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Parroquias sinodales :Acogedoras y misioneras
Somos una familia, un mogollón
Creo en la iglesia. Es una de las afirmaciones que conforman nuestro credo cristiano católico. No es que creamos en ella como lo hacemos con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ella no es objeto de nuestra fe, pero es el lugar desde donde creemos y donde recibimos el tesoro de nuestra fe porque el Padre así lo ha querido, el Hijo la fundado y el Espíritu la sostiene y la mantiene. Eso que es una confesión formal y ritual, hay momentos en que se vive como experiencia palpitante y sentida. Así nos ocurrió recientemente en la parroquia de Guadalupe en la última marcha solidaria. Era una de las razones para mi viaje desde Madrid.
Al amanecer un grupo de mujeres de la comunidad ya estaban afanándose con las pulguitas y las bebidas fresquitas para el refrigerio final. Con cantos de fiesta desayunamos unos churros calentitos, con un café recién hecho en esa cafetera parroquial que tanto sabe de nosotros, y allí estaba el Párroco Paco, después se uniría también Carlos, sacerdote de Paragua. Las mesas y los bancos bien dispuestos para recibir a la gente, los miembros de la familia, niños, jóvenes, padres, abuelos, otros familiares y amigos que hoy lo dejaban todo para hacer algo muy católico.
Veníamos a caminar juntos, a ser sinodales, y compartir tiempo, conversación, alegría, solidaridad y fraternidad, lo propio de la comunidad de Jesús de Nazaret, del evangelio como los discípulos de Emaús. Me encantaría nombrar a todos, a todos los quiero y por ellos me siento querido, pero basta con nombrar a Sofía, pequeña de seis meses, que allí estaba con los suyos para ir aprendiendo a amar desde los pechos que la amamantan en la fe de la familia eclesial. Junto a ella, los jóvenes Pedro y Edu, tan significativos en la comunidad que traían su cartel bien diseñado, como le han enseñado en Apnaba. Más de un centenar, detrás de ellos muchos que no pudieron estar, pero enviaron su donativo, con los que reunimos más de dos mil euros.
Pero en el corazón de todos, un nombre de destino fraterno y solidario: Madagascar. Allí hay una comunidad que necesita un colegio y una residencia familiar a su lado, nos hemos enterado y estamos creando lazos de amor y de pan compartido. Queremos que ellos puedan gozar de la cultura y de las pulguitas como nosotros lo hicimos y puedan entender que son hijos queridos de Dios, y que tenemos una deuda de fraternidad con ellos. Os aseguro que allí se creía en la iglesia, porque lo éramos siendo comunidad y fraternidad. Nos reímos y bailamos con nuestro canto: somos una familia, un auténtico mogollón. Cosas de nuestro credo.
José Moreno Losada.
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