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¡Jesús, sana nuestra mirada!
El texto del Evangelio que hemos proclamado en la Eucaristía de este domingo es el episodio de la curación del ciego Bartimeo. Es un relato sencillo y sobrio, que nos invita a seguir las huellas de Jesús con entusiasmo y alegría.
El evangelista Marcos nos explica que un día Jesús iba hacia Jerusalén y se encontró con un ciego que estaba sentado al borde del camino. En aquella época las personas que sufrían ceguera tenían muy pocas posibilidades de curación. A menudo no tenían otro remedio que vivir de la mendicidad. Todos nosotros, en algún momento de nuestra vida, también podemos pasar por situaciones duras que parecen que no tienen salida, o por momentos de profundo desánimo en los que todo nos parece oscuro.
La situación del ciego era desesperada; por ello, puso toda su esperanza en Jesús. Le llamó con insistencia y, aunque quisieron silenciar su voz, no cesó de gritar hasta que captó la atención de Jesús. Si alguna vez nos sentimos rotos y la oscuridad invade nuestra vida, pidamos ayuda a Jesús y afinemos el oído de nuestro corazón para escuchar la voz del Maestro. Él siempre nos escucha y quiere que cultivemos la pequeña semilla que Dios ha plantado en nosotros. Hagamos que esa semilla germine y dé fruto abundante a través de la oración, de la Eucaristía y de la comunidad con la que compartimos nuestra fe.
Bartimeo le pidió a Jesús que le devolviera la vista. También nosotros necesitamos que Jesús sane nuestra mirada, que nos enseñe a ver la vida de una manera nueva. Él siempre mira con ternura a las personas, especialmente a las más vulnerables. Él nos llama y espera que nosotros le respondamos con amor. No dejemos que Jesús pase de largo. Corramos hacia Él con alegría, como hizo el ciego.
Ojalá que podamos albergar una mirada despierta y positiva, y seamos capaces de admirar las cosas sencillas de la vida y descubrir la presencia de Dios en cada persona y acontecimiento. Si leemos con atención la Sagrada Escritura podemos encontrar muchos textos que nos muestran cómo Dios se manifiesta en las cosas pequeñas. El autor del primer libro de los Reyes nos cuenta el episodio en que Elías buscaba en el cielo un signo de la presencia de Dios. Tal vez Elías esperaba algo espectacular, pero Dios le envió tan solo una nube pequeña como la palma de la mano, que se elevaba al cielo desde la inmensidad del mar (cf. 1Re 18,43-44).
Queridos hermanos y hermanas, oremos para que Dios nos conceda la fe y la gracia necesarias para ser buenos compañeros de camino de Jesús. Dirijamos nuestra mirada hacia tantos hermanos que necesitan que les preguntemos, como hizo Jesús: «¿qué quieres que haga por ti?» (cf. Mc 10,51).
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