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Reflexión sobre la 'Jornada Pro Orantibus'
Hoy, domingo de la Santísima Trinidad, celebramos la Jornada Pro Orantibus. En esta Jornada estamos invitados a rezar por todas aquellas personas que dedican su vida a orar por la Iglesia y por el mundo.
Vivimos en una sociedad materialista, acostumbrada a las prisas, en la que se valora más el tener y el hacer que el ser. Es por ello que muchas personas no comprenden bien la vocación a la vida contemplativa. Sin embargo, como dice el papa Francisco, nuestro mundo necesita a los contemplativos y a las contemplativas, «como el marinero en alta mar necesita el faro que indique la ruta para llegar al puerto.» (Constitución apostólica Vultum Dei quarere, 6)
Los monjes y las monjas se retiran del mundo para vivir de manera humilde y discreta. Es semejante a la vida oculta de Jesús en Nazaret, junto a María y a José. Nos puede parecer una vida en la que no sucedió nada extraordinario. Sin embargo, en ella Jesús se fue preparando para la misión que Dios le había encomendado. Las personas que se consagran a la vida contemplativa nos ayudan a valorar más nuestra vida sencilla de cada día. Es en la vida ordinaria donde nos encontramos con Dios y aprendemos a amar a nuestros hermanos.
Muchos contemplativos habitan en el corazón de las ciudades, pero también en lugares apartados en íntima comunión con la naturaleza. Viven la mayor parte de la jornada en soledad, rodeados de silencio. Este silencio no es solamente una ausencia de ruido. Es un silencio habitado por la Trinidad. Los contemplativos no necesitan palabras para manifestar su amor a Cristo. El testimonio de la vida monástica puede ayudarnos, en un mundo lleno de ruido, a encontrar un tiempo de silencio para estar a solas con el Señor.
La oración es la tarea principal de todo aquel que ha recibido del Señor la llamada a la vida contemplativa. A través de la oración, los contemplativos participan en las alegrías y en los sufrimientos de los hombres y mujeres de su tiempo. La oración no les aísla del mundo, sino que les une a Dios y a sus hermanos. La oración lleva el sello de la Santísima Trinidad. Así lo expresó Sor Isabel de la Trinidad: «Oh mis tres, mi todo, mi bienaventuranza, soledad infinita, inmensidad en que me pierdo, me entrego a Vos como una presa. Sumergíos en mí para que yo me sumerja en Vos, hasta que vaya a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas».
Y es que cuando oramos vamos al encuentro del Padre, a través de Cristo, movidos por el Espíritu Santo. Los contemplativos nos enseñan a encontrar a Dios en la creación, en los acontecimientos de nuestra vida y en el dolor de los pobres, de los enfermos y de los que sufren la soledad.
Queridos hermanos y hermanas, tal como decía una religiosa, la vida contemplativa se puede comparar a las raíces de un árbol. Estas permanecen siempre ocultas, pero por medio de la oración hacen que la savia llegue a todo el árbol de la Iglesia y del mundo. Oremos a la Santísima Trinidad por todos aquellos que han recibido la vocación a la vida contemplativa.
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