Extraido de "Trama divina, hilvanes humanos" (Ed. PPC)
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Muerte, vida y evangelio en la mesa
La muerte de Carlos y el detalle del evangelio.
El Domingo sentí como el pueblo de Guadajira, unido a la familia de Carlos que había fallecido, sentía un dolor profundo, ese que acalla y nos adentra en un silencio de pregunta radical del sentido de la vida. El templo estaba lleno de vecinos.Todos dolidos y sin palabras ante el suceso siempre contradictorio de un vecino, hermano, tío, que había decidido acabar con su vida. Allí oramos y celebramos ese dolor, buscando la lectura creyente y de consuelo que nos abriera puertas a la esperanza.
El punto de partida era claro, allí estábamos por un fracaso de una vulnerabilidad que no había sido superada, aceptada, integrada. No hay que buscar de ningún modo culpabilidad, a lo más razones y sobre todo aprendizaje, y lección de vida para los que quedamos en este mundo. El que acaba con su vida no es que no quiera vivir, sino que se le hace imposible seguir viviendo así. Le falta sentido y fuerzas.
Todos somos débiles, vulnerables y necesitamos cuidados, todos somos porque los demás nos cuidan y nosotros mismos nos cuidamos. La clave del cuidado de lo humano ha de ser eje transversal y de la humanidad y es invitación constante del evangelio cristiano.
El verdadero sentido está en cuidarnos, cuidar a otros, y hacerlo todos con todos en lo personal, familiar, vecindad, ciudadanía, humanidad. Allí lo manifesté, Jesús de Nazaret acabó en fracaso de una vida truncada por otros, pero su fracaso fue tan vivido en la confianza del Padre, con tanto sentido su dolor, que se convirtió en principio de resurrección y de sentido para todos los que sufren. El crucificado ha resucitado, así me imaginaba yo el diálogo de Carlos con ese Dios de los cuidados que no abandona al crucificado, sino que lo lleva hasta la vida eterna.
Tras la liturgia de la eucaristía, el entierro, me disponía a viajar para Madrid. Un BlaBlaCar me recogería a las seis en cruce de Almendralejo, pedí que me acercara algún vecino y un feligrés cercano, me ofreció el servicio de un familiar que vivía cerca. Nos acercamos a su casa y allí estaba quien hizo de buen prójimo conmigo.
En la camilla del salón estaba su esposa, una buena feligresa, que me siempre me dice que su casa está abierta para lo que necesite. Estaba postrada por un dolor cervical fuerte que no le permitía hacer vida normal, al verla me di cuenta de que tenía abierto el evangelio de cada día, librito que ofrecemos en la parroquia, sobre la mesa. Me señaló hacia él y me comentó que se agarraba a esa Palabra como palabra de vida.
Me dio alegría y sentí comunión con ella. Esa es la iglesia sencilla, la que necesitamos, personas que manejan el evangelio como algo diario que alimenta su sentir y su sentido, sea en el éxito o en el fracaso, en la salud o en el dolor, en lo diario del vivir. Un buen alimento para no perder la esperanza y saber aceptar e integrar la vida y su realidad. Me confortó esa escena en esa tarde de dolor.
José Moreno Losada.
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