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"La pregunta no es ¿a quién votas?, sino más bien ¿por quién votas? Pues eso"
Planteo aquí una defensa del voto vicario. La democracia garantiza su solvencia no solo con el gobierno de las mayorías elegidas sino en la medida que garantiza la integración de los más débiles. Así el voto personal no solo puede definirse desde los propios intereses sino desde la búsqueda de la universalización de las oportunidades, lo que pasa por la incorporación de los que están en los últimos puestos. Y esto no solo como tendencia altruista, sino como opción de lucidez y futuro, como dinámica de prevención de conflictos.
En una sociedad que legalmente excluye a muchos, los que votamos adquirimos la responsabilidad de decidir sobre los que no pueden decidir. Las dinámicas de la ciudadanía, del trabajo o de la vivienda siguen descartando. “Un río de pobreza atraviesa nuestras ciudades y se hace cada vez más grande hasta desbordarse; ese río parece arrastrarnos, tanto que el grito de nuestros hermanos y hermanas que piden ayuda, apoyo y solidaridad se hace cada vez más fuerte” ha señalado el Papa Francisco en el Mensaje para la Jornada Mundial de los Pobres 2023. Deberíamos hacer el ejercicio de dejarnos influir por este grito.
En este sentido queremos llamar la atención sobre el voto determinado exclusivamente por el interés de un nosotros cerrado. Estas dinámicas forman parte de un movimiento sísmico más amplio que tienen el epicentro en los individualismos narcisistas que nos rodean. Algo tan viejo y tan nuevo como el gongoriano “ándeme yo caliente y ríase la gente”. Resulta necesario advertir contra el ejercicio del voto orientado exclusivamente desde el propio rédito, algo que en las campañas de los partidos es frecuente que se magnifique haciendo promesas y reclamos de beneficio sobre sectores que forman un nosotros cerrado. Estas dinámicas desenmascaran quienes son aquellos olvidados, los indefensos. Viene a cuento citar aquí a Fratelli tutti en tono rotundo: “Estamos invitados a convocar y encontrarnos en un “nosotros” que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades; recordemos que «el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas» (EG, 235). Renunciemos a la mezquindad y al resentimiento de los internismos estériles, de los enfrentamientos sin fin. Dejemos de ocultar el dolor de las pérdidas y hagámonos cargo de nuestros crímenes, desidias y mentiras. La reconciliación reparadora nos resucitará, y nos hará perder el miedo a nosotros mismos y a los demás” (nº 78).
Un amigo abuelo, promotor del voto vicario, me decía, yo votaré por mi nieto. Esta posición, tan generativa, nos muestra una perspicacia excepcional pensando en el futuro. El voto ético se define desde un nosotros cada vez más amplio que apuesta por la acogida frente al cierre, por la mesa compartida frente a las fronteras, por el futuro del horizonte, frente a las pasiones del presente. El voto vicario supone dejar un sitio para el otro, adquirir una mirada diferente, así como dar voz a quien la ha perdido.
Otro amigo, de las personas sin hogar que acogemos entre nosotros, me dijo con cierta sorna, “acuérdate de votar por nosotros”. Como suelen llegar las verdades, a veces entre guasa y alegato, me provocó esta reflexión. La pregunta no es ¿a quién votas?, sino más bien ¿por quién votas? Pues eso.
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