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Una festividad que se remonta a antes de la batalla de Lepanto
Patrona de innumerables localidades de las regiones más piadosas de España y América Latina, la Virgen del Santo Rosario celebra su fiesta el 7 de octubre. Coincidiendo con el final de la vendimia y sus resonancias paganas (el dios del vino, el inicio del otoño...), esta festividad y su consecuencia, el rezo del rosario, tienen, sin embargo, a sus espaldas una historia enormemente devota que se remonta a la Edad Media.
De ese período histórico datan los primeros registros de la existencia del artilugio que hoy conocemos como rosario, entonces una secuencia de granos de legumbres enhebrados en una cuerda y separados por nudos con el fin de contar una retahíla de oraciones.
Primero se trató de salmos reiterados, y más tarde se constituyó la forma actual de la plegaria, que comprende avemarías, padrenuestros y profesiones de fe, gracias al burgalés santo Domingo de Guzmán, el fundador de la orden de los dominicos. La palabra rosario vendría de rosa, pues cada bola estaría representando una rosa dedicada a María.
En el siglo XV, a través de las misiones, puede decirse que el rezo del rosario ya se había universalizado. Los mismos Reyes Católicos, pocos meses después de tomar Granada, ordenaron edificar allí una “casa de la Orden de los Predicadores de Santo Domingo” (a la que pertenecía también, no olvidarlo, el inquisidor general, Tomás de Torquemada), para que se festejase el dominio católico del territorio islámico. Con boato y “gasto de pólvora”, desde la Alhambra arrebatada a los nazaríes.
Pero fue la batalla naval del golfo de Lepanto la que convirtió a la Virgen del Rosario, llevada en 1571 en la nave capitana de la tercera escuadra, en la 'Virgen de la Victoria'. Quitándole méritos a Juan de Austria, comandante en jefe de la flota y hermanastro del rey Felipe II, Pío V le atribuyó la intercesión a favor del bando cristiano, después de tener una revelación. No extraña, en cualquier caso, que la perspectiva del papa que había promocionado la Santa Liga contra “el turco” fuera tan triunfalista.
Lepanto pasó a la historia (o, al menos, a la propaganda) como un éxito patriótico y un orgullo religioso, aunque la realidad no fue tan favorable en el plano bélico y comercial. Décadas después, Felipe II seguía volcado en las innumerables guerras religiosas de su tiempo, y tuvo que asumir en 1588 el desastre de la Armada Invencible.
Al año siguiente, la escuadra inglesa de Francis Drake desembarcó por sorpresa en La Coruña, apoderándose de un convento, de nuevo dominico. Desde allí, los ingleses destrozaron las murallas de la ciudad. Pero los españoles se defendieron, algunos desde el anonimato, como la heroína María Pita. Que desafió los patrones de la época y se involucró en la resistencia, asesinando a un alférez inglés. Aunque los coruñeses se lo agradecieron más a la Virgen del convento que a su joven paisana.
En 1655, Felipe IV promulgó una ley exhortando a rezar el rosario, práctica que se fue expandiendo y popularizando mientras sobrevolaba los siglos. Ya durante el reinado de Carlos IV, se sabe que Nuestra Señora del Rosario contaba con infinidad de cofradías y una tradición incomparablemente pintoresca: el rosario de la aurora. Procesión que se organizaba en los pueblos llamando al rezo y a la misa del alba. La formaban parroquianos voluntarios, denominados “rosarieros” o “auroros”, que se ofrecían para madrugar e ir despertando con sus coplas y oraciones al resto del vecindario. Como campanilleros en busca de aguinaldo en navidades, los “auroros” pervivieron, tomando las calles al amanecer con su religiosidad popular, hasta bien entrado el siglo XX.
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