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El año litúrgico es la celebración sacramental, durante todo el año, de lo que creemos y queremos vivir los cristianos. No se trata de celebrar el recuerdo de acontecimientos pasados, sino de rememorar y celebrar el misterio de Cristo.
A lo largo del año, la Iglesia celebra las fiestas y solemnidades que hacen referencia a la vida y al misterio del Hijo de Dios encarnado, muerto y resucitado; estas fiestas generan a su alrededor unos días de especial relieve, por eso el año litúrgico se divide en cinco tiempos litúrgicos (Adviento, Navidad, Tiempo Ordinario, Cuaresma y Pascua). Hay que decir que este esquema se repite año tras año con el fin de ayudarnos a profundizar en el misterio de Dios. Cada año litúrgico tiene un determinado ciclo litúrgico (A, B o C), que se corresponde respectivamente con los textos de los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). El evangelio de Juan está reservado a celebraciones especiales en cada uno de los tres ciclos litúrgicos.
El primer domingo de Adviento ya iniciamos el ciclo litúrgico B. En este ciclo las lecturas del Evangelio corresponden, pues, a san Marcos. A Marcos se le atribuye ser el primero que recopiló las distintas tradiciones para dar luz al primer Evangelio. Un evangelio escrito, según la tradición, en Roma y dirigido a una comunidad de cristianos, antiguamente de origen pagano. El evangelista Marcos incide en la visión de que la fe cristiana es cristocéntrica, es decir, gira alrededor de Jesucristo y lo muestra como el Mesías e Hijo de Dios.
La venida del Salvador, que celebramos en Navidad, debe ser esperada y preparada activamente durante el Adviento; Jesús debe ser esperado y acogido. Por eso, el Adviento es un tiempo de conversión a Dios, de oración, de esperanza, de confianza, de alegría y de agradecimiento. El Adviento, preparación esperanzada de nuestros corazones para la venida del Hijo de Dios encarnado, se sitúa en la perspectiva de la esperanza mesiánica del pueblo de Israel, desde los patriarcas hasta la venida del Salvador.
En el Adviento tienen un relieve especial las figuras de Juan Bautista y de María de Nazaret. La liturgia nos presenta a María como la personificación de la actitud radical del Adviento: plena disponibilidad y aceptación de la voluntad de Dios, espera generosa y gozosa. En pleno tiempo de Adviento, el día 8 de diciembre, la Iglesia Católica celebra el dogma de la Inmaculada Concepción de María, promulgado por el papa Pío IX el 8 de diciembre del año 1854. Este dogma afirma que María estuvo libre del pecado original desde su concepción, por los méritos de su hijo, Jesucristo. Se recoge así lo que los fieles creían desde los inicios del cristianismo.
Queridos hermanos y hermanas, Dios quiera que la oración litúrgica de este tiempo de Adviento nos haga crecer en la fe, en la esperanza y en el amor, para preparar mejor la venida de Nuestro Señor a nuestras vidas y a nuestras comunidades.
† Card. Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona
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