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Irene lo encontró con vida y lo cuidó hasta curarlo
Considerado el tercer patrón de Roma, después de Pedro y Pablo, Sebastián es una de las figuras más famosas y con más connotaciones del santoral cristiano. Reconocido, además, un icono gay semejante al de Aquiles y Patroclo, por ejemplo, la imaginería tradicional le ha rendido tributo y el arte contemporáneo ha aplaudido la sensualidad de su imagen, de Lorca a aquella portada de revista en la que Michael Jackson aparecía caracterizado con los atributos de este santo.
Su historia se remonta a los primeros siglos del cristianismo, cuando esta filiación religiosa esta prohibida en Roma. Cuenta el relato que Sebastián socorrió a dos soldados cristianos que habían sido encarcelados, y así descubrieron que él también seguía esa fe clandestina. Juzgado por tal delito, fue condenado al suplicio de las flechas. Dándolo por muerto, abandonaron su cuerpo y entonces Irene lo encontró, vio que todavía tenía vida y lo cuidó hasta curarlo.
Después de esa milagrosa recuperación, el joven de las flechas mantuvo su fe y no la escondió, por lo que no tardó en ser acusado de nuevo, condenado esta vez a ser flagelado hasta la muerte en el hipódromo del Palatino. Echado su cadáver por una cloaca, para negarle sepultura, Sebastián se apareció en sueños a Lucina, indicándole cómo hallar su cuerpo. La mujer lo hizo así, recuperándolo y llevándolo a enterrar a las catacumbas.
Una imagen de San Sebastián, de un realismo estremecedor, con un desnudo sin censuras, fue admirada por pintores y feligreses en una iglesia italiana, hasta el punto de ser retirada para no distraer
En sus Vidas, Vasari relata cómo una imagen de San Sebastián, de un realismo estremecedor, con un desnudo sin censuras, fue admirada por pintores y feligreses en una iglesia italiana, hasta el punto de ser retirada para no distraer de la oración. Y es que en el Renacimiento convivieron el humanismo y su culto a la mímesis en la representación del cuerpo y la naturaleza y una religiosidad “de desierto”, que predicaba con firmeza el conveniente despojo de todos los placeres sensoriales.
En “Lágrimas de Eros”, la exposición organizada hace años por el Museo Thyssen Bornemisza, la imagen de este mártir se pudo contemplar a través de obras de diferentes épocas: de Bernini o Ribera a Edouard Levé, fotógrafo actual. En su catálogo, se explicaba la fascinación por este mártir joven y bello que sintieron poetas como Rilke o Wilde. Quien, en su viaje dedicado a explorar las maravillas de Grecia y Roma, pudo contemplar en Génova un San Sebastián de Guido Reni, confesando su impresión en un artículo que después publicaría.
Iconográficamente, además de ser el santo herido (por las flechas), paradigma de la resistencia al dolor y la frustración (atado a una columna), símbolo de belleza semidesnuda, cautiva y cautivadora, se le ha relacionado con la peste, al parecerse las marcas de sus flechas a las llagas de esta enfermedad. Por ello se le empezó a invocar contra las epidemias, pidiendo su intercesión para sanar a los golpeados por el contagio.
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