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«La liturgia lo tiene todo previsto», decía con admiración el arquitecto Antoni Gaudí. Los estudiosos de su vida y obra manifiestan que el famoso arquitecto alcanzó una gran comprensión del culto cristiano. Su formación litúrgica era tan profunda que en determinados aspectos se avanzó a algunas enseñanzas del Concilio Vaticano II.
Realmente, la sagrada liturgia lo tiene todo previsto en el camino que nos propone a lo largo de los doce meses del año. Y así, después de la culminación del tiempo pascual con la celebración de Pentecostés, llega hoy la fiesta de la solemnidad de la Santísima Trinidad, que nos invita a contemplar y a dar gracias por la obra que Dios Padre ha cumplido a través de su Hijo y del Espíritu Santo. Como escribió san Ireneo de Lyon, el Hijo y el Espíritu son como «los dos brazos de Dios Padre».
Para la mayoría de los cristianos, la Santísima Trinidad se ha convertido en una idea abstracta, alejado de la espiritualidad cotidiana. Es un misterio que nos cuesta entender, explicar y vivir. La Trinidad no es una abstracción, sino que es la revelación de la intimidad de Dios que se manifiesta en tres personas divinas entre las que existe una relación de amor.
La Trinidad no es una abstracción, es la revelación de la intimidad de Dios que se manifiesta en tres personas divinas entre las que existe una relación de amor
El conocido icono de la Trinidad de Andrei Rublev (s. XV), donde vemos a tres jóvenes sentados dialogando en torno a una mesa, nos puede ayudar a acercarnos a este misterio. Son tres personajes de rostros parecidos, porque todos son Dios, pero cada uno tiene un traje de color diferente (dorado, rojo y verde), porque representan a las tres personas divinas. El Padre que lo da todo al Hijo, el Hijo que lo recibe todo del Padre con agradecimiento y el Espíritu que es el fruto del amor entre el Padre y el Hijo. Esta imagen se inspira en tres personajes que aparecen en el libro del Génesis (v. Gn 18,1-15), son tres enviados de Dios acogidos por Abraham, que entran en relación con él. Abraham les invita a sentarse y a compartir juntos la mesa, mientras Sara les escucha en el interior de la tienda. Es una relación de cariño y de fraternidad como la que Dios Trinidad quiere que tengamos con Él y entre nosotros.
Hoy también celebramos con gozo la jornada eclesial conocida como Pro Orantibus para recordar, agradecer y rezar por las personas que, en los monasterios, dedican su vida a alabar a Dios y a orar por la Iglesia y el mundo. Son testigos de aquella esperanza que «no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). Nunca podremos ser lo suficientemente agradecidos con lo que estos hombres y mujeres hacen por nuestra salvación y por la de toda la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, acerquémonos con fe al misterio de la Trinidad y hagamos de este misterio fuente de nuestra vida. Que el Espíritu Santo, fruto de la relación de amor entre el Padre y el Hijo, nos ayude a amar a Dios y a ser generosos con los demás.
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