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La santa visionaria fue una intelectual orgánica
En el año 1112, inaugurándose el siglo XII, Hildegarda de Bingen (castellanización de Hildegard von Bingen) entró al convento. Con solo 14 años, iba a introducirse en la vida religiosa de la época, que suponía asumir un brutal ritual de reclusión (lo que en algunos conventos se traducía en un permanente confinamiento, dentro de una celda de tan solo unos ocho pies), impuesto para expresar exteriormente el deseo de alejarse del mundo, y de sus bajos placeres.
Por encima de ese pensamiento simplista, Hildegarda no esquivaría los placeres, sino lo contrario. Disfrutaría de la música y la pintura, se esforzaría en mirar el mundo con pasión y poco a poco se transformaría en una mujer sabia e influyente.
Persiguiendo el conocimiento en todas sus esferas, no solo la de la oración y contemplación a las que predisponía una celda conventual, a la santa (conmemorada hoy, 17 de septiembre) se la representa con hábito benedictino y punzón y tablillas de cera: como monja y escritora. La literatura que produjo, autobiográfica y visionaria, ha resistido el paso del tiempo y sigue sorprendiendo por su encanto místico.
Cuando tenía 43 años, una voz del cielo le dijo: “di y escribe lo que veas y oigas”. Fue la confirmación de lo que llevaba haciendo, por impulso interior, desde que había cumplido los 40: escribir su Vida, en la que describía sus experiencias de apariciones o visiones. En ellas habla en tercera persona para referirse a “Sabiduría”: “Yo no soy quien digo estas palabras de mí, sino Sabiduría las dijo”.
Otras de sus obras, Scivias, contiene la descripción de 26 visiones de la religiosa nacida en el Sacro Imperio Romano Germánico. Sostenida por el éxtasis mientras duraban, luego Hildegarda las recordaba como sucesos que llegaban más allá de lo que se percibe materialmente: “ni percibo nada por el encuentro de mis cinco sentidos”. No extraña, pues, que algo tan poético llamase la atención de los artistas de la época, que dejaron en el manuscrito de Lucca unas 10 visiones de Hildegarda ilustradas con suma belleza.
En un Medievo falto de igualdad de oportunidades, Hildegarda logró fundar el monasterio de Rupertsberg, dirigiendo la convivencia de 18 monjas. Llegar a abadesa fue un hecho -dicen sus propias palabras- que ambicionaba “no tanto según Dios sino según el honor del siglo”. Con ese mismo entusiasmo, Hildegarda aprovechó y combinó todos los vértices de su talento, lo que el Vaticano reconoció al nombrarla Doctora de la Iglesia. Lo más moderno, tal vez, de la figura de esta monja medieval sea su intelectualidad orgánica, con la que buceó tanto en la ciencia como en la religión. Observando la naturaleza, como testimonia su Libro de las sutilidades de las diversas naturalezas de la creación, Hildegarda aprendió botánica, remedios naturales e incluso una medicina más compleja. Su biografía permanece como un referente del encuentro de lo sagrado y lo mundano, el poder y la sencillez, lo sensorial y lo espiritual, la investigación del entorno y el autoconocimiento.
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