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"Tanto dinero gastado en este proyecto ¿y para qué?"
Empecé a hacer análisis teológico-espirituales de películas hace casi cinco años, con la amarga película “Joker”. Después de ver su secuela, vuelvo a mi desaliento inicial. De hecho, no es la mejor película estrenada en España en octubre de 2024, sino la más esperada y comentada. Tanto dinero gastado en este proyecto ¿y para qué? Sí: en este (extrañamente no asumido) musical hay creatividad, tensión y cuestionamientos vitales, pero todo esto es demasiado prudente, como si se tratara de moralistas y juristas que no quisieran comprometerse y diciendo «esto es demasiado complejo para que lo entendáis». No lo es. “Joker: Folie à Deux” es repetitivo y superficialmente atroz.
Phoenix (intenso en la dualidad resultante de la intercepción entre la persona detrás del Joker y éste) y Gaga (desaprovechada y pesada) son extremadamente interesantes en sus papeles, pero se da demasiada importancia a la gestualidad en propósitos musicales. Los demás actores son capaces, la iluminación es rica y un fuerte juego de colores que desmenuza la escenografía oscura, opresiva y vacilantemente claustrofóbica. La música, por su parte, es de otro calibre y, con su poderoso vigor, resulta esencial para esta historia minimalista.
Teológicamente hablando, no pude evitar ver esta película desde tres prismas. El más destacado es la crítica social a todos aquellos que, a pesar de su irrelevancia, quieren ser famosos a cualquier precio; a todos aquellos que quieren sus “cinco minutos de fama”, aunque no tengan nada que aportar a la sociedad humana excepto echar gasolina a los fuegos que ya existen. Sí: la persona detrás del Joker es sólo un ser herido y perturbado, y no un héroe social en la línea de lo mejor que hemos vivido en esta década.
El segundo prisma es la relación entre el Joker y el personaje interpretado por Gaga. Es la manifestación perfecta del egoísmo más terrible: el egoísmo a dos, en el que cada miembro de la pareja sólo se sirve del otro para enamorarse de sí mismo en una espiral creciente de demencia. Y esto, en perfecta antítesis del amor trinitario y del genuino amor humano, en el que cada amante sólo quiere acoger el, y entregarse al, amado. Por desgracia, en la era de los selfies y del exhibicionismo en las redes sociales, este amor en el umbral del otro nos impide creer que no somos nosotros quienes amamos a los demás en Dios. Es Él quien los ama en nosotros.
Por último, el tercer prisma a través del cual acabé viendo esta obra también está relacionado con el amor: es la diferencia fundamental entre “amor” y “pasión”. El “amor” es lúcido y fuerte en su sobriedad, porque es una participación en el amor de Dios. La “pasión” es (la que es) ciega, por ser el escenario paradigmático del pecado, obliterando nuestra capacidad de ver la realidad del otro y fomentando aquellas ilusiones que acabarán desvaneciéndose tan costosamente a menos que nos volvamos locos. No aquella locura de amor que hizo pasible al Dios impasible, sino la locura que nos hace insensibles .
Después de ver esta película, no pude evitar pensar que todos conocemos a muchos “Jokers”. Son, me atrevería a decir, víctimas de las astutas seducciones de lo más oscuro que hay en nosotros. Las seducciones que nos llevan a evitar a Dios en nuestras vidas, en nuestros esfuerzos, en nuestras motivaciones, en nuestras decisiones. ¿Y por donde vienen ellas? Por otra parte, ¿seremos capaces de discernir las respuestas necesarias a estas preguntas (tan esenciales para la Iglesia sinodal que estamos construyendo)? Me temo que no. Oremos, con ímpetu generoso y lleno de esperanza, para que todo no acabe en un olvido espectral, o peor, en una explosión donde la decepción y la risa burlona se enfrentan en una “Folie à Deux”.
(EEUU; 2024; dirigido por Todd Phillips; con Joaquin Phoenix, Zazie Beetz, Lady Gaga, Brendan Gleeson y Catherine Keener)
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