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El cine a través de los ojos de la Teología
Esta no es sólo otra película post-apocalíptica. Es, en efecto, una brillante película apocalíptica de guerra que nos asfixia en un brutal viaje distópico, siendo centrado, intenso, persuasivo, perturbador, provocador y desafiante (también porque casi siempre nos pide que saquemos conclusiones). Una película que nos muestra, maleable y fríamente, los horrores de la guerra y la guerra como horror, tocando, sin ningún toque melodramático, nuestras emociones desde diferentes flancos: la melancolía, los diálogos, la apatía, la barbarie, el miedo, etc.
El cuarteto principal de actores es espléndido y nos da aliento: Dunst vive en la ilusión alienada; Moura en la temerosa adrenalina; Spaeny en la frágil ingenuidad y Henderson en la vejez mentora – ¿pero no quedamos, también con ellos, cautivos de las deducciones? Los efectos especiales están por todas partes, pero lo que más llama la atención son las imágenes naturales, la música nostálgica y los silencios bien medidos que puntúan los momentos de ruina, decadencia, destrucción y el siseo explosivo de las armas – momentos aún más aterradores debido a que las cámaras filman a menudo en “primera persona” entre toques de fotoperiodismo.
Lo que más me conmovió en la ficción teórica de “Civil War” no fue la violencia, no fue la alienación de los que no creían en lo que estaba ocurriendo – porque no querían creerlo o porque no se fiaban de los medios de información –, no fue el lúgubre desenlace (previsible a partir de cierto momento). Fue, sí, el grado de anestesia psicológica que, como vemos a nuestro alrededor en diversos grados, alguien puede/debe alcanzar para poder desempeñar con eficacia fría un oficio mitificado por él mismo y que él considera un beneficio insuperable para los demás – aunque eso le conduzca a la muerte.
En otras palabras: fue la constatación de que nosotros, los cristianos, en general y sin admitir ninguna forma de ataraxia, no hacemos lo que Jesús nos pidió con el compromiso, el denuedo y la capacidad de entrega que muestran los cuatro periodistas, representados por los cuatro protagonistas de esta obra. Parecemos caracoles avergonzados, encerrados en nuestras conchas (no-)protectoras, viviendo a un ritmo que nos deja por detrás de aquellos a quienes deberíamos llevar el amor, la alegría, la dignidad y la libertad que son Jesús.
¿Y por qué? Es sencillo: no solemos vivir en comunión personal con Cristo a través de las Grandes-Alegrías (cf. Mt. 5,3-10) que nos cambian cuando vivimos en el ámbito del Amor. En otras palabras: no nos ponemos individual y colectivamente en estado de receptividad para que (desde una Eucaristía que nos muestra que no nos daremos a los demás si no ofrecemos, a estos mismos demás, el propio Dios) podamos ser impelidos para fuera de nosotros por el Espíritu Santo. Peor aún, enmascaramos lo que somos con grandes proyectos que nunca se realizarán – ni siquiera por quienes los concibieron.
La realidad es a la vez bella y dura, pero estos dos calificativos deben ser vividos en armonía, de lo contrario no tengamos duda: el totalitarismo o, al menos, alguna forma de autoritarismo llamará a nuestra puerta. ¿Y cómo podemos evitar el mal – empezando por el de nuestro “ego” – si estamos a la defensiva? Imposible. El nuevo corazón que se nos ha dado y alimentado necesita fortalecerse poco a poco, ampliando nuestra capacidad de amar, guiados también por las expresiones de fe que nos dan soluciones para algunos de los problemas de nuestra vida. Ellos no son el pasado; son siempre un alimento inefable para el presente.
(EUA e Reino Unido; 2024; dirigido por Alex Garland; com Kirsten Dunst, Wagner Moura, Cailee Spaeny, Stephen McKinley Henderson e Nick Offerman)
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