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La vigencia del pensamiento de Camus en tiempos de emergencia sanitaria y crispación sociopolítica
Varias voces han revalorizado, en estos meses de expansión de la pandemia del coronavirus, la novela ‘La Peste’, de Albert Camus, publicada en 1947. Impresionantemente vigente por las reflexiones que ha despertado la emergencia sanitaria, esta obra no es la única en la que el filósofo nacido en la Argelia francesa conjugó realidad sociopolítica, pensamiento existencial y literatura, poniendo el conocimiento al servicio de un aprendizaje para la vida.
Huérfano de padre siendo un bebé, un mundo en guerra marcó la vida de Albert Camus desde su infancia. Alumno sobresaliente pese a la precariedad de su hogar (todo el peso cayó sobre la espalda de su madre, viuda, medio enferma, analfabeta), un profesor le consiguió una beca para acceder a estudios superiores y en la década de los 30 Camus ya era un joven que escribía y publicaba.
Trasladándose a vivir al París de Beauvoir y de Picasso, empezó la década de los 40 escribiendo obras dramáticas (revisitando, con frecuencia, autores clásicos españoles: Fernando de Rojas, Lope, Calderón…) y sacó a la luz su primera novela, ‘El extranjero’. “Pues bien, habré de morir. Antes que otros, era evidente. Pero todo el mundo sabe que la vida no vale la pena de ser vivida”, dice el protagonista de la historia. Obra integrante de la considerada Trilogía del absurdo de Camus, junto a ‘Calígula’ y ‘El mito de Sísifo’, ‘El extranjero’ con frecuencia se juzga poniendo el foco en esa amargura y desencanto, en lugar de reconocer el profundo humanismo que atraviesa la producción de Camus. De hecho, en ‘El mito de Sísifo’ el autor trata de presentar a un Sísifo no determinado por el peso de su roca sino por la voluntad -vital- de seguir avanzando. “Hay que imaginar a Sísifo feliz”, escribió.
En época de la Francia ocupada y el régimen colaboracionista de Vichy, Camus trabajó en la resistencia a Pétain, a través del periodismo clandestino de Combat. Siempre precario en salud (aquejado de tuberculosis) y economía, el pensador francés se carteaba con María Zambrano, con quien compartía la inquietud por aproximarse, a través de la filosofía, a la comprensión de los retos de su tiempo.
Preguntándose no solo por la vida, sino por la muerte, empezó a escribir ‘La muerte feliz’, que curiosamente se publicaría de manera póstuma, porque el autor pospuso terminarla en favor de ‘El extranjero’. “¿Qué es un hombre? (···) Esa fuerza que siempre termina derrocando a los tiranos y a los dioses”, escribió. En un contexto en el que todavía no podía imaginarse lo que viviría por ejemplo Primo Levi en un campo de concentración.
De repente aparece el coronavirus, invisible y desconcertante, y pilla a la gente desprevenida. Esto mismo es lo que sucede en la novela ‘La Peste’. Protagonizada por un médico, Rioux confiesa que eligió la medicina por su atractivo, su reconocimiento… “Acaso también porque era sumamente difícil para el hijo de un obrero como yo. Y después he tenido que ver lo que es morir”, lamenta. En un juego dialéctico entre ciencia y religión, y en un día a día de muertes en expansión, por toda la ciudad, los personajes acaban reivindicando una compasión imprescindible en lo humano: “Ahora ya sé que el hombre es capaz de grandes actos. Pero, si no es capaz de un gran sentimiento, no me interesa”.
Denunció la pena de muerte, el crimen y la violencia institucionales, fuesen en nombre de la ideología que fuesen
Pero Albert Camus fue mucho más que el autor de ‘La Peste’. Fue un filósofo y comunicador que dedicó todos sus esfuerzos a denunciar el totalitarismo en el que se basaba la política de su época. La pena de muerte, el crimen y la violencia institucionales, fuesen en nombre de la ideología que fuesen. De los lager alemanes a los gulag soviéticos.
Teniendo en cuenta que el ser humano posee la cualidad de ser libre, Camus acabó convirtiéndose en un hombre incómodo por las ideas que defendía. Sartre le acusó de burgués por apoyar la reconciliación con Alemania tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, en su libro Carta a un amigo alemán. Algunos le reprocharon su pacifismo y otros todo lo contrario... Tras la barbarie del bombardeo atómico, el filósofo tomó la decisión de apostar sin miedo por una unidad que evitara nuevas guerras. Como George Orwell, con quien coincidía en el antifranquismo. De hecho, Camus dejó la UNESCO cuando ingresó España, bajo la dictadura de Franco.
En los 50, se solidarizó con los dirigentes argelinos presos y de nuevo le llovieron las críticas: a pesar de su creencia en la no-violencia activa, hubo quien le consideró un independentista y hasta tuvo que explicarse por esta razón al recibir el Premio Nobel en 1957: “Siempre he condenado el terror. Por lo que condeno también un terrorismo que se ejerce de forma ciega en las calles de Argel y que un día puede golpear a mi madre o a mi familia”.
Cuando un accidente acabó con su vida en 1960, a los 46 años, pese a todo Camus contaba con el reconocimiento internacional de aquellos que, como él, luchaban contra los abusos de poder. Lectores, activistas y pensadores, como la filósofa Hannah Arendt, que le describió como el modelo de “hombre íntegro” con el que habían terminado los regímenes totalitarios en Europa. También los artistas, con los que compartía su fascinación por la luz, el sol del Mediterráneo… Y una férrea convicción: “sin la cultura, y la relativa libertad que ella supone, la sociedad, por perfecta que sea, no es más que una jungla”.
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