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El cardenal, poeta y bibliotecario del Vaticano, ayer en el Espacio O_LUMEN de Madrid
Como actividad enmarcada en la reflexión de la exhibición “Violencias silenciadas”, que se expone actualmente en O_LUMEN, los dominicos invitaron a impartir ayer por la tarde una conferencia al cardenal portugués José Tolentino Mendonça. Con el título “¿Soy yo el guardián de mi hermano?”, en alusión a la historia bíblica de Caín y Abel, el también bibliotecario del Vaticano y autor de múltiples libros de poesía, ensayo y pensamiento contemporáneo aprovechó la ocasión para profundizar en la cultura postmoderna y su “necesidad radical de escucha”.
Toda la historia de la humanidad -dijo- está marcada por esa necesidad de recibir respuestas, de ser escuchados. “Está en nuestra antropología”, dijo en un cuidado español con acento vecino. “Desde la rueda hasta la palabra, desde la mesa hasta las plazas de nuestros pueblos, nuestros inventos son el resultado de nuestro deseo de escucha”, declaró. ¿No justifican de hecho los antropólogos nuestra posición erguida con el entusiasmo por comunicarnos con el otro, por mirarnos a la cara y conversar? Para Tolentino Mendonça el poder de la escucha radica en “acoger la complejidad de una vida. Inclinarnos hacia el otro”.
Entremezclando ética y estética, continuó la conferencia expresando que esa escucha no es solo “un sentido, sino una actitud”. Y para subrayar su importancia recurrió al argumento de autoridad eclesial (de San Benito a “judaísmo y cristianismo, religiones de la escucha”), pero también citó a la filósofa Julia Kristeva y a los escritores Milan Kundera y Clarice Linspector, exponente ésta última de una práctica literaria completamente moderna, compleja y feminista.
Haciendo testimonio de su enorme cultura con una sorprendente humildad, José Tolentino Mendonça continuó aludiendo a la filosofía de Michel de Certeau para recomendar abrirnos “a una ética de la escucha, a los rumores del otro”. No solo a sus palabras, sino a sus gestos, sonidos y silencio. “Aproximarnos a todo lo que comunica”, apuntó, y preguntarnos qué estamos escuchando hoy. El que fuera secretario del Servicio Nacional de Pastoral de la Cultura de la Conferencia Episcopal de Portugal afirmó que eso que vemos en el mundo de hoy requiere nuestra compasión. Migraciones. Tierra herida. Trata de personas... Que demos una respuesta ética a tantas violaciones de derechos. “La fraternidad no es un automatismo; tiene que partir de una decisión ética”, reflexionó, haciendo referencia a continuación a la historia de Caín matando a su hermano.
Si “el bien y el mal no son inevitables, sino que son tomas de posición”, reflexionó el cardenal, el arte puede utilizarse para ponerse en marcha y pacificar el mundo. Las manifestaciones artísticas, del tipo que sean, siempre han llevado a las personas a confesarse, ofrecer su testimonio, pero a la vez a cuestionarse qué sienten los demás. En palabras de Tolentino Mendonça, el arte nos permite desarrollar una “mirada atenta” hacia nuestros semejantes, que nos regala “información sobre lo humano” en medio de un entorno lleno de soledades urbanas.
Abogó al mismo tiempo por la cultura del encuentro del Papa Francisco y por envolvernos en “una sabiduría polifónica”
Poniendo el ejemplo de la Piedad de Miguel Ángel, que perdió a su madre cuando él solo tenía 6 años, el bibliotecario del Vaticano defendió que el arte inmortaliza “qué es una madre, un hijo, un vecino” y nos hace más empáticos. Sin embargo, los mármoles renacentistas pueden parecer una imagen anacrónica, que no se ajusta a la realidad de la actualidad y tampoco sirve del todo para asumir los desafíos del futuro. Para hacerlo, el cardenal recomendó afrontar lo que venga con confianza. “Imaginamos un futuro distópico porque tenemos miedo”, declaró. “Y es cierto que asistimos a múltiples naufragios, pero también a mucha solidaridad y búsqueda de sentido”.
Aliando la inteligencia de sus respuestas con una sonrisa tranquila, José Tolentino, definido por muchos una de las voces más originales de la literatura portuguesa y del catolicismo contemporáneo, reconoció que “no es suficiente reducir la presencia de Dios al culto: también debe estar en la cultura”. Dispuesto, por lo tanto, a tender puentes entre cultura y espiritualidad, abogó al mismo tiempo por la cultura del encuentro del Papa Francisco y por envolvernos en “una sabiduría polifónica”. Con esta expresión, que suena a su compatriota Fernando Pessoa ("Cada uno es varios (···) en la vasta colonia de nuestro ser") el cardenal aseveró que “ningún discurso es autosuficiente”.
Contra cualquier rastro de extremismo, se manifestó esperanzado por una Iglesia que tiene previstos cambios (definió el de Francisco como el “Papado de inaugurar procesos”), pero subrayó la importancia de ser pacientes “en el discernimiento” y madrugadores en la conversión. “El primero llamado a la conversión soy yo”, declaró. y finalizó su intervención realizando un elogio del silencio, que hace que la oración respire y que “deberíamos declarar Patrimonio Inmaterial de la Humanidad”. Como recordando a Saramago, otra de las grandes plumas de Portugal, cuando escribió aquello de que “el milagro es que los hombres no se vuelvan locos cada vez que abren la boca para hablar”.
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