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El cine a través de los ojos de la Teología
Julio suele ser un mes de grandes estrenos cinematográficos. Este año no ha habido tantos, así que elegir la mejor película de este mes me ha resultado más fácil: “En tierra de santos y pecadores”.
Algunos dicen que los irlandeses piensan oblicuamente cuando beben cerveza. Pero las ideas de Lorenz están claras, al menos en esta película: hacer una obra sencilla y eficaz, según los cánones habituales del género y que entretenga. Y eso es lo que nos ofrece: una trama policíaca sensible, con buen ritmo, cautivadora y emocionante (quizás porque los aspectos secundarios han sido bien eliminados) y marcada por los pedazos sueltos de la tensión y la violencia política de un período terrible de la historia de la “Isla Esmeralda”.
Todos los grandes actores irlandeses parecen estar presentes en esta película, pero aunque esto les quita tiempo en pantalla, también aporta encanto a esta historia. Neeson es Neeson y ya está todo dicho sobre su majestuosa presencia. Gleeson sorprende con las capas que consigue poner en su grasiento personaje. Hinds y Meaney, en el lado opuesto al donde se suponía que debían estar, tienen los pies bien puestos en el suelo. Pero es Condon, explosiva y cada vez más feroz, qien sorprende. Por último, la mezcla entre los bellos y húmedos paisajes y los cohesivos, dulces y envolventes arreglos musicales es la guinda del pastel.
Como teólogo, todavía me resulta muy difícil entender cómo se puede experimentar el amor desbordante de Dios-Amor por cada uno de nosotros y no sentir un escalofrío que recorre la espina dorsal. No es el hablar demasiado del amor que Dios nos da lo que nos lleva a pecar más, es hablar demasiado poco y/o mal de ese amor lo que nos puede llevar a no reconocer que quien ama quiere hacer todo lo posible para proteger a quien ama (Dios, en este caso, pero no sólo). Los que reconocen esto tienen un futuro; los demás sólo tienen un pasado.
"Quien ama quiere hacer todo lo posible para proteger a quien ama (Dios, en este caso, pero no sólo)"
Por supuesto, puede haber un momento, como en esta obra, en que el pasado se convierta en futuro y nos encontremos bajo un cielo lleno de estrellas como velas incandescentes. En este posible encuentro con Cristo que nos invita a aceptar Su perdón en Su mayor intimidad (que Le costó la vida para darnos la Vida), podemos desprendernos de nosotros mismos, dando los (nuevos) primeros pasos hacia el corazón de un drama en el cual Dios-Amor es, misteriosamente, la víctima original de todos nuestros “no” que Le hemos dicho.
Todos podemos, a la vista de lo anterior, empezar de nuevo desde las cenizas de nuestras decisiones equivocadas del pasado, pero estos nuevos comienzos sólo prosperarán si buscamos el bien para los demás y los protegemos de sus propios "egos" en una luz solamente entrañable para ellos. ¿Cómo? Yo diría que invitándoles a ofrecer su vida tal como es a Dios, y por el bien de una Iglesia que existe sobre todo para beneficiar a los que aún no pertenecen a ella, para que Él pueda darles la Suya tal como es..
Qué especial es ver, y apoyar, a un “pecador” sensible al corazón conseguir llegar más lejos que otros que los desprecian. Pero quizás esto sea una señal de que un valle –¡y cuántos de ellos vemos en esta película!– tiene una profundidad en proporción directa a las colinas que lo rodean. Especial, sí, pero al mismo tiempo doloroso –al menos para mí–, porque debería saber mejor que a los ojos de Dios todos somos Sus hijos y que, así, Él es más rápido en mirar nuestro amor (las “colinas”) que nuestra falta de amor (el “valle”). Pero cuidado: la lluvia del amor de Dios que cae sobre todos nosotros (y que demuestra que nadie es pequeño respecto a tal don) no se queda en las cumbres, sino que fluye hacia los valles. ¿Santos en el amor? Así espero, pero no nos detengamos en ese hecho.
(Irlanda; 2023; dirigido por Robert Lorenz; con Liam Neeson, Ciarán Hinds, Colm Meaney,
Kerry Condon, Jack Gleeson y Desmond Eastwood)
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