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El próximo jueves se celebra la festividad de san Antonio de Padua, presbítero y doctor de la Iglesia, una figura vinculada a san Francisco de Asís y a los primeros tiempos del franciscanismo.
De entrada, hay que decir que el santo de Padua no era italiano, sino portugués. Nació en Lisboa alrededor del año 1190 y murió en Padua en el año 1231. En el año 1220 se hizo franciscano y acudió como misionero al norte de África. Cuando estaba regresando a Portugal por razones de salud, una tormenta lo llevó a Sicilia, desde allí fue al convento de Montepaolo (Forlí), donde comenzó a predicar. Fue un buen predicador que llegó a todos los estamentos de la sociedad de su tiempo, desde los más pobres hasta los más ricos. Más tarde, comenzó la tarea de profesor en la ciudad universitaria de Bolonia.
De su enseñanza nació la escuela teológica franciscana. San Francisco, que llamaba amigablemente a san Antonio «mi obispo», le dirigió una carta en la que le decía: «Me alegra que enseñes la sagrada teología a los hermanos, a condición de que, por razón de este estudio, no apagues en ellos el espíritu de oración y devoción, como se dice en la regla».
San Antonio de Padua es un santo bien conocido y querido. Por un lado, se encomiendan a él los obreros del sector de la construcción, que lo tienen como patrón y le piden que los libre de sufrir accidentes. Otros gremios más dulces, como los confiteros y chocolateros, también lo han querido como patrón. Por otro lado, también es un santo protector de las personas que buscan algo perdido y protector de las relaciones de pareja, cuando a veces se debilitan. Sea como sea, este santo nos protege y proporciona tranquilidad.
Cuando hablamos de san Antonio de Padua nos vienen a la mente los «13 martes a san Antonio», que se volvieron muy populares a partir del año 1619. El papa León XIII, en 1898, concedió una indulgencia plenaria a los fieles que, durante trece martes o domingos consecutivos, realizaran actos de devoción en honor al santo.
Cuentan que desde muy joven ya mostraba una sensibilidad especial hacia los más débiles y angustiados. En este sentido, el espíritu misericordioso de este santo ha perdurado en muchos gestos y obras de caridad como el llamado «pan de los pobres», que consistía, en un principio, en una ofrenda de pan a una persona necesitada, en recuerdo de un milagro del santo. Se dice que san Antonio alimentó a unos pobres con todo el pan del convento y milagrosamente el pan volvió a aparecer.
Queridos hermanos y hermanas, no olvidemos el testimonio que nos dejan los santos y santas. Ellos nos indican el camino de la sabiduría cristiana más práctica. Los franciscanos transmiten el deseo realista de llevar a todos «paz y bien». Pidamos esta capacidad de buscar la paz y hacer el bien, como expresión de nuestra fe en Dios que es amor. Un amor que nos ha manifestado, sobre todo, en la persona de su hijo Jesucristo. Felicito a todos los que celebran hoy su onomástica y a todos los que tienen por patrón a san Antonio de Padua.
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