hernández describiendo lo que siente alguien que está enamorado sin remedio.
Ellos son cada vez más pequeños, podrían ser mis hijos winchos, y tal vez por eso me descubro cada vez más como un padre, y me preocupa que tengan oportunidades en la vida, que puedan acceder a la universidad, ser profesionales, desarrollar todas sus capacidades. Creo que se llama “vocación” y es muy antigua en mí, resiste a todos los cambios, es irrevocable.
Río y a la vez me estremezco, no hay un rostro de Jesús pobre y débil más inequívoco que esta cría. Desvalida, pero cómo se divierte, dependiente, diminuta… ¿discapacitada? Nada de eso. Con un río de tiempo por delante, con posibilidades de amar, respirar y vivir plenamente. Siento que estoy en la presencia de lo Santo: la dignidad humana del más insignificante.
Yo también estoy acá para lo mismo, para que la Iglesia sea como tiene que ser: amazónica. Y concretamente sinodal, misionera, inclusiva, en salida, abierta, laical, samaritana, ministerial, inculturada, intercultural, profética, sencilla…
La inculturación es un camino de no retorno, una quema de las naves. Para que sea auténticamente evangélico ha de recorrerse con todas las consecuencias, rompiendo los puentes a la espalda y aceptando que no se puede controlar el punto de llegada.
Supone amar inmensa y entrañablemente a estas gentes, identificarnos con estas culturas, estos ríos, estas lenguas, estas cosmovisiones, sin otra pretensión que estar juntos, luchar por los derechos, buscar el buen vivir, mirar en la dirección del mismo Dios, lo llamen como lo llamen.
“Este local es de ustedes”, he dicho a la concurrencia tras el brindis, y es muy cierto. Los misioneros todos pasamos, quienes dan continuidad son los laicos, el pueblo menudo, los netos de Islandia. A ellos les toca cuidar y mantener este recinto, y animarlo, que sea un pulmón de vida para toda la zona. Acá tienen lugar muchas reuniones (catequesis, taller de mujeres, pastoral juvenil…) y es donde se alojan los agentes de pastoral cuando hay encuentros de formación. Esta edificación es símbolo de la permanencia y solidez de la presencia eclesial.
Vuelvo a descubrir lo importante que es regresar a los lugares, y no solamente ir. Ser reconocido, agasajado y apreciado regenera, otorga sentido e insufla calma y energías. Y posibilita aprender más que cualquier otra vivencia. Esta niña linda se llama Valeria y trae un pate con frutas en el ofertorio; miro las caras de los dos en la foto y veo con nitidez mi corazón dulce.
En el recorrido te olvidas del celular (¿dónde estará?), del baño, abandonas tus rutinas y mecanismos, reutilizas los calcetines y simplemente dejas que la gente te agradezca, con su lenguaje sencillo y veraz, que estés ahí, que hayas ido a visitarlos. Eso es todo. No es mucho, no hace falta que salves el mundo; pero es una pequeña maravilla que compensa riesgos e incomodidades y hace que todo concuerde.
Como parte de la visita al puesto de misión de Santa Clotilde, me uní a una brigada del hospital en campaña en una comunidad, para aprender de primera mano cómo es la atención sanitaria en la periferia de la periferia. Me sorprendió el valor de estos profesionales, la precariedad de medios, el esfuerzo, la generosidad y la absoluta urgencia de llegar y ayudar.
Santa Clotilde es un mundo inagotable y fascinante. Una catarata de reuniones, conversaciones, encuentros, celebraciones. Para que todos se sientan parte activa del Vicariato, para vivir que caminamos juntos con una misma inspiración, y acompañados, respaldados, valorados, cuidados.
Admiro a los misioneros, su coraje, su creatividad, su determinación, su entrega. Cuentan con laicos muy capaces, con trayectoria, formación, responsabilidad y posibilidades de liderazgo. Y me quedo con el cariño, el reconocimiento, el agradecimiento que en todo momento he sentido hacia el Vicariato, al que represento. Un orgullo y un gusto.
En estos lugares tan lejanos, por donde no se pasa nunca a menos que se vaya expresamente, sin señal, incomunicados, el recorrido es una experiencia de limpieza interior; días en que se ralentiza mi ritmo a veces demasiado atropellado; ocasión (kairós) de encuentro íntimo y apacible con la naturaleza, conmigo mismo, con la gente linda y con los espíritus del río, el bosque y los animales. Con el Espíritu reparador, en definitiva. Y cómo disfruto.