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"Un camino de confianza y amor"
Cada mes de octubre la Iglesia celebra la fiesta de dos santas carmelitas, de nombre muy similar. Este año se da la coincidencia de que ambas celebraciones tienen lugar en domingo. El 1 de octubre la Iglesia recordó a santa Teresa del Niño Jesús y hoy, 15 de octubre, conmemoramos la fiesta de santa Teresa de Jesús. Estas dos santas nos acompañarán y ayudarán estos días a participar con entusiasmo en la tercera etapa del sínodo que estamos recorriendo.
Santa Teresa de Ávila nos enseña a caminar con Jesús, como quien anda al lado de un amigo. Vivió su relación con el Señor como una historia de amistad. Jesús es para ella un amigo que nunca falla, un amigo que jamás nos abandona, especialmente en los momentos difíciles. Con Él a nuestro lado, nos dice la santa de Ávila, todo se puede sufrir (cf. Libro de la vida 22,6).
Santa Teresa de Jesús nos invita a caminar junto a nuestros hermanos y hermanas. Durante su vida siempre trató de tejer una red de «amigos fuertes de Dios», unidos por el amor a Dios y al prójimo, que caminaran juntos y dieran a conocer al mundo la buena noticia del Evangelio. Durante este Sínodo podemos proclamar como ella decía a menudo: «Juntos andemos, Señor. Por donde fuereis, tengo de ir. Por donde pasareis, tengo de pasar» (Camino 21,6).
Santa Teresa del Niño Jesús, también conocida como Teresa de Lisieux, fue una mujer humilde, que llevó una vida sencilla y discreta. Esta santa es una de aquellas personas entrañables a las que Jesús se refiere en el Evangelio cuando dice: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11, 25-27).
Teresa de Lisieux propone que sigamos lo que ella llamaba un «caminito de confianza y amor». Para ella, la confianza consiste en convertirse en un niño que se abandona en las manos de Dios. Teresa nos pide también que aprendamos a amar a Dios y a nuestros hermanos, como Cristo nos enseña. La santa de Lisieux nos anima a construir una Iglesia alegre, humilde y abierta, en la que todos y, especialmente los más vulnerables, se sientan como en casa. Hizo del amor el centro de su vida: «En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor» (Historia de un alma, cap. IX).
Queridos hermanos y hermanas, el testimonio de estas santas nos puede inspirar en nuestro camino sinodal. Sigamos ese camino sin miedo y con ilusión, con la esperanza de que entre todos podamos avanzar con decisión y dar respuestas a los interrogantes que nos plantee la vida. Que María, Madre de la Iglesia, nos ayude a caminar unidos tras las huellas de Jesús.
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