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Y Albarracín, donde "la naturaleza hace templo sagrado"
En los tiempos románicos medievales en los que estuvieran empadronados en Teruel sus legendarios vecinos Diego Marcilla e Isabel de Segura, la administración canónica parroquial no era la de los tiempos presentes. La parroquia sería su catedral, sus diocesanos los parroquianos y su párroco el obispo. Lisa y llanamente, esto quiere decir que los protagonistas de la leyenda de los “amantes”, de por sí, y de manera directa, serían tratados, conocidos y pastoreados por el propio prelado, en idénticas o mayores proporciones que por los miembros del concejo municipal y aledaños.
No obstante, y además de los “amores” como punto de referencia, la fama de la catedral turolense rebasa con creces los límites constitucionales de la Comunidad Autónoma de Aragón, a la que administrativamente pertenece la provincia, al haber sido declarada la ciudad por la Unesco “Patrimonio Cultural de la Humanidad”.
La historia viene de muy lejos. Se pierde entre el misterio y los celajes del espacio y del tiempo. Y en ella, semánticamente no es precisamente el toro-toro uno de sus más elocuentes eslabones en los que algunos patriotas pudieran, y quisieran, poner el acento. Las raíces ibéricas de “tur” –“fuente o manadero”- , o las prerromanas “tor” –“cerro” o “altura”-, con los ecos nítidos, claros y balbucientes de las aguas del Turiolo, que nace en sus cercanías, así como las del Guadalaviar y Alfambra, las cuales, en el punto sagrado de Entrambasaguas, se re- bautizan con el sobrenombre del Turia levantino. (Precisamente por eso y por muchas más cosas, en todo el término municipal turolense, y en los alrededores de su convivencia, la canción popular les recuerda a los nacidos en tan privilegiadas latitudes, y a los visitantes, con envidia de muchos, que “En Teruel hay una fuente/ de donde mana el querer/, y a donde van las turolensas,/ desde niñas a beber”.
Pero aún reconociendo que estas coplas, por populares son tanto o más litúrgicas que otras, acudimos a la historia y en ella encontramos la referencia al hecho de la reconquista por Alfonso II de Aragón, de buena parte de este territorio, decidiendo el año 1117 la fortificación de una aldea, que posteriormente repoblara, en la frontera con los almohades, y que Pedro IV “el Ceremonioso” convirtiera en ciudad con rango de capital de la comarca, en razón a la importancia de la ganadería lanar trashumante, a cuyo cuidado se dedicaban vecinos y vecinas. Desde entonces, y aún antes, hay constancia de las revueltas ciudadanas frecuentes que tenían lugar en calles, plazas, y gremios, siempre en defensa del régimen foral que les había sido otorgado.
La religiosidad ciudadana salta a la vista y se expresa en abundancia, culto y cultura y originalidad en sus fiestas y tradiciones populares, como las que lucen nombres tan santos como las del Ángel Custodio, la Vaquilla del Ángel, el “Sermón” de la tortilla”, la fiesta de los “Amantes”, además de la proliferación de las relacionadas con el arte como el “Symposium Internacional del Mudejarismo”.
Pero lógicamente es en la catedral y en los templos en los que la religiosidad emerge con fe, historia, tradiciones, y culto a Dios y a los santos, por el servicio al bien común y en la toma de conciencia ciudadana de que “Teruel existe”, verdad que debiera demostrarse día a día, y en todo orden de cosas, en igualdad de condiciones que el resto de las provincias de España.
Sin poder prescindir cívicamente del “Torico”, de su plaza y de su monumento, dirigimos cuanto antes los pasos hacia la catedral, heredera que fuera de la primitiva iglesia a la que se refiere el Fuero de Teruel de 1176, que posteriormente lograría el título de Colegiata y más tarde, ya durante el reinado de Felipe II, el de Catedral, al crearse la diócesis. Construido en ladrillo y mampostería, el templo consta de tres naves, con techumbre plana y más baja en las laterales. Está dedicado a santa María de Mediavilla y es el ejemplar más preclaro, noble y emblemático del estilo gótico-mudéjar de Aragón, con categoría de “Patrimonio de la Humanidad” desde el año 1986.
