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"Jesús oraba con las Sagradas Escrituras. La Palabra de Dios era su alimento"
Jesús impresionaba a las personas que lo trataban por su manera de orar. Por ello, los evangelios recogen la petición que le hicieron un día sus discípulos: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1). Y es que, sin duda, Jesús es nuestro maestro de oración. Pidamos al Señor que guíe nuestra vida espiritual. Pidámosle también que cada día nos guíe en nuestra oración.
A propósito de este tema, en el marco de la preparación del Jubileo 2025, el Dicasterio para la Evangelización ha publicado el libro La oración de Jesús*. En él, el autor expresa bellamente el diálogo que mantuvo Jesús con el Padre durante toda su existencia. Su lectura nos puede ayudar a seguir las huellas de Jesús.
Jesús oraba sin cesar. Los evangelistas explican que se retiraba a menudo a rezar a un lugar apartado. Allí compartía con Dios sus proyectos, ilusiones y esperanzas. No tomaba ninguna decisión importante sin antes haberla hablado con su Padre. Así, por ejemplo, el evangelista Lucas nos explica que, Jesús, antes de elegir a los doce apóstoles estuvo rezando toda la noche (cf. Lc 6,12).
Cuando oraba, Jesús llamaba tiernamente a Dios abba, palabra aramea que significa «papá». Cristo nos enseña que en la oración aprendemos a dirigirnos a Dios como un padre al que contamos nuestras penas y alegrías. Él nos dará la valentía y el entusiasmo que necesitamos para construir el Reino de Dios.
Jesús oraba con las Sagradas Escrituras. La Palabra de Dios era su alimento. De este modo, los evangelistas nos explican que, Jesús, en el momento de su Pasión oró diciendo estas palabras del salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 22,2). Jesús nos enseña a meditar la Palabra para que se convierta en una luz que ilumine el camino de nuestra vida. Pidamos siempre la ayuda del Espíritu Santo para que, gracias a la meditación de la Palabra, escuchemos la voz de Dios que nos habla a cada uno en particular.
Jesús reza por toda la humanidad, pero tiene una especial preferencia por las personas más humildes y por las más vulnerables. Lo podemos leer en esta preciosa oración que recoge el Evangelio de Mateo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25).
Queridos hermanos y hermanas, pidamos a Jesús que sea nuestro pedagogo y que convierta nuestra vida en una «escuela de oración». Que un día, como nos invitaba san Pablo VI, podamos ayudar a otros hermanos a entrar en el camino de la oración. Que María nos enseñe a meditar las palabras de Jesús y a compartirlas con todos aquellos que encontremos a lo largo del camino de nuestra vida.
† Card. Juan José Omella Omella
Arzobispo de Barcelona
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