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El cine a través de los ojos de la Teología
En esta ocasión me voy a centrar en una película japonesa que considero la mejor que se estrenó en España en mayo de 2024: “El Mal no Existe”. Se trata de una fábula ecológica tranquila, sin pretensiones, meditativamente opaca y poco matizada, en el que diversas pistas alegóricas y razones simbólicas nos son reveladas inmaculadamente a lo largo del tiempo, para permitirnos absorber el choque de su audaz e inesperado clímax (pero aparentemente ajeno a la tensión previa de la obra), que obliga a reconsiderar todos los pensamientos anteriores. Dicho esto, y teniendo más texturas hipnóticas y emocionales que de acción, mucho no será captado si se desconoce la mitología japonesa.
Los personajes de esta película son pocos y no destacan individualmente, pero juntos nos permiten explorar la angustia y la fricción entre figuras diferentes y distintamente motivadas en sus interesantes perfiles. Las cámaras son discretas, fluidas y sueltas; la fotografía es delicada y agreste, adaptándose al entorno general rural-forestal; y los escenarios son atractivos, pero es la música –a veces pareciendo guiar a la historia, y no al revés– que es inmensamente evocadora al señalar armonías estratificadas y rupturas pronósticas, demostrando que los sentimientos pueden mentir.
¿El “mal” realmente no está “aquí”? (sea este “aquí” donde queramos imaginarlo) Todo en la Creación gime con dolores de parto hasta que sea liberado del egoísmo con el que lo hemos contaminado. Y así, incluso entre personas que podemos llamar genuinamente cristianas, hay discordia, miseria, sufrimiento y la mirada hacia un abismo que, por mucho que sepamos que es de amor, no deja de ser un abismo. Sí, el mal no llega hasta el fondo de nosotros, pero ¿cuántas veces somos lo bastante transparentes para mostrarlo?
"No puedo negar que 'El mal no Existe' acierta cuando me hizo pensar que la Creación entera está suspendida, con el peso infinito de la ternura, de cada uno de los latidos de nuestros corazones"
El árbol, la flor y el fruto son agua sin ser en realidad esa agua. Y esa agua es la semilla del Agua Viva que hace que cada momento de esta película (y de nuestras vidas) sea tanto una visión de nuestro presente como de la certeza de la muerte donde “escucharemos”: «Yo, tu Amor, lo quise, ¿y tú?». No comparto la aflicción climática de tantos de nuestros contemporáneos, pero no puedo negar que “El mal no Existe” acierta cuando me hizo pensar que la Creación entera está suspendida, con el peso infinito de la ternura, de cada uno de los latidos de nuestros corazones. Y sepamos que sólo lo que se transformará en la textura de nuestro amor será eternizable.
Hay quien está deseoso de una Encíclica Papal que diga que los animales y las plantas también resucitarán. Pero, ¿estamos dispuestos a asumir que ser buenos y alegres en el amor es ya ayudar a los otros a ser alegres y buenos? ¿Hasta qué punto invertimos nuestras vidas en comunión con la Creación? Porque hay Creación y “Creación”; hay ir y no volver cuando la idolatramos. Podemos cambiar de opinión, pero por lo general sólo estamos de acuerdo con lo que dicen otros con los que estamos de acuerdo. Esto es amarse a si mismo en un egoísmo astuto. ¿Acaso no lo sienten? Amémonos unos a los otros y no a ideales abstractos –pero sin discutir para tener razón, más bien siempre evitando amar por deber, antes haciendo lo correcto por amor.
"Sí, es hermoso cooperar, pero sin amor, nada puede sostenerse"
El falso compromiso sólo se vuelve más falso con cada paso que damos; decir que queremos cambiar nuestras vidas sólo suena vacío cuando lo decimos después de habernos evitado el cansancio. ¿Cómo se puede querer amar sin esfuerzo? ¿Y cómo podemos tan sólo desear un fuego que no tiene nada que ver con el Fuego y que es capaz de elevarnos? Sí, es hermoso cooperar, pero sin amor, nada puede sostenerse.
(Japón; 2023; dirigido por Ryûsuke Hamaguchi; con Hitoshi Omika, Ryô Nishikawa, Ryûji Kosaka y Ayaka Shibutani)
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