De manera aún más explícita destacan el cimborrio, en el crucero, y algunos retablos, como el Mayor, obra de Gabriel Yolí, terminado en el primer tercio del siglo XVI. El artesonado, aunque incompleto y mutilado, es estimado, por expertos – por su técnica y motivos decorativos- como el más importante en su género de la España medieval. Llama también la atención “turística”, el cuadro firmado por el pintor Antonio Bisquerte, que se venera y admira en la capilla de santa Úrsula, que representa a las “Once Mil Vírgenes”. Llaman también la atención el baptisterio y y el Museo catedralicio ubicado en la Sacristía, con preciadas piezas de orfebrería de los siglos XIV-XVI.
Desde todas partes es visible la torre gótico-mudéjar erigida en 1257, típico ejemplar de las conocidas “torres-puertas”, para mejor defensa de las ciudades, que luce por todos sus costados azulejos y piezas de cerámica vidriada, que superan en luz, color y reflejos, cualquier posible ponderación y medida artística. La torre catedralicia, junto con las de san Pedro, san Martín y San Salvador, le confieren a la población turolense perfiles únicos que apuntan redentoramente hacia el cielo y que jamás dejaron de proclamar a voz en grito que “Teruel existe”, que es con-capital de la España vacía o vaciada y que demanda y demandará soluciones de desarrollo, de admiración de paz y de pan.
Antes de despedirnos de Teruel, es de lealtad, agradecimiento, justicia y caridad, como informador, también religioso, hacer presente y activo el recuerdo y admiración en la Iglesia de san Pedro, y visitar en su adjunta capilla, los sarcófagos de Diego e Isabel, “amantes” por antonomasia y en buena parte del mundo, a cuyos rincones hizo llegar tal episodio legendario nada menos que William Shakespeare, en su obra teatral “Romeo y Julieta”(Por cierto que no estaría de más que a los visitantes y admiradores de los referidos “amantes” –sacramentalizados o sin sacramentalizar- con generosidad y liturgia, el episcopado turolense los acreditara con la condición de peregrinos del Amor, más que de ingenuos turistas románticos)….
La diócesis aragonesa correspondiente a la provincia de Teruel se denomina canónicamente “Albarracín – Teruel”, por lo que es indispensable hacer alguna referencia a esta población en la que hoy apenas están censados un millar de habitantes, “Cabeza de la Comunidad” de su nombre, formada por 22 núcleos de población del entorno, lejanos los tiempos en los que los Banu Razín, de los que se deriva su actual topónimo, crearon una especie de Estado independiente, después controlado por el rey musulmán de Murcia. Ya reconquistado el lugar, el territorio fue erigido eclesiásticamente en diócesis a finales del siglo XII, en tiempos del señor feudal el noble don Pedro Ruiz de Azagra.
Albarracín, su serranía y alrededores, con el río Guadalaviar que los abraza, es toda una catedral de características ecológicas imposibles de ser imitada y reconstruida. La naturaleza de hace templo sagrado en el que la plegaria se alza por cualquier esquina, árbol o paisaje, pese a que no siempre el comportamiento cívico resultara religioso, a consecuencia sobre todo de guerras, con triste mención para la conocida como de la “Independencia” de la era de Napoleón Bonaparte.
En el atrio de tan sagrado conjunto, hay que admirar y reverencia los bien estudiados e importantes yacimientos prehistóricos repartidos por los diversos abrigos de la zona, toda ella declarada también “Patrimonio de la Humanidad”. Curiosamente llama la atención que uno de estos abrigos, de los más ricos en figuras de animales y plantas, sea oficialmente conocido como “La Cocinilla del Obispo”. Otros, todos ellos del periódico neolítico antiguo con sus 6.000 años de existencia, con sus esbeltas figuras de caballos y toros de color rojo o naranja y de gran tamaño, son conocidos como de “Doña Clotilde”, del “Arquero”, “Callejones”, “Dos Caballos”…
La catedral actual de la ex diócesis, está dedicada a El Salvador, de la que hay constancia que fuera erigida en el siglo XIII, reformada en 1395, y prácticamente reconstruida en 1532, con cánones renacentistas. Con una sola nave, alberga un retablo mayor del siglo XVI, tapices, cruces procesionales, piezas valiosas de orfebrería e importantes archivos de canto gregoriano. El palacio episcopal correspondiente le fue añadido en el siglo XVI.
La torre del “Andador” de su bien cuidada muralla, vigila todo el conjunto cívico y religioso, con mención para el monasterio de san Bruno y san Esteban, la ermita del Cristo de la Vega, la Plaza Mayor, el Ayuntamiento, Casa de la Brigadiera, iglesias de santa María y Santiago…
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