Extraido de "Trama divina, hilvanes humanos" (Ed. PPC)
Hemos hecho lo que teniamos que hacer... dejar a Dios ser Dios.
El padre no niega el Espíritu a los que se lo piden
Frente al miedo provocado por la muerte y la persecución, con signos de dolor y guerra en medio del mundo y a veces de división entre nosotros en la propia iglesia, el Espíritu del Resucitado abre caminos de la libertad y la gracia. La oscuridad del pecado se deshace en la gracia de un perdón que nos renueva en el Espíritu de la luz y de la vida. Hemos nacido del Espíritu, de lo alto. Es toda la realidad creada y humana la que está llamada a la libertad de los hijos de Dios en Cristo. Libertad que será plena en los cielos nuevos y la tierra nueva donde ninguna puerta será cerrada por miedo. Nuestra vocación es la de los hijos de Dios que han sido liberados por Cristo para ser libres por la acción de su Espíritu Santo, la promesa del Padre que capacita para construir el Reino de Dios con multitud de carismas y de estados de vida. Todos llamados a la libertad en medio del mundo para construir un reino de verdad, justicia y amor.
Hoy, en esta vigilia, expectantes ante el Espíritu Santo que nos habita, nos unimos en oración para sentir su libertad y abrirnos a su impetuosa interpelación que nos llama para desatarnos de toda ligadura que no sea de gracia y de liberación. El mundo hoy necesita personas libres, vocacionadas, para lo humano y lo bueno. Nos reunimos como Iglesia del Espíritu y nos dejamos habitar por El en esta oración compartida en el ámbito de la comunidad cristiana y desde nuestros movimientos.
Canto:
Secuencia de pentecostés.
Libres para responder a la llamada en sinodalidad
Lectura del libro de Isaías. Is 61,1-6
El espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad, a pregonar año de gracia de Yahveh, día de venganza de nuestro Dios; para consolar a todos los que lloran, para darles diadema en vez de ceniza, aceite de gozo en vez de vestido de luto, alabanza en vez de espíritu abatido. Se les llamará robles de justicia, plantación de Yahveh para manifestar su gloria...
Palabra de Dios.
Momento Gesto:
Lectura del santo evangelio según san Juan (14,1-18)
«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí.
En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros.
Palabra del Señor.
Estas verdades teológicas se plasman en la construcción de comunidades de vida donde la fraternidad, el perdón, la justicia y la paz estén presentes. La sinodalidad no es un tema de actualidad, sino condición esencial a la que hemos sido llamados desde la raíz trinitaria que hace presente en nosotros el Espíritu Santo. Somos una casa con muchas estancias de luz y de verdad, con un solo padre y una alianza eterna.
La dimensión eclesial de nuestra fe pasa por la vivencia de la comunidad en lo singular y concreto de los espacios propios en los que vamos proyectando nuestras vidas y conociendo a Jesucristo junto a los hermanos. Según nos vamos adentrando en la vivencia de la fe, surgen en nosotros los deseos de construir espacios fraternos que sean verdaderos oasis para la sed del mundo y el cansancio de la historia. Esta es la vocación a la que hemos sido llamados y ahí se concretan y encarnan todas las vocaciones plurales y diversas que son signo del Espíritu. Ahí se enraíza nuestro ministerio y nuestro ser consiliarios en estos movimientos concretos de acción católica.
Las comunidades cristianas, alimentadas por el Padre, dinamizadas por el Espíritu, han de ser fieles a sus deseos de salvación, lugares donde puedan llegar los sedientos, los cansados del camino, los agobiados, los tristes para encontrar en los hermanos el descanso, la paz, la alegría, el agua de la vida.
En ellas se ha de ofrecer el verdadero conocimiento de Jesucristo que lleva a la comunión con él, provocando el deseo de seguirle y tener sus mismos sentimientos de amor y servicio a la comunidad.
En la comunidad experimentaremos cómo el Espíritu se derrama en nuestros corazones para liberarnos de los miedos y darnos la fuerza necesaria para liberar, desatar, perdonar, curar, levantar. No se trata de heroicidades conseguidas con nuestra voluntad, sino de apertura a la acción del Espíritu de Jesús que actúa en nuestra debilidad y más allá de nuestros pecados para que otros muchos puedan salvarse. Hoy se nos pide volver a nuestra fuente y nuestra raíz la Trinidad, su comunidad y amor fundante, inspirados y movidos por la fuerza del Espíritu.
Oración al Espíritu: la Iglesia que queremos
Agradecemos lo que el espíritu nos regala desde la comunidad y los movimientos a nosotros como creyentes y lo que nos gustaría aportar desde nuestra vida a ellos.
Somos la Iglesia del Espíritu Santo, del Espíritu de Cristo Resucitado. Ahora es el momento de acabar con todos los miedos y los temores para vivir eternamente desde la confianza. En medio de este mundo, siempre tentado por un poder y una riqueza miedosos y encerrados en su deseo de seguridad, la Iglesia está llamada a abrir todas sus puertas y ventanas para que el Espíritu que ha recibido, se haga extensivo para todo el mundo y toda la creación. Ella no puede ser frontera cerrada para la libertad. Hoy, ha de abrirse al impulso del Espíritu que le dice que ha de ser «Iglesia en misión, sinodal, plural y unida, en salida, compasiva, generosa, de perdón y sanación, de fuerza para los débiles y denuncia para los injustos y los inmisericordes», para llamarlos a la conversión de corazón.
Oración final
Ven espíritu Santo Creador,
Ahora, hoy.
Quédate con nosotros, danos tu inteligencia
y llena de bondad nuestros corazones.
Tu nombre es: consuelo, inspiración, vida, gracia.
Tú eres novedad, creación, fuerza.
Ven espíritu Santo, para que tu Luz
ilumine nuestro discurrir
y fortalezca nuestras decisiones.
Eres el que ha hecho todas las cosas buenas,
–el que preside nuestro discernimiento
y señala el camino de nuestras opciones–
Tu nombre es unidad, esperanza y amor.
Aléjanos del mal, del egoísmo, de la injusticia,
de la intolerancia y de la dispersión.
Danos tu paz, tu bendición, tu consuelo,
tu serenidad y tu sabiduría;
para que transformemos nuestro presente,
en la voluntad del Padre que está en los cielos.
(Pedro Casaldáliga)
Canto final
Ruah, Ruah, Espíritu de nuestro Dios (Ain Karem)
